Crítica ‘Y2K’ (2024) o la nostalgia como decorado vacío

En 2024, Y2K, dirigida por Kyle Mooney, se sumó a la larga procesión de obras que confunden evocación con resurrección. La premisa —una comedia de terror ambientada en la paranoia milenarista del cambio de siglo— prometía sátira generacional, vértigo tecnológico y ese nervio gamberro que el cine fantástico de los ochenta y noventa supo convertir en rito iniciático. Sin embargo, lo que encontramos es un envoltorio reconocible y una sustancia que se evapora al contacto con la mirada.

La película se instala con comodidad en el museo de lo retro: sintetizadores que imitan a John Carpenter, cromatismos que evocan el neón de The Terminator o la suburbia fantástica de Gremlins, y una ironía adolescente que aspira a dialogar con el espíritu de Scream. Pero la cita no es conversación; es atrezzo. La textura del pasado se reproduce con precisión cosmética, aunque sin el pulso vital que convertía aquellas películas en artefactos culturales y no en simples guiños.

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El problema no es la nostalgia —que puede ser fértil cuando se interroga a sí misma— sino su uso como plantilla. En Y2K, la evocación opera como filtro de Instagram: embellece la superficie mientras desactiva cualquier riesgo. El guion avanza entre chistes que remiten a la cultura del meme y a la ironía autoconsciente, pero rara vez construye una progresión dramática sólida. Existe una sensación de vacío, una nada narrativa que se cuela entre escena y escena como si la historia fuese un pretexto para acumular referencias.

Ese vacío se vuelve más evidente en los personajes. Rostros intercambiables, psicologías mínimas, biografías apenas insinuadas. No hay conflicto interior, no hay deseo auténtico que sostenga la acción. Y cuando el terror irrumpe —con ráfagas de gore que buscan provocar carcajada nerviosa— el espectador descubre que la amenaza carece de peso. El miedo necesita empatía; sin ella, solo queda el ruido. Si da igual lo que les ocurra, el horror se disuelve en anécdota.

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Paradójicamente, el filme pretende satirizar una generación marcada por la saturación digital, pero termina atrapado en ese mismo ecosistema: montaje nervioso, bromas fugaces, estímulos constantes que sustituyen al desarrollo. La cultura del clip reemplaza al relato. Donde el cine de los ochenta combinaba ingenuidad y convicción, aquí encontramos distanciamiento y cálculo.

No se trata de exigir solemnidad a una comedia gore, sino de reclamarle coherencia. Las mejores obras híbridas —del humor negro al terror festivo— sabían equilibrar irreverencia y estructura. Y2K, en cambio, parece existir más como producto que como película: un contenido diseñado para la sobreexplotación de plataformas, para el consumo rápido y el olvido inmediato.

La nostalgia, cuando es auténtica, funciona como puente entre tiempos. Aquí opera como decorado. Bajo el neón, tras el sintetizador y la sangre digital, no late un corazón creativo sino una estrategia de mercado. Y en esa estrategia, lo retro deja de ser memoria viva para convertirse en superficie inerte: una carcasa brillante que, al tocarla, revela que dentro no hay más que eco.

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