Supervixens (1975): el exceso

Supervixens (1975): el exceso como lenguaje y la carne como mitología popular

Supervixens (1975): el exceso como lenguaje y la carne como mitología popular

En el vasto mapa de las imágenes que han acompañado el despertar —y también la celebración— del deseo en el cine, pocas corrientes resultan tan insolentes, tan francamente desacomplejadas, como ese territorio fronterizo donde el erotismo abandona el susurro y se entrega al estruendo. Esta serie nace precisamente con la vocación de cartografiar ese territorio: un archivo emocional, histórico y estético donde conviven décadas, pulsiones y cuerpos filmados desde ópticas radicalmente distintas, pero unidas por una misma promesa —la del goce cinematográfico.

No se trata de una jerarquía moral ni de un canon académico inamovible, sino de un itinerario caprichoso y razonado, donde cada título ocupa su lugar no solo por su calidad, sino por su huella. Porque el cine erótico —a menudo relegado a márgenes incómodos— ha sido, en realidad, un laboratorio de formas, libertades y provocaciones que el cine más respetable rara vez se ha permitido.

Y como todo viaje necesita un primer gesto, una primera llamarada, inauguramos esta lista con una obra que no entiende de medias tintas.

Supervixens: carnaval de carne, sátira y asfalto

Hablar de Russ Meyer es hablar de una anomalía luminosa en la historia del cine. Antiguo fotógrafo vinculado al universo Playboy, Meyer trasladó al celuloide una mirada donde el cuerpo femenino no es solo objeto de deseo, sino emblema, icono y, en ocasiones, arma narrativa. Su cine no seduce: embiste.

Supervixens emerge en 1975 como una pieza clave de esa filmografía desbordada, una comedia salvaje que convierte la carretera americana en un desfile de fantasías hiperbólicas. Aquí, el erotismo no se presenta como delicadeza insinuada, sino como una explosión casi caricaturesca de formas, curvas y situaciones imposibles. Hay algo profundamente lúdico en su propuesta, como si el film se riera —con cierta malicia— tanto del puritanismo como del propio deseo.

Vista hoy, la película funciona como una cápsula de una época donde el cine aún podía permitirse ser incómodo, excesivo y políticamente incorrecto sin pedir disculpas. En su aparente vulgaridad late, sin embargo, una intuición muy moderna: la del cuerpo como espectáculo autoconsciente, como superficie donde se proyectan tanto los anhelos como las contradicciones de una sociedad.

Meyer no busca el erotismo refinado de un suspiro europeo; lo suyo es más cercano a una tormenta eléctrica en mitad del desierto. Sus mujeres —de anatomías desmesuradas, casi mitológicas— rompen la lógica naturalista para convertirse en símbolos de una América profunda, grotesca y fascinante. Son figuras que hoy pueden leerse desde múltiples ángulos: como empoderamiento exagerado, como fetichismo sin filtro o como sátira de la mirada masculina.

Lo que resulta indiscutible es su legado. Supervixens no solo consolidó un estilo reconocible al instante, sino que abrió una grieta por la que se colaron innumerables propuestas posteriores, desde el cine de explotación hasta ciertas corrientes del videoclip contemporáneo, donde el exceso visual se convierte en identidad.

Revisitarla en la actualidad implica aceptar sus aristas, pero también reconocer su valentía. En un panorama audiovisual cada vez más pulido, más homogéneo, la película de Meyer conserva una cualidad casi punk: la de no querer gustar a todos, la de existir como un artefacto libre, incluso incómodo.

Porque, al final, el cine erótico —en su versión más honesta— no busca únicamente excitar. Busca provocar. Y en esa provocación, a veces grotesca, a veces brillante, reside su verdadera importancia histórica.

Optimizado por Optimole