Las ruinas del deseo: Eleine Marlowe y la puerta de Atlantis, la tercera novela cinematográfica de la historia

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Las ruinas del deseo: Eleine Marlowe y la puerta de Atlantis

Capítulo 1 – La ciudad que susurra nombres: llegada a Sevilla

Hay ciudades que no se visitan: se descifran.

Cuando Eleine Marlowe descendió del tren en Sevilla, el aire le pareció distinto al de Chicago. No era solo el calor —más denso, más cercano—, ni el olor a piedra antigua mezclado con azahar, sino una sensación más difícil de nombrar: la certeza de que allí las cosas no se ocultaban… sino que se dejaban encontrar lentamente, como si la ciudad exigiera un cierto grado de paciencia antes de entregar sus secretos.

El andén bullía con una vida más contenida, más elegante en su desorden. Hombres con trajes claros, mujeres de paso firme y mirada directa, vendedores que no gritaban, sino que insinuaban. Eleine avanzó entre ellos con su habitual seguridad, ese modo suyo de moverse que no pedía permiso ni explicaciones, como si cada lugar en el que pisara le perteneciera un poco.

Aun así, Sevilla no era Chicago.

Y eso le gustaba.

El trayecto hasta la universidad fue breve, pero suficiente para entender que aquella ciudad vivía en dos tiempos: uno visible, de fachadas blancas y patios abiertos, y otro subterráneo, hecho de historias que nadie terminaba de contar del todo. El taxi la dejó frente a un edificio de piedra clara, con columnas que parecían haber aprendido a resistir siglos de calor y conversaciones inútiles.

La Universidad de Sevilla se alzaba ante ella como un santuario del saber… o de sus restos.

Eleine encendió un cigarrillo antes de entrar.

No por necesidad.

Por costumbre.

Dentro, el aire cambiaba. Era más fresco, más silencioso, cargado de ese polvo invisible que dejan los libros cuando se acumulan durante generaciones. Los pasillos parecían diseñados para perderse en ellos con dignidad, y las voces, cuando aparecían, lo hacían en un tono casi conspirativo.

—Busco a Diana Jones —dijo Eleine a un bedel que apenas levantó la vista.

El hombre dudó un segundo.

No por desconocimiento.

Por prudencia.

—Aquí no hay nadie con ese nombre.

Eleine sonrió levemente.

—Claro que sí.

El hombre la observó entonces con más atención. Midió su postura, su mirada, esa mezcla de cansancio y determinación que no se aprende en ninguna facultad.

—Quizá en el departamento de arqueología —concedió finalmente—. Pero llegó tarde.

Siempre llegaba tarde.

O eso parecía.

El departamento de arqueología ocupaba una zona más apartada, menos transitada, donde el tiempo parecía haberse detenido con más insistencia. Allí, entre vitrinas polvorientas y mapas que ya nadie actualizaba, fue donde lo encontró.

Diego Jiménez estaba inclinado sobre una mesa, revisando unos documentos con una concentración que no terminaba de ocultar su juventud. Tenía la camisa remangada, el cabello ligeramente desordenado y esa clase de atractivo que no se exhibe, pero que resulta difícil de ignorar cuando uno se detiene a mirar.

—Llegas tarde —dijo él sin levantar la vista.

Eleine arqueó una ceja.

—Empiezo a pensar que es una costumbre europea.

Diego levantó la mirada entonces.

Y durante un segundo…

se hizo el silencio.

No por sorpresa.

Por evaluación.

—Tú debes de ser la americana —dijo finalmente, apoyándose en la mesa con una media sonrisa—. La hermana.

Eleine no confirmó ni negó.

—Y tú debes de ser quien sabe dónde está.

Diego dejó escapar una breve risa.

—Eso depende de lo que estés dispuesta a creer.

Se incorporó, caminó hasta una estantería y sacó un mapa que extendió con cuidado sobre la mesa. Sus manos se movían con precisión, pero también con una cierta emoción contenida, como si aquello no fuera solo trabajo.

—Diana —continuó— no es fácil de seguir. No deja pistas… deja provocaciones.

Señaló el sur.

Cádiz.

—Lleva semanas obsesionada con esto.

El-mapa-1024x559 Las ruinas del deseo: Eleine Marlowe y la puerta de Atlantis, la tercera novela cinematográfica de la historia

Eleine se inclinó ligeramente sobre el mapa. El gesto hizo que sus hombros rozaran los de Diego, apenas un instante, pero suficiente para que ambos registraran la proximidad sin comentarla.

—¿Con qué exactamente?

Diego dudó.

No porque no quisiera hablar.

Sino porque sabía que, al hacerlo, ya no habría vuelta atrás.

—Con Atlantis.

Eleine no se rió.

Eso le gustó.

—Platón —añadió él— describió una ciudad de círculos concéntricos, rodeada de agua. Durante siglos se ha buscado en medio mundo… pero aquí, en la costa andaluza, hay algo distinto.

Señaló la zona entre Sanlúcar de Barrameda y Chipiona.

—Estructuras bajo el agua. Formaciones que no encajan con nada natural. Y, más importante… registros antiguos que conectan esa zona con Tartessos.

Eleine lo observó en silencio.

No al mapa.

A él.

—Hablas como alguien que ya ha decidido creerlo.

Diego sonrió.

—Trabajo con alguien que ya lo ha decidido por mí.

Una pausa.

—Diana no está sola —añadió—. Va con un arqueólogo francés. Étienne Duval.

El nombre flotó en el aire con cierto peso.

—No es precisamente académico —continuó—. Tiene fama de encontrar cosas… y de no preguntar demasiado por ellas.

Eleine apagó el cigarrillo en un cenicero cercano.

—Entonces no estamos buscando historia.

Lo miró directamente.

—Estamos buscando problemas.

Diego sostuvo su mirada.

Sin apartarla.

—En mi experiencia —dijo con calma—, suelen ser lo mismo.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue… cómplice.

Eleine recogió el mapa, lo dobló con precisión y se lo devolvió.

—Prepara lo necesario —dijo—. Salimos hoy.

Diego no se movió de inmediato.

—No sueles perder el tiempo, ¿verdad?

Eleine se giró ya hacia la salida.

—No cuando alguien de mi familia decide desaparecer en medio de una leyenda.

Se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral.

—¿Vienes o te quedas explicando mapas?

Diego sonrió.

Y esta vez…

no dudó.

Las ruinas del deseo: Eleine Marlowe y la puerta de Atlantis

Capítulo II: La tierra que no quiere ser encontrada

El sur no se recorre.

Se atraviesa.

Y en ese tránsito, algo en uno cambia sin pedir permiso.

El coche avanzaba por carreteras que parecían dibujadas más por la costumbre que por la ingeniería, serpenteando entre campos abiertos donde la tierra tenía ese color seco y honesto que solo poseen los lugares que han visto demasiadas cosas como para fingir belleza. A lo lejos, el mar comenzaba a insinuarse como una línea brillante, una promesa líquida que, en el caso de Eleine Marlowe, nunca traía calma.

Diego conducía con una mezcla de concentración y entusiasmo que delataba su juventud. Tenía una mano firme sobre el volante y la otra descansando, casi por descuido, cerca de la palanca de cambios. De vez en cuando, la miraba de reojo, como si aún estuviera intentando descifrar qué tipo de mujer se sentaba a su lado.

Eleine, en cambio, observaba el paisaje.

Pero no lo veía.

Pensaba.

—Tu hermana no es de las que pide ayuda —dijo Diego finalmente.

—No —respondió ella sin girarse—. Por eso la ha pedido.

El viento se colaba por la ventanilla abierta, levantando mechones de su cabello y trayendo consigo ese olor salino que anunciaba la cercanía del océano. Había algo en ese aire que desnudaba las ideas, que las volvía más simples… o más peligrosas.

—Diana cree en esas cosas —continuó Diego—. En ciudades perdidas, en energías antiguas… en que el pasado no está muerto.

Eleine esbozó una leve sonrisa.

—El pasado nunca está muerto —murmuró—. Solo cambia de forma.

Llegaron a la costa cuando el sol comenzaba a descender, tiñendo el horizonte de un dorado sucio, casi melancólico. Las dunas se alzaban como guardianas silenciosas y el viento susurraba con más fuerza, como si intentara impedir el paso a quienes no entendieran lo que aquel lugar escondía.

El coche quedó atrás.

A partir de ahí…

todo debía hacerse a pie.

Diego desplegó el mapa una última vez, aunque ambos sabían que ya no lo necesitaban. Había algo en el terreno —en la disposición de las rocas, en la forma en que el viento cambiaba de dirección— que guiaba sus pasos con una lógica más antigua que cualquier cartografía.

—Ahí —susurró él.

La entrada no era evidente.

No podía serlo.

Una grieta en la roca, apenas visible desde cierta distancia, oculta por sombras y vegetación salvaje. Una suerte de umbral sellado se insinuaba ante quien osaba avanzar, como si un velo —mitad hechizo, mitad engaño de la mirada— ocultara el acceso bajo una ilusión casi perfecta. Una herida en la tierra que parecía más un accidente que una puerta. Y cruzaron…

Pero no estaban solos.

Eleine lo vio primero.

Un reflejo.

Metálico.

Luego las figuras.

Uniformes.

Oscuros.

Ordenados.

Demasiado ordenados para aquel paisaje.

—Alemanes —dijo Diego en voz baja.

Eleine no respondió de inmediato.

Observó.

Contó.

Midió.

Eran seis.

No improvisaban.

—No cualquier alemanes —añadió él—. Eso no es un destacamento oficial.

Eleine entrecerró los ojos.

—No —dijo finalmente—. Es algo peor.

La Nueva Orden.

No hacían ruido innecesario.

No hablaban.

Vigilaban.

Como si supieran exactamente lo que protegían.

El viento cambió.

Un instante mínimo.

Pero suficiente.

Eleine se agachó tras una formación rocosa, tirando suavemente de Diego para que hiciera lo mismo. Sus cuerpos quedaron demasiado cerca, el calor del otro rompiendo por un segundo la lógica del peligro.

—Escucha —susurró ella—. No son muchos, pero no están aquí para negociar.

Diego asintió, tragando saliva.

—¿Cuál es el plan?

Eleine lo miró entonces.

Y sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era una promesa.

—Entrar.

El primer movimiento fue silencioso.

Casi elegante.

Una distracción.

Una piedra lanzada con precisión hacia el extremo opuesto.

Uno de los soldados giró.

Luego otro.

El resto fue rápido.

Demasiado rápido para pensar.

Eleine se deslizó entre las sombras como si el terreno le perteneciera. Su cuerpo se movía con una precisión aprendida en lugares donde fallar significaba no volver a intentarlo. El primer hombre no tuvo tiempo de reaccionar; cayó sin ruido, reducido a una presencia inútil en el suelo.

Diego dudó un segundo.

Solo uno.

Pero fue suficiente para decidir.

Siguió su movimiento, menos pulido, más impulsivo, pero eficaz. El golpe fue torpe, pero contundente. El segundo soldado cayó con un sonido seco que el viento se encargó de dispersar.

—Dos —murmuró Eleine.

Quedaban cuatro.

Y ahora sí…

sabían que no estaban solos. Fue cuando Eleine alzó ligeramente la falda con un gesto rápido y preciso, revelando dos pistolas ocultas en ligueros, peligrosamente cercanas a la intimidad más que a la formalidad del vestido.

Tomó una para sí con naturalidad y algo de violencia, después, entregó la otra a Diego. En el rostro del joven no hubo sorpresa, sino una certeza silenciosa: sabía perfectamente cómo manejar aquel pequeño artefacto.

El primer disparo rompió el aire con violencia.

La arena saltó a pocos centímetros de ellos.

—Se acabó lo silencioso —dijo Diego.

—Nunca duraba mucho —respondió ella.

El enfrentamiento fue breve.

Intenso.

Desordenado.

Disparos.

Carreras.

Sombras proyectadas contra la roca.

Eleine avanzaba.

Siempre hacia adelante.

Diego cubría.

Aprendiendo sobre la marcha.

Uno cayó.

Luego otro.

El último dudó.

Y en ese instante…

perdió.

El silencio regresó.

Pero ya no era el mismo.

El viento volvió a soplar.

El mar seguía ahí.

Indiferente.

Diego jadeaba.

—¿Siempre es así contigo?

Eleine se sacudió la arena del pantalón.

—No —dijo—. A veces es peor.

Se acercó a la entrada.

La grieta.

La oscuridad.

Ahora abierta.

—Tu hermana ha pasado por aquí —añadió Diego.

Eleine apoyó la mano sobre la roca.

Fría.

Húmeda.

—Sí —murmuró—. Y no estaba sola.

Se giró hacia él.

—A partir de aquí…

Una pausa.

—ya no hay mapas.

Diego sonrió.

—Entonces vamos bien.

Y juntos…

descendieron.

Hacia un lugar que no quería ser encontrado.

Pero que, por alguna razón,

los estaba esperando.

Capítulo III: El lenguaje de las piedras

La oscuridad no era completa.

Nunca lo es en los lugares que guardan algo importante.

A medida que Eleine y Diego Jiménez descendían por la grieta, la luz comenzaba a transformarse. Dejaba de ser ausencia para convertirse en una presencia tenue, dorada, como si la propia piedra emanará un resplandor antiguo.

El aire era húmedo.

Denso.

Cargado de una quietud que no pertenecía al abandono… sino a la espera.

—Esto no es una cueva —murmuró Diego, pasando la mano por una pared perfectamente pulida—. Es… construcción.

Eleine no respondió de inmediato.

Sus dedos recorrieron la superficie, sintiendo las hendiduras, los símbolos casi borrados por el tiempo.

—Es memoria —dijo al fin—. Y alguien se aseguró de que no se olvidara.

El túnel desembocó en una sala amplia, imposible bajo la lógica de la superficie. Columnas altas, ligeramente inclinadas, parecían sostener un techo que no debería existir. Entre ellas, incrustado en la roca, aparecía ese metal extraño que ya habían visto en los informes.

Oricalco.

No brillaba.

Latía.

Como si cada veta guardara un pulso propio, una energía que no se limitaba a iluminar, sino a observar.

—Diana estaba en lo cierto… —susurró Diego.

Eleine avanzó unos pasos.

—Eso nunca ha sido lo preocupante.

En el centro de la sala, un mecanismo interrumpía el paso.

Tres anillos de piedra, encajados unos dentro de otros, giraban sobre sí mismos. Cada uno estaba cubierto de símbolos: espirales, líneas, figuras que recordaban al agua en movimiento.

—Un puzle —dijo Diego, con una mezcla de fascinación y respeto—. Muy antiguo… pero funcional.

Eleine observó.

No los símbolos.

El conjunto.

—No es un puzle —corrigió—. Es un idioma.

Sello de la Atlántida

Pasa el cursor para activar los glifos

Se acercaron.

Los anillos ofrecían resistencia, pero cedían con la presión justa. Diego intentó girar uno al azar, pero Eleine lo detuvo.

—No toques sin pensar.

—¿Y cómo se piensa algo así?

Eleine señaló las paredes.

Allí, casi ocultas por el desgaste, se repetían patrones. Tres formas. Tres movimientos. Tres direcciones.

—Agua —dijo ella—. Siempre vuelve al mismo sitio… pero nunca por el mismo camino.

Diego la miró.

—Eso no ayuda mucho.

—Ayuda lo suficiente.

El primer anillo giró.

Un leve sonido, como de engranajes olvidados.

El segundo.

Más resistencia.

El tercero…

Un error.

El suelo tembló ligeramente.

Un mecanismo oculto despertó.

—Eso no ha sonado bien —dijo Diego.

—No lo ha hecho.

Un bloque de piedra cayó a pocos metros de ellos.

Advertencia.

Eleine corrigió.

Retrocedió un giro.

Alineó los símbolos como había visto en las paredes.

Agua.

Centro.

Retorno.

El último encaje fue perfecto.

Un clic seco.

Y entonces…

silencio.

Los anillos se detuvieron.

El suelo se abrió lentamente.

No hacia abajo.

Hacia adelante.

Un pasaje nuevo.

Más profundo.

Más antiguo.

—Después de ti —dijo Diego, con una sonrisa tensa.

Eleine avanzó sin responder.

El nuevo túnel descendía en espiral, acompañado por un sonido constante de agua en movimiento. A medida que avanzaban, la temperatura aumentaba, y el aire se volvía más denso, más íntimo, como si cada paso los acercara no solo a un lugar… sino a algo vivo.

La galería final se abrió de golpe.

Y lo que encontraron allí…

no pertenecía al mundo que habían dejado atrás.

Una sala gigantesca.

Casi una catedral subterránea.

En el centro, un foso circular lleno de agua oscura se extendía como un ojo abierto. El movimiento en su superficie no era natural. Algo se agitaba bajo ella… algo paciente.

Y sobre ese foso…

suspendidos.

Dos cuerpos.

Eleine se detuvo.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Diana Jones Marlowe.

Y junto a ella…

Étienne Duval.

Ambos estaban atados por las muñecas a una viga de piedra que cruzaba el vacío, sus cuerpos tensos, suspendidos sobre el agua inquieta.

Duval mantenía el torso desnudo, la piel marcada por el esfuerzo y la humedad, los pantalones aún puestos pero empapados, los pies descalzos buscando un apoyo inexistente. Su elegancia seguía allí, incluso en la precariedad, convertida ahora en una resistencia casi arrogante.

Diana…

Diana parecía otra cosa.

Más salvaje.

Más viva.

Vestía apenas unos pantalones cortos y una prenda superior ligera, adherida a su piel por el agua. La tela, oscurecida y translúcida, dejaba entrever la fuerza de su cuerpo, la tensión de sus músculos, la firmeza de su pecho al ritmo contenido de su respiración. Su cabello corto, pegado al rostro, no suavizaba su expresión: la endurecía.

Debajo de ellos…

el agua se agitó.

Una forma emergió.

Luego otra.

Crocodile.

Y otra más.

Esperando.

—Has tardado —dijo Diana, con una media sonrisa que no pertenecía a alguien en peligro.

Eleine avanzó un paso.

—Siempre me gusta hacer una entrada memorable.

Duval dejó escapar una risa baja.

—Encantado de conocerte —añadió—. Lamento las circunstancias.

El lugar escupía tensión.

Historia.

Peligro.

Y algo más.

Algo que apenas comenzaba a revelarse.

Eleine alzó la vista hacia la viga.

Luego hacia el mecanismo que la sostenía.

—No os preocupéis —dijo con calma—.

Una pausa.

—Esto solo acaba de empezar.

Capítulo IV: El pulso bajo la piel del mundo

El tiempo, en aquel lugar, no avanzaba.

Se tensaba.

Como una cuerda a punto de romperse.

Eleine Marlowe alzó la mirada hacia la viga de piedra donde Diana Jones Marlowe y Étienne Duval pendían sobre el foso. No era una simple sujeción: era un mecanismo. Antiguo, preciso, cruel en su elegancia. La viga no estaba fija; descansaba sobre un eje central unido a un sistema de contrapesos que descendía hacia el interior del muro.

Y ese muro…

latía.

Debajo, el agua se agitó con más violencia. Uno de los Cocodrilos emergió lo suficiente como para mostrar la mandíbula abierta, lenta, segura de su paciencia y de un pequeño festín reciente.

—No tardéis mucho —dijo Duval con una calma que rozaba lo teatral—. Empiezo a sentirme… observado.

Diana no apartaba los ojos de Eleine.

—Sabía que vendrías.

—No te acostumbres —respondió ella, ya en movimiento.

El acceso al mecanismo no era directo. Como todo en aquel lugar, exigía comprensión antes que fuerza. Una serie de bloques sobresalían de la pared lateral, formando una escalera incompleta, irregular, pensada más para poner a prueba que para facilitar.

—Cubro —dijo Diego Jiménez, desenfundando con manos aún tensas por el combate anterior.

Eleine comenzó a ascender.

Cada apoyo era una decisión.

Cada metro, una negociación con el vacío.

El aire estaba cargado de humedad, y la piedra, resbaladiza, parecía rechazarla. Pero había algo más: una vibración leve, constante, que recorría la estructura como un pulso subterráneo.

—¿Lo notas? —preguntó Diego.

—Sí.

—No es solo el agua.

Eleine alcanzó el primer nivel del mecanismo.

No lo era.

Frente a ella, incrustado en la pared, apareció otro sistema de anillos, más pequeño que el anterior pero más complejo. Cuatro círculos concéntricos, cada uno con símbolos distintos: líneas onduladas, triángulos invertidos, formas que recordaban ojos… y algo más difícil de nombrar.

—Otra vez el idioma —murmuró.

Abajo, Diana tensó los brazos.

—No exactamente —dijo—. Este es distinto.

Eleine la miró.

—Ilumíname.

Diana sonrió, pese a la situación.

—No describe el agua.

Pausa.

—Describe el equilibrio.

El mecanismo respondió a un ligero descenso de la viga.

Apenas unos centímetros.

Suficiente para que uno de los reptiles saltara, fallando por poco.

Duval dejó escapar una exhalación contenida.

—Sugiero rapidez.

Eleine observó los símbolos.

No buscaba significado literal.

Buscaba relación.

Cuatro anillos.

Cuatro estados.

Peso.

Centro.

Caída.

Retorno.

Giró el primero.

Nada.

El segundo.

Un leve sonido interno.

El tercero…

El suelo vibró.

—¡Eleine! —advirtió Diego.

Ella no se detuvo.

—Confía —dijo sin mirarlo.

El cuarto anillo encajó.

Un chasquido.

Y entonces…

la viga se elevó lentamente.

Los cuerpos de Diana y Duval subieron con ella, alejándose del alcance de las fauces que seguían agitándose abajo con creciente frustración.

—Eso ha sido… oportuno —murmuró Duval.

Pero no había terminado.

El mecanismo no se detuvo al liberar tensión.

Siguió.

Demasiado.

—Algo no va bien —dijo Diego.

—Nunca lo va —respondió Eleine.

Un mecanismo arcano, tallado en la piedra con la forma de una cabeza animal imposible de clasificar, se abrió lentamente, como si una criatura antigua despertara dentro del muro.

Agua.

Primero un hilo.

Luego un torrente.

El foso comenzó a llenarse.

No lentamente.

Rápido.

Demasiado rápido.

—¡Nos vamos a ahogar! —gritó Diego.

—No si nos movemos —replicó Eleine.

Descendió con agilidad, saltando los últimos bloques sin esperar a hacerlo con elegancia. El agua ya cubría parte del suelo, y los reptiles, excitados por el cambio, se movían con mayor violencia.

Diana y Duval quedaron al alcance.

Eleine cortó primero las ataduras de su hermana.

El cuerpo de Diana cayó con un movimiento controlado, firme, como si aquel riesgo fuera solo una variable más.

—Pensé que tardarías más —dijo, recuperando el equilibrio.

—He mejorado.

Duval fue el siguiente.

Al caer, apoyó una mano en la piedra y luego en el hombro de Eleine, apenas un instante más de lo necesario.

—Un rescate impecable —susurró—. Casi coreografiado.

Eleine no respondió.

Pero no apartó la mano de inmediato.

El agua ya les llegaba a las rodillas.

—Salida —dijo Diego, señalando una abertura elevada al otro lado de la sala.

No había tiempo para discutir.

Corrieron.

El agua subía.

Las sombras se movían bajo la superficie.

Uno de los reptiles embistió, rozando la pierna de Diego.

—¡Sigue! —gritó Eleine.

Alcanzaron la abertura.

Una grieta ascendente, estrecha, irregular.

Uno a uno, comenzaron a subir.

Primero Diego.

Luego Duval.

Diana se detuvo un instante antes de seguir.

Miró a Eleine.

—No estamos solos aquí abajo.

Eleine asintió.

—Lo sé.

Un estruendo lejano confirmó lo que ambas pensaban.

La Nueva Orden también había encontrado el camino.

Cuando salieron al siguiente nivel, el aire era distinto.

Más cálido.

Más cargado.

Y la luz…

más intensa.

No natural.

Más profunda.

Diana avanzó unos pasos.

—Ya casi lo encontramos —dijo.

Diego la miró, aún jadeante.

—¿El qué?

Diana sonrió.

No como antes.

Algo había cambiado.

—El corazón.

Eleine la observó en silencio.

Y por primera vez desde que había llegado a Sevilla…

entendió que aquella historia no trataba de encontrar a su hermana.

Sino de decidir…

si debía detenerla.

Capítulo V: La cámara del oricalco

El ascenso no los condujo a la superficie.

Los llevó… más adentro.

Como si la propia tierra, en lugar de expulsarlos, hubiese decidido aceptarlos en su núcleo más íntimo, allí donde el tiempo deja de tener sentido y la lógica comienza a parecer una superstición.

La grieta desembocó en una cámara de proporciones imposibles.

No era una sala.

Era un mundo contenido.

El techo desaparecía en una altura que la mirada no lograba medir, sostenido por columnas que no parecían talladas, sino nacidas, como si el propio material hubiera crecido con voluntad propia. Entre ellas, el Oricalco trazaba vetas luminosas que recorrían la arquitectura como un sistema nervioso antiguo, emitiendo una luz cálida, casi orgánica, que bañaba cada superficie con un resplandor dorado y húmedo.

En el centro…

agua.

Una laguna interior, perfectamente circular, de una quietud inquietante. Su superficie reflejaba las columnas, las sombras… y los cuerpos de quienes la contemplaban, devolviéndolos con una nitidez perturbadora, como si no reflejara el presente, sino una versión más profunda de cada uno.

—Esto no es una ruina… —susurró Diego Jiménez, incapaz de apartar la mirada.

—No —respondió Diana Jones Marlowe, avanzando hacia el borde del agua—. Es un sistema.

Su voz ya no tenía el tono ligero de antes. Había en ella una gravedad nueva, una atracción difícil de disimular.

Étienne Duval se detuvo a su lado, observando la superficie líquida con una media sonrisa.

—Un sistema que ha sobrevivido a todo —añadió—. Eso lo convierte en algo más interesante que la historia.

Eleine no se movió de inmediato.

Observaba a los tres.

A su hermana.

Al francés.

Al joven.

Y comprendía, con una claridad incómoda, que cada uno de ellos estaba siendo atraído por algo distinto.

Diana… por el descubrimiento.

Duval… por el poder.

Diego… por la fascinación.

¿Y ella?

Eleine avanzó finalmente, el sonido de sus pasos perdiéndose en la vastedad de la cámara.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Diana se volvió hacia ella.

Sus ropas, aún húmedas, se adherían a su cuerpo con una franqueza que el lugar parecía exigir, como si allí dentro toda máscara resultara innecesaria. La tela oscurecida marcaba líneas, volúmenes, tensiones… pero no había en ello provocación deliberada, sino una naturalidad casi ritual, como si Atlantis no entendiera el pudor como una necesidad.

—Ahora… escuchamos —dijo.

Y fue entonces cuando lo oyeron.

Un pulso.

Leve al principio.

Luego más claro.

No provenía del agua.

Ni de las paredes.

Surgía de todas partes.

Duval dejó escapar una risa baja.

—Magnifique… —murmuró—. Una ciudad que aún vive bajo su propia ley.

El calor aumentaba.

No de forma incómoda.

Íntima.

Como si el aire rozara la piel con una intención distinta.

Diego se pasó la mano por el cuello, notando cómo la humedad comenzaba a deslizarse por su cuerpo.

—Esto… no es normal —dijo.

Diana se acercó al agua.

Sin prisa.

Sin duda.

—Nada aquí lo es.

Y entonces…

entró.

El primer contacto no fue un chapoteo.

Fue un suspiro.

El agua la recibió como si la reconociera, envolviendo su cuerpo con una suavidad que desmentía toda lógica subterránea. La tela que aún llevaba se volvió casi inexistente, pegándose a su piel, revelando más de lo que ocultaba, mientras el brillo del oricalco se reflejaba en la superficie, dibujando luces móviles sobre su figura.

Eleine la observó.

No con sorpresa.

Con atención.

—¿Siempre haces esto cuando encuentras algo antiguo? —gritó.

Diana sonrió.

—Solo cuando vale la pena.

Duval no tardó en seguirla.

Se despojó de la camisa sin ceremonia, dejándola caer sobre la piedra húmeda antes de entrar en el agua con una elegancia casi estudiada. Su cuerpo, marcado por años de viajes y excesos medidos, parecía encajar en aquel entorno como si hubiese sido esculpido para él.

—Admito —dijo— que esta expedición mejora por momentos.

Diego dudó.

Miró a Eleine.

—¿Esto forma parte del trabajo?

Eleine sostuvo su mirada unos segundos.

—Todo forma parte del trabajo.

Y, sin añadir nada más, comenzó a deshacerse de la chaqueta.

El agua los envolvió a todos.

Cálida.

Viva.

Durante unos instantes, no hubo palabras.

Solo respiraciones.

Movimientos lentos.

La sensación de que el lugar los estaba… midiendo.

—No es solo un refugio —dijo Diana finalmente—. Es un filtro.

Eleine flotaba cerca, observando cómo la luz jugaba sobre la superficie.

—¿Un filtro de qué?

Diana la miró.

—De intenciones.

El pulso aumentó.

Más fuerte.

Más cercano.

Y entonces…

la luz cambió.

Desde el fondo de la laguna, algo comenzó a emerger.

No una criatura.

Una estructura.

Un círculo de oricalco que ascendía lentamente, expulsando el agua a su alrededor en ondas perfectas. Su superficie estaba cubierta de símbolos, similares a los del mecanismo anterior… pero más complejos, más densos, como si aquel fuera el origen y no la copia.

Diego retrocedió un paso.

—Ese debe ser…

—El corazón —terminó Diana.

Duval sonrió.

—Y aquí es donde todo se vuelve interesante.

Eleine no apartaba la vista.

Sentía algo.

No atracción.

No exactamente.

Una advertencia.

—Ya están aquí —dijo en voz baja.

Un sonido metálico respondió desde la galería por la que habían llegado.

Seco.

Ordenado.

Pasos.

La Nueva Orden.

Diana cerró los ojos un instante.

—Demasiado tarde…

Eleine salió del agua.

El cambio fue brusco, el aire más frío contra la piel húmeda, la tensión regresando como un golpe seco. Tomó su arma sin prisa, pero sin duda, mientras el eco de las botas se hacía cada vez más cercano.

Miró a su hermana.

—Esto ya no es un descubrimiento.

Diana asintió lentamente.

—Nunca lo fue.

Y en el centro de la cámara, el corazón de Atlantis latía con más fuerza.

Como si supiera…

que había llegado el momento de elegir.

CONTINUARÁ…

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