Crítica: Sisu: camino a la venganza
Hay secuelas que se conciben como templos y otras como cicatrices. Unas buscan expandir mitologías; otras simplemente caminar por el mismo abismo, como quien vuelve a empuñar el arma aún caliente. Sisu: camino a la venganza pertenece a esta segunda estirpe, la que no pretende elevar su propia leyenda sino prolongar la combustión del disparo inicial. Jalmari Helander, fiel a su naturaleza de cineasta telúrico y abrupto, no refina ni corrige: embiste. Dirige como el anciano soldado que retrata—con la urgencia del que no pregunta por la ruta, porque sabe que tras cada colina aguarda una muerte más.
Un retorno que no es evolución, sino insistencia
Quien encuentre en Jorma Tommila al cromañón silencioso del cine de acción moderno volverá a disfrutar de su ascética danza sanguinaria. La película entrega exactamente eso: un hombre que se niega a morir y una fila interminable de enemigos prestos a ser reducidos a polvo metálico. Pero bajo esa fachada de acción salvaje late una estructura rígida, casi corporativa, que bebe de los manuales estadounidenses más convencionales. La violencia parece libre, pero está cuidadosamente escuadrada; la puesta en escena simula ser salvaje, pero responde a un lenguaje ya decretado por décadas de cine comercial.

Lo que se presenta como “rabia nórdica” termina siendo un eco estilizado, más coreografiado que visceral, más imitativo que instintivo.
La narrativa por misiones: virtud que se agota
Helander fragmenta el viaje en capítulos, como si navegáramos por un videojuego antiguo: cada segmento una misión, cada enemigo un checkpoint. Esta articulación, lejos de intensificar el ritmo, lo vuelve discontinuo. No hay ascenso ni respiración dramática, solo avance mecánico, como un metrónomo que marca pasos sin melodía. La primera entrega ya coqueteaba con esta fórmula, pero aquí sus límites se vuelven visibles hasta la extenuación.
Incluso Stephen Lang, figura que en otro contexto podría cargarse el universo entero sobre los hombros, queda reducido a amuleto tardío, jefe final sin mitología. Su presencia no se despliega; se presenta, como si la película confiara en su sola aparición para suscitar peso dramático.

Donde la sangre pierde temperatura
Resulta curioso: Sisu: camino a la venganza intensifica sus excesos, pero pierde aliento. Aquello que en la primera entrega parecía una travesura sangrienta y casi artesanal, aquí se transforma en rutina. Falta imaginación en la crueldad, frescura en las soluciones visuales, irreverencia en la puesta en escena. La elipsis, antes cuchilla narrativa, ahora parece trámite; la acción, antes delirio, ahora escala corporativa. No asistimos a la furia de un film que quiere romper algo, sino a la disciplina de un producto consciente de qué se espera de él.
La película se aferra a su zona de confort como quien se enrolla en una manta térmica para no sentir el frío del mundo exterior: confortable, sí, pero nunca memorable.

Epílogo: la guerra sin alma
Sisu: camino a la venganza se mira al espejo y ve a su predecesora; la imita sin dialogar con ella. No redefine su mito, no amplía su universo, no se atreve a extraviar el camino. Su protagonista sigue siendo una estatua de granito a prueba de balas, pero el entorno ya no vibra con él, simplemente lo acompaña. Es cine de pólvora pero sin brasas; cine de acero sin óxido; violencia desatada sin la poesía de la ruina.
En definitiva, un regreso funcional, musculoso, disciplinado… y terriblemente inofensivo. Una película que mata con eficacia, pero no deja cicatriz.



