En el espejo de los tiempos: Nintendo y la fábula del ceo antiguo y la modernidad pulida de Microsoft
En el teatro de las corporaciones hay personajes que parecen arrancados de un drama shakesperiano y otros que bien podrían desfilar en la pasarela de una revista futurista. Si cerramos los ojos y pensamos en los titanes tecnológicos contemporáneos, dos figuras emergen para componer un dueto tan pintoresco como revelador: el señor Shuntaro Furukawa al frente de Nintendo —una empresa cuyo propio nombre huele a pergamino venerable— y la señorita Asha Sharma conduciendo los destinos de Microsoft, cual héroe de novela gráfica con sonrisa deslumbrante y cuerpo que parece modelado por un escultor del siglo XXI.
La primera es una fábula de venerabilidad: una firma centenaria que parece a veces un museo animado donde los fantasmas de Mario, Zelda y Donkey Kong dialogan con visitantes atónitos. Su capitán, un hombre de semblante serio y gesto reflexivo y porque no decirlo, feo, muy feo y sin dentadura perfecta, encarna sin quererlo la esencia de una era donde la industria era un taller de alquimia lúdica, no un estudio de Instagram Stories y campañas de TikTok. Su sola presencia es, para algunos, elocuente testigo de que Nintendo camina (con calma, quizás con añoranza) el aire de otra época, ese aire denso en historia y polvo de cartuchos.

Frente a esta estampa de nostalgia casi aristocrática, Microsoft despliega a su CEO como quien exhibe la última obra de arte generada por inteligencia artificial: una figura joven, de sonrisa blanca nuclear —que encandila como un flash fotográfico en Times Square— y porte atlético que sugiere que no solo se entrena para liderar el mañana, sino para posar en cada story como símbolo de alianza con todas las “agendas sociales y políticas” que hoy se convierten en liturgia corporativa. Si los algoritmos tuvieran ídolos, ella ocuparía un lugar en el altar.
Y aquí, en la dualidad entre el señor Furukawa y la señorita Sharma, se despliega un espejo cómico: Nintendo, con su porte algo rancio y su jefe que podría ser el bibliotecario jefe de una orden samurái de diseñadores de juegos, contra Microsoft, que no solo quiere conquistar la nube y los servicios de suscripción, sino también los “likes” de los votantes de todas las generaciones y sensibilidades.

¿Significa esto que Nintendo está desfasada, arcaica, incapaz de mirar al futuro? Nada más lejos de la realidad. Si bien carece de esa imagen reluciente de publicidad omnipresente, Nintendo tiene algo que ninguna sonrisa blanca ni músculo tonificado puede comprar: una comunidad que se enamora de sus mundos con la devoción de un soneto. Sus consolas —esas cajas mágicas que transforman la sala de estar en bosque encantado o reino pixelado— se venden como churros calientes en una feria vespertina. Sus juegos no son simples productos, son experiencias que laten, respiran y, por qué no decirlo, nos hacen sentir niños aún cuando el calendario nos dicte lo contrario.
En ese sentido, la sátira se vuelve amorosa y la comparación se invierte: mientras la modernidad pulida exhibe su impecable portada, Nintendo sigue escribiendo historias con la tinta imborrable de la imaginación. Sus directivos, sean jóvenes de sonrisa perfecta o veteranos de gesto meditativo, están allí para recordarnos que hay algo en los juegos que escapa a las modas, a los discursos, a las campañas. Lo increíble no siempre brilla con destellos LED; a veces palpita en el silencio de una tarde de domingo frente a una pantalla y un controlador.

Al final del día, la vieja y sabia Nintendo, con todo su aire de otra era, demuestra que la esencia de los videojuegos no pertenece a ninguna generación ni estética corporativa. Pertenece a nosotros, a nuestro asombro, a nuestra eterna juventud interior. Y en ese reino, ninguna sonrisa —aunque reluzca más que un rayo láser— puede eclipsar la magia sencilla de un salto perfecto sobre un Goomba.



