Crítica de The Running Man: la sátira de un mundo que ya no distingue entre espectáculo y realidad
Crítica de The Running Man
Edgar Wright regresa al terreno del gran espectáculo con The Running Man, una nueva adaptación de la novela que Stephen King escribió en 1982 bajo su heterónimo Richard Bachman. Más de tres décadas después de aquel Perseguido protagonizado por Schwarzenegger, Wright y Glen Powell reconstruyen el relato desde una mirada posmoderna: una en la que el sarcasmo ha sustituido a la tragedia y la ironía al sudor, pero donde aún late la misma desesperación por sobrevivir en un mundo diseñado para observar cómo otros se derrumban.
El film, producido por Paramount y con estreno previsto para el 21 de noviembre, no se contenta con ser un simple remake. Wright, fiel a su estilo de montaje sincopado y su humor estilizado, convierte la historia en una especie de cómic futurista en movimiento, un carrusel de imágenes hipercalculadas donde el vértigo visual sustituye al temblor humano. Y ahí precisamente reside su mayor dilema: la película es pura adrenalina, pero también pura superficie.

Entre la sátira y la desconexión emocional
El Running Man de Wright y Powell no se alimenta del músculo, sino del reflejo. La testosterona de los ochenta cede el paso a un héroe que se humaniza, que duda, que sangra… pero cuyo drama se diluye entre destellos de neón y gags que convierten el horror en un gesto de autoparodia. El sarcasmo, tan característico del cine contemporáneo, se convierte en su motor narrativo: un espejo deformante que nos devuelve la imagen de una sociedad que solo puede comprender su tragedia a través de la broma.
Powell asume el papel de Ben Richards como un hombre atrapado no solo en una distopía mediática, sino en un relato que parece burlarse de su propio sufrimiento. La puesta en escena de Wright, llena de ritmo y referencias pop, traduce la desesperación en espectáculo. El resultado es brillante en forma, pero a menudo intangible en fondo: más cerca de una tira cómica que de una verdadera experiencia dramática.

Distopía con aire retro
Ambientada en un futuro cercano donde la televisión es obligatoria y la Inteligencia Artificial decide qué es real y qué no, la película encuentra su fuerza visual en el contraste entre la estética noventera y el caos digital del presente. Wright concibe su universo como una road movie futurista y analógica a la vez: un espacio donde las máquinas respiran polvo, los neones parpadean como recuerdos y el movimiento es la única forma de seguir existiendo.
En este sentido, The Running Man se beneficia del talento coral que acompaña a Powell —William H. Macy, Josh Brolin, Colman Domingo, Michael Cera, Lee Pace o Karl Glusman— y de una dirección que nunca pierde el pulso, aunque a veces se extravíe en su propio artificio. Hay secuencias de acción vibrantes, de una precisión musical innegable, pero también una tendencia a convertir el comentario social en un guiño más, en una pose.

El espejo que nos devuelve nuestra era
La sátira de Wright es incisiva, sí, pero también revela un cansancio generacional: el de un cine que ya no se atreve a sentir sin ironía, que teme al dramatismo sincero como si fuera un anacronismo. The Running Man retrata una época obsesionada con el contenido, con el ruido, con el algoritmo que convierte la desesperación humana en trend. Pero en su esfuerzo por ser comentario, por señalar la ridiculez de nuestra adicción a la pantalla, corre el riesgo de convertirse en parte de aquello que critica.
Y, sin embargo, hay algo profundamente lúcido en su mirada: al final, Wright nos obliga a vernos reflejados en un espectáculo que ya no necesita verdugos, porque todos jugamos voluntariamente a ser víctimas.
Con algunos minutos menos —y menos ganas de guiñar el ojo— The Running Man habría sido una película poderosa. Tal como está, es un espejo brillante, deformante, fascinante… y tristemente fiel a la forma en que hoy concebimos el cine: como un flujo de estímulos antes que como un relato que respira.
En definitiva, Wright firma una distopía pop que corre a toda velocidad, pero sin tocar el suelo. Un film que nos hace vibrar mientras confirma la sospecha de que el sarcasmo, cuando domina el arte, convierte el mundo en un gran escenario donde todo se interpreta… y nada se siente.



