La primera entrega de Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio poseía una virtud rara, casi irrepetible: su verdadera naturaleza no era la de una película de animación, sino la de una película de acción real disfrazada de animación. Ahí residía buena parte de su prodigio. Steven Spielberg no la abordó como un ejercicio digital, sino como un cineasta que entra en un plató físico: colocó la cámara, diseñó el movimiento, coreografió el espacio y caligrafió cada secuencia con esa precisión visual que lo ha convertido, para muchos, en el gran arquitecto de la puesta en escena moderna. Pocos directores han filmado la acción con semejante claridad, ritmo y sentido del asombro.
Por eso Tintín no se sentía como una cinta animada convencional; se sentía como cine puro. Como si la materia digital hubiese sido obligada a obedecer las leyes del mejor clasicismo cinematográfico.
Ahora, quince años después, la esperada continuación comienza por fin a tomar forma, aunque con un relevo fundamental tras las cámaras: será Peter Jackson quien asumirá la dirección en sustitución de Spielberg.
Según ha confirmado el propio cineasta durante el Festival de Cannes, ya se encuentra trabajando en el guion de una nueva película basada en el universo creado por Hergé y, salvo cambios de última hora, será él mismo quien la dirija.

Y aquí aparece la gran incógnita artística.
Jackson es, sin duda, un realizador monumental, capaz de construir mundos y de manejar la épica como pocos, como demostró en The Lord of the Rings: The Return of the King o King Kong. Pero su talento no reside exactamente en el mismo territorio que el de Spielberg. Donde Spielberg filma el movimiento con una ligereza casi musical, Jackson suele privilegiar la densidad visual, la grandiosidad atmosférica y la textura del universo narrativo.
El cambio, por tanto, puede ser decisivo en el resultado final.
La primera Tintín era una aventura de carne invisible: un film de acción real traducido al lenguaje digital. La nueva entrega podría convertirse, en cambio, en una auténtica película de animación: menos apoyada en la física del cuerpo y del encuadre spielbergiano, y más volcada en la libertad plástica, el diseño visual y la imaginación del medio animado.
Dicho de otro modo: podríamos perder algo de aquella sensación de vértigo tangible —esa impresión de que la cámara realmente corría junto a Tintín— para ganar quizá un universo más pictórico, más fantástico, incluso más cercano al espíritu del cómic original.
No necesariamente peor. Simplemente distinto.

La pregunta será si Jackson logra transformar esa diferencia en una virtud y no en una ausencia. Si consigue que la secuela deje de dialogar con el cine de Spielberg para empezar a hablar con voz propia.
Porque la sombra de la primera entrega sigue siendo enorme: una de las mejores películas de aventuras del siglo XXI y, para muchos, una obra maestra secreta dentro de la filmografía de Spielberg.
Ahora le toca a Jackson demostrar que Tintín todavía guarda un segundo milagro.




