Más allá de la línea pendular
Más allá de la línea pendular —ese límite invisible donde las brújulas enloquecen y el tiempo oscila como un péndulo fatigado— orbita Gravitar 7, un planeta de gravedad caprichosa y cielos de un violeta casi mineral. Allí no nacen criaturas: eclosionan. Los habitantes de Gravitar 7 son seres ovíparos de anatomía incierta, envueltos en membranas traslúcidas que palpitan con una luz interior verdosa. Sus huevos, del tamaño de meteoritos pequeños, laten bajo la superficie del suelo como corazones enterrados. Cuando se abren, no hay llanto ni fragilidad: emergen entidades ya conscientes, con ojos múltiples que reflejan futuros improbables. Incluso las nimaras —exploradoras espaciales entrenadas para atravesar nebulosas conscientes y negociar con civilizaciones telepáticas— temen aproximarse demasiado.

Ellas, que dominan la mente y pueden diluir su silueta en radiación estelar, sienten en Gravitar 7 una inquietud primitiva, casi biológica. No es violencia lo que las perturba, sino la certeza de ser observadas desde dentro. Se cuenta que los gravitarianos no atacan. No cazan. No persiguen. Simplemente proyectan imágenes en la mente del visitante: recuerdos que aún no han ocurrido, miedos que todavía no se han formulado. Ante esa visión anticipada de la propia vulnerabilidad, incluso una nimara vacila. El paisaje es un desierto de cúpulas orgánicas y cráteres que exhalan vapor azulado. Sobre él, tres lunas se cruzan como párpados sucesivos. Cuando coinciden en alineación, millones de huevos vibran al unísono y el planeta entero emite un sonido grave, semejante a un órgano cósmico afinándose.
Nadie ha colonizado Gravitar 7. Nadie ha cartografiado su núcleo. Permanece más allá de la línea pendular, intacto y expectante. Y en las academias nimaras se susurra que el verdadero peligro no es lo que allí habita, sino lo que despierta en quien se atreve a mirarlo sin escudo.



