Adiós a Xbox: la paradoja de una presidencia sin mando en el pad
En tiempos convulsos para Xbox Game Studios, la llegada de Asha Sharma a la presidencia de la división no ha calmado las aguas. Más bien ha abierto una pregunta incómoda, casi elemental: ¿qué hace alguien que necesita “crear un perfil para entender este mundillo” dirigiendo una de las marcas históricas del videojuego?
Tras la salida abrupta de Phil Spencer y Sarah Bond, la nueva etapa arrancó bajo el signo del escrutinio. El detonante no fue una estrategia industrial ni un anuncio creativo, sino algo más simbólico: su perfil público en Xbox.

Más de 10.000 puntos de Gamerscore en apenas un mes. Logros complejos en títulos exigentes como Minecraft. Decenas de horas semanales registradas en juegos recientes. Un historial demasiado intenso para una cuenta recién creada. La explicación oficial —perfil compartido con la familia para “aprender y comprender este mundo”— lejos de disipar dudas, abrió otra grieta: ¿es necesario compartir cuenta para entender el ecosistema? ¿No resulta llamativo que quien debe liderar el rumbo creativo de la marca esté, según sus propias palabras, aún aprendiendo sus códigos básicos?
La cuestión no es moral, sino estructural. Nadie exige que una CEO sea campeona mundial de eSports. Pero sí que comprenda orgánicamente la cultura que dirige. El videojuego no es solo un negocio de servicios, nube y suscripciones; es lenguaje, comunidad, memoria emocional. Cuando la máxima responsable admite que su aproximación al medio es reciente y mediada, la sensación que queda es de distancia.

El problema de fondo es más profundo que un gamertag sospechoso. Es la percepción de que Xbox, como proyecto cultural, ha sido progresivamente subordinado a una lógica corporativa donde lo esencial ya no es el juego, sino el ecosistema. El hardware híbrido como ROG Xbox Ally X, las estrategias de multiplataforma y el énfasis en servicios refuerzan esa impresión: la marca parece más interesada en la infraestructura que en la épica.
Cuando Sharma afirma que no pretende ser “la mejor gamer”, sino hacer de Xbox “el mejor lugar para jugar”, la frase suena correcta en términos empresariales. Sin embargo, deja flotando una paradoja inquietante: liderar el mejor lugar para jugar sin una relación profunda con el acto de jugar.
En una industria donde Nintendo y Sony han construido su identidad desde la experiencia creativa —con aciertos y errores—, la distancia simbólica se percibe con mayor nitidez. No se trata de carisma ni de marketing, sino de legitimidad cultural.

El debate sobre si su perfil es gestionado por familiares, empleados o asistentes es anecdótico. Lo verdaderamente relevante es la sensación de desconexión. En un momento en que Xbox atraviesa una crisis de identidad, la pregunta no debería ser si la CEO juega mucho o poco. La pregunta es si entiende, desde dentro, por qué jugamos.
Porque dirigir una empresa de videojuegos sin formar parte íntima de su cultura es como dirigir una orquesta sin escuchar la música. Y en el caso de Xbox, la partitura lleva años pidiendo algo más que gestión: pide convicción.



