Cuando los efectos visuales robaban el protagonismo incluso en las comedias
Artesanía frente a algoritmo: la verdad física del cine en la era de la imagen sintética
No es una cuestión de nostalgia; es una cuestión de densidad. No pesa igual un atardecer rojizo bajo la lluvia africana capturado con una cámara réflex que su réplica digital ensamblada en un estudio a miles de kilómetros del polvo y del viento. La luz real deja sedimento; la simulación, por perfecta que sea, rara vez deja huella. En 2026, cuando la inteligencia artificial ya es capaz de generar horizontes imposibles en segundos, la diferencia entre lo tangible y lo sintético no se ha reducido: se ha hecho más evidente.
Hubo un tiempo en que los efectos visuales eran un oficio casi gremial, una coreografía de carpinteros, maquilladores, iluminadores y especialistas que convertían la materia en prodigio. Basta asomarse a un fotograma de Legend de Ridley Scott para entenderlo: decorados que exhalan humedad, criaturas que ocupan espacio, sombras que no necesitan render. Cada plano es un pequeño milagro construido a mano, donde el artificio se disfraza de verdad gracias a la fricción entre luz y materia.

Hoy, la computadora permite levantar universos con una eficacia asombrosa. Pero la facilidad también ha democratizado la espectacularidad hasta volverla cotidiana. Lo que antes era acontecimiento, ahora es estándar. Y cuando todo deslumbra, nada asombra.
En los años noventa —sí, cuando el blockbuster aún sudaba gasolina real— incluso la comedia aspiraba a competir en el terreno de la acción. De ahí surgieron dos títulos incomprendidos en su estreno y hoy abrazados como piezas de culto: El último gran héroe y Mentiras arriesgadas. Ambas entendieron que el espectáculo debía sentirse, no sólo verse.
La secuencia inicial de El último gran héroe ofrece una acumulación delirante de coches de policía que, más que un efecto visual al uso, constituye un logro logístico casi mitológico. Cada vehículo ocupa un espacio real, proyecta una sombra real, bloquea una calle real. Hoy esa misma escena sería resuelta mediante multiplicación digital, con una eficacia quirúrgica y un coste menor. Pero también con menos riesgo, menos épica, menos posibilidad de error —y, por tanto, menos humanidad.

En el caso de Mentiras arriesgadas, James Cameron llevó la ambición técnica al extremo. La secuencia final con el caza Harrier —que convirtió la película en una de las comedias más caras de su tiempo— combinaba un incipiente CGI con aeronaves reales y una réplica a tamaño natural del avión para integrar físicamente a Arnold Schwarzenegger en la acción. El resultado sigue conservando una vibración orgánica que muchos clímax digitales posteriores, paradójicamente más avanzados, no han logrado igualar.
Han pasado más de tres décadas y la tecnología ha alcanzado cotas inimaginables. En 2026, los efectos generados por inteligencia artificial pueden rejuvenecer actores, recrear ciudades extintas o diseñar batallas colosales sin mover una grúa. Y, sin embargo, pocas imágenes digitales han conseguido esa sensación de gravedad auténtica que emanaba de aquellos híbridos imperfectos entre lo físico y lo virtual.

Tal vez el futuro del cine no consista en rechazar el algoritmo, sino en reconciliarlo con la materia. En recordar que el espectador no sólo mira: también intuye cuándo algo estuvo realmente allí, bajo el sol, bajo la lluvia, bajo el peso del mundo. Porque la magia no nace de la perfección, sino del riesgo. Y el riesgo, en el cine, sigue teniendo cuerpo.
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