Kristen Stewart desnuda como el rostro que aprendió a habitar la fama
Kristen Stewart desnuda, el rostro que aprendió a habitar la grieta
Kristen Stewart, en su debut como directora: “La película habla de cómo recuperar tu cuerpo y tu orgasmo”
La actriz ha encontrado su voz como directora en ‘La cronología del agua’ y habla de hacer las paces con su pasado de megaestrella con la saga ‘Crepúsculo’: “Fue una época bonita de mi vida, pero también fue difícil de aguantar”
El pasado mes de mayo, en el Festival de Cannes, Kristen Stewart (Los Ángeles, 35 años) presentaba su primera película como directora, La cronología del agua. Recibió aplausos y buenas críticas, pero en la charla posterior se mostraba tan satisfecha como nerviosa por soltar al mundo un proyecto que siente personal y a la vez colectivo. Se movía y recolocaba sin parar en la silla, se chascaba los dedos. “Es loquísimo, pero creo que por primera vez siento que me miran y tratan con respeto, como si tuviera cerebro”, dice, feliz, pero también con cierta amargura y sorpresa.
Había pasado muchas veces antes por ese festival, y por otros muchos, pero por primera vez al pasear esa alfombra como directora sintió otro tipo de miradas sobre ella. Y de eso va precisamente su ópera prima, “de la mirada opresiva de la mitad del mundo hacia la otra mitad, las mujeres”, explica Stewart. “La película habla sobre el reconocimiento de uno mismo y de tus deseos. Sentirse robada, que tu voz sea cuestionada y preguntarte si tus instintos son correctos y dejarse llevar por la vergüenza en vez de por lo que crees no es una experiencia exclusivamente femenina, no diré que esta es una película solo para las mujeres porque todos podemos tener heridas… Pero es un poco más difícil para nosotras”, afirma.


En la actualidad, Kristen Stewart ya no interpreta personajes: los interroga. Lejos quedó la actriz convertida en fenómeno pop involuntario; hoy se mueve con la soltura de quien ha entendido que el verdadero prestigio no está en el aplauso masivo, sino en la coherencia estética. Stewart ha hecho de la incomodidad un hogar y del cine de autor un territorio natural, transitando festivales, márgenes y propuestas arriesgadas con una mezcla poco común de fragilidad y fiereza.

Su presencia en pantalla es eléctrica, pero nunca complaciente. Hay algo deliberadamente áspero en su manera de decir los diálogos, de ocupar el encuadre, de mirar sin pedir permiso. En una era obsesionada con la pulcritud digital y la actuación “correcta”, Stewart apuesta por la fisura, por el temblor, por ese error mínimo que vuelve humano al personaje y vivo al plano.

Más que reinventarse, ha afinado su intuición. Trabaja con directoras y directores que entienden el cine como un espacio de búsqueda, no como una línea de montaje. Y en ese gesto hay una declaración de futuro: el estrellato como plataforma creativa, no como jaula dorada. Kristen Stewart ya no huye de su imagen pública; la ha convertido en materia prima, la ha desmontado y vuelto a ensamblar con inteligencia y un punto de ironía.
Hoy, su figura representa algo raro y valioso: la posibilidad de envejecer artísticamente bien en el cine contemporáneo. No hacia arriba, sino hacia dentro. Y en tiempos de ruido, eso es casi un acto revolucionario.





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