Viktoria frente al mar… Relato erótico
El sol agonizaba sobre el horizonte cuando Viktoria decidió que ya no tenía sentido seguir ocultándose. La brisa marina danzaba en espirales de salitre, deslizándose por su piel como un amante invisible. Se despojó lentamente del vestido de lino blanco, dejando que la tela se deslizara hasta la arena con la misma cadencia de una confesión. Su desnudez, hasta entonces guardada con un pudor aprendido, se transformó en una afirmación irrevocable de su propia existencia.
Los últimos destellos del sol incendiaban las olas, y en esa hora dorada, su silueta se fundía con el resplandor líquido del mar. Dio un paso adelante, sintiendo el frescor efervescente de la espuma lamiéndole los tobillos. Cerró los ojos y dejó que el placer primigenio de la libertad le recorriera el cuerpo, un estremecimiento que le nacía en la nuca y descendía en espiral hasta su vientre.

El océano la reclamaba, le hablaba en murmullos húmedos y vibrantes, como una promesa susurrada al oído. Viktoria avanzó con la cadencia de quien se entrega sin resistencia, el agua envolviendo sus muslos, ascendiendo por su vientre hasta abrazarle los senos, endureciendo la piel con una caricia fría pero excitante. En ese instante, no existía más que el mar y ella, dos fuerzas eternas encontrándose en un juego de deseo y pertenencia.
Se sumergió y emergió como una ninfa renacida, el cabello pegado a su espalda, la boca entreabierta en una súplica muda. Sus manos recorrieron su propio cuerpo con la suavidad de quien se descubre por primera vez, como si cada poro de su piel fuera un secreto que había esperado demasiado para ser revelado. Entre el vaivén de las olas, sintió la electricidad recorrerla, un cosquilleo que nacía en su vientre y se expandía en ondas suaves, pulsantes, deliciosamente incontrolables.

El cielo se tornaba un manto de púrpuras y naranjas cuando Viktoria comprendió que no volvería a ser la misma. Había cambiado su historia en el instante exacto en que permitió que la brisa, el agua y su propio deseo la hicieran suya. Y mientras salía del mar, con la piel perlada de gotas saladas y los labios curvados en una sonrisa de fuego, supo que nunca volvería a ocultarse.