El desafío del caos: Metafísica de la inocencia y el desorden en Gremlins (1984)
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El regreso inminente de los gremlins: cuando el rumor se convierte en rugido
Durante décadas, Gremlins 3 fue poco más que un eco nostálgico, un chiste recurrente entre cinéfilos y una sombra en los despachos de Warner. Pero algo ha cambiado. Y esta vez, no es una ilusión ni un suspiro nostálgico. Es una señal concreta, luminosa, que proviene del único testigo que ha estado allí desde el principio: Zach Galligan, el eterno Billy Peltzer.
En un vídeo reciente difundido por la cuenta @comicmoviedb en TikTok, Galligan dejó caer la noticia con la ligereza de quien no sabe que ha activado una bomba emocional: el guion de Gremlins 3 ya está escrito. Pero no solo eso. Warner Bros., según sus propias palabras, está «increíblemente interesada» en convertir ese libreto en una realidad cinematográfica. Y si algo huele a travesura mogwai, es esto.

La sombra tutelar de Spielberg
Sin embargo, aún queda una última puerta por abrir, y tras ella se encuentra un nombre que lleva la llave de oro: Steven Spielberg. El productor de las dos películas originales aún no ha leído el guion, y su bendición es condición sine qua non para que este proyecto despegue. Si el maestro da el visto bueno, el rodaje podría comenzar mucho antes de lo imaginado.
El efecto Beetlejuice Beetlejuice
¿Por qué este renovado entusiasmo por los gremlins? Galligan lo explica con claridad: el éxito arrollador de Beetlejuice Beetlejuice —que ya ha superado los 450 millones de dólares— ha demostrado que la nostalgia, cuando se trata con respeto e ingenio, no es una apuesta romántica, sino rentable. El público quiere regresar, siempre que el viaje esté bien orquestado.
Y si alguna franquicia merece esa oportunidad, es Gremlins. La original de 1984, escrita por Chris Columbus, dirigida por Joe Dante y apadrinada por Spielberg, mezclaba ternura navideña, sátira salvaje y monstruos de látex con una elegancia que el cine comercial ha ido olvidando. La secuela de 1990, Gremlins 2: la nueva generación, más alocada, más meta, se convirtió con los años en una joya incomprendida.
Del mito al movimiento
Durante décadas, Gremlins 3 fue una leyenda urbana. Ideas no faltaron, pero los borradores se apilaban en un limbo creativo. En 2023, la saga encontró una nueva forma en Gremlins: Secrets of the Mogwai, una serie animada que exploraba los orígenes orientales de Gizmo. Su segunda temporada, The Wild Batch, emitida en 2024, cerró esa vía narrativa, pero dejó abierta la puerta grande del cine.
Ahora, con un guion terminado, con el entusiasmo de Galligan y con Warner al acecho, el regreso parece más real que nunca. Aún no se ha revelado el nombre del guionista ni del posible director, y quizá no lo hagan hasta que Spielberg se pronuncie. Pero la maquinaria está en marcha.
Una secuela con alma, no con CGI
Una de las grandes virtudes de Gremlins siempre fue su mezcla de terror suave, humor negro y animatrónica artesanal. En un cine dominado por el exceso digital, volver a esa estética física y traviesa sería una decisión valiente y refrescante. Además, Gremlins 3 no necesita de presupuestos faraónicos: solo de ingenio, buen pulso narrativo y amor por los monstruos traviesos.
Galligan ha mostrado en varias ocasiones su disposición a retomar su papel de Billy. Su regreso serviría como puente emocional hacia una nueva generación de personajes. Todo indica que la estrategia será similar a la de otras secuelas heredadas: fusionar rostros clásicos con nuevas figuras, respetando el ADN gamberro de la saga.
Spielberg: el oráculo
La figura de Steven Spielberg no es solo simbólica: es vital. Su nombre es sinónimo de cine hecho con alma. Y aunque su rol en este proyecto pueda limitarse a una supervisión remota, su sí —o su no— marcará el destino de Gremlins 3. La buena noticia es que Warner ha llegado hasta este punto sin él. Lo que significa que cree en el proyecto. Solo falta que el viejo oráculo abra el manuscrito.
¿Cuándo podría rugir el gremlin?
Si Spielberg da luz verde pronto, el rodaje podría arrancar a finales de 2025 o principios de 2026, con vistas a un estreno festivo en 2027, quizá en Navidad, quizá en verano. Nada está firmado aún, pero la situación actual ya es más prometedora que cualquier otra en los últimos treinta años.
Y si vuelve gizmo…
Entonces volverán también esas reglas que nunca debimos romper. Volverá el chisporroteo nocturno en la cocina, el canto lánguido de Gizmo desde una caja de madera, la risa cruel de los gremlins cuando se desbocan.
Y quizás, solo quizás, el cine recuerde por un instante cómo se hace una película traviesa, juguetona, práctica y con textura. Una que no necesita salvar el universo, solo encender de nuevo la chispa de la criatura bajo la cama.
Todo lo que falta es un sí. Un sí de Spielberg.
Y entonces… que corran las cortinas. Porque los gremlins están listos para volver.
Dos icónicos clásicos de la década de 1980 regresan: Warner Bros. autoriza el desarrollo de nuevas entregas de Gremlins y Los Goonies
En su búsqueda por equilibrar innovación y nostalgia, la industria cinematográfica mantiene una tendencia constante: revitalizar obras emblemáticas del pasado con un enfoque renovado. Ejemplos recientes como Cazafantasmas, Superdetective en Hollywood y Beetlejuice ilustran esta estrategia, y ahora Warner Bros. se suma al movimiento con el anuncio de dos nuevos proyectos basados en Gremlins y Los Goonies, títulos que dejaron una huella indeleble en la cultura popular de los años ochenta.
De acuerdo con el portal estadounidense Deadline, estos nuevos desarrollos tienen como objetivo conquistar tanto a los espectadores nostálgicos como a una generación más joven, con la esperanza de replicar el éxito de taquilla en el ámbito nacional e internacional.
En el caso de Gremlins, se ha confirmado la participación de Chris Columbus, guionista de la película original y director de las primeras entregas de la saga Harry Potter. Columbus regresará como líder creativo del proyecto, lo que sugiere una cuidadosa preservación de la esencia del clásico, al mismo tiempo que se adapta a las sensibilidades de las audiencias contemporáneas. Descargar Gremlins 3 torrent
En cuanto a Los Goonies, los detalles del nuevo proyecto permanecen en el misterio. Sin embargo, las recientes declaraciones de Ke Huy Quan, uno de los protagonistas de la película original, alimentan las especulaciones sobre una posible secuela que reúna a los legendarios aventureros varias décadas después de su icónica travesía.
Con estos ambiciosos planes, Warner Bros. busca consolidar su apuesta por revitalizar el legado de estas franquicias y reintroducirlas en el imaginario colectivo de nuevas y viejas generaciones.
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Criaturas adorables y monstruos domésticos: cómo Gremlins se infiltró en la Navidad para no marcharse jamás
Hay películas que nacen con vocación de acontecimiento y otras que se cuelan en la historia casi por accidente, como una criatura indeseada alimentada después de medianoche. Gremlins pertenece a esta segunda estirpe. Estrenada en junio de 1984 —pleno verano, ningún árbol de Navidad a la vista— terminó convirtiéndose en uno de los títulos navideños más persistentes, incómodos y extrañamente queridos del cine popular. Cuatro décadas después, con una tercera entrega ya anunciada, sigue siendo un objeto fílmico difícil de clasificar, una anomalía que sobrevivió precisamente gracias a su carácter inclasificable.
Concebida como una modesta serie B destinada al circuito del videoclub, la película producida por Steven Spielberg acabó recaudando más de 150 millones de dólares y solo fue superada en taquilla por Indiana Jones y el templo maldito y Cazafantasmas. 1984 fue, sin duda, un año extraordinario para el cine comercial… y para los adolescentes que lo vivieron.

Como ocurre cada diciembre con La jungla de cristal, Gremlins plantea una pregunta recurrente: ¿es realmente una película para niños? Nadie discute ya que es una obra de culto, pero su lugar exacto sigue siendo incómodo. Bajo una apariencia de fábula familiar se esconde una pieza cruel, sarcástica y profundamente subversiva, que obligó a Hollywood a replantearse su sistema de clasificación por edades y dio origen a la célebre etiqueta PG-13.
Su producción fue tan artesanal como caótica. La ambición estética chocaba con un presupuesto reducido y con un desafío técnico enorme: dar vida a decenas de criaturas sin recurrir al stop-motion ni a efectos digitales inexistentes. Durante un breve y delirante momento se planteó incluso utilizar monos disfrazados, idea que fue descartada tras comprobar que los animales tenían una comprensión demasiado libre del concepto de “dirección artística”. El plató acabaría lleno de titiriteros ocultos, animando a mano a esas pequeñas aberraciones de orejas desproporcionadas y alma de Nosferatu doméstico.

Y, sin embargo, pese al caos, Gremlins funciona porque su tono es quirúrgicamente preciso. Su final —agridulce, casi punitivo— sería hoy impensable: los protagonistas pierden a Gizmo por no haber sabido cuidarlo, y la película se cierra con una lección incómoda sobre la responsabilidad, el consumo y el deseo de poseer lo adorable sin asumir sus consecuencias. Lejos de la moralina clásica navideña, Gremlins y aún más su secuela son una sátira feroz del capitalismo ochentero, donde las grandes corporaciones y los bancos aparecen como amenazas tan reales como las criaturas monstruosas.
El guion de Chris Columbus pasó por múltiples mutaciones. Los protagonistas dejaron de ser niños para convertirse en jóvenes adultos, un guiño calculado al público adolescente que obsesionaba a los estudios. El Mogwai dejó de ser un hallazgo fortuito para convertirse en un objeto comprado, mercantilizado desde su origen. Solo sobrevivieron las tres reglas —arbitrarias, absurdas, inolvidables— cuya lógica interna fue motivo de intensos debates ejecutivos. “¿Cuándo deja exactamente de ser medianoche?”, preguntaban incrédulos. La respuesta, como tantas cosas en Gremlins, era simple y profundamente cinematográfica: no importa.

Joe Dante, heredero directo de la escuela de Roger Corman, supo encontrar el equilibrio entre horror, comedia y sátira. Spielberg, ocupado con E.T. y Poltergeist, ejerció aquí de productor intuitivo, tomando una decisión clave: Gizmo no debía transformarse en villano. Aquella pequeña criatura —inspirada en un primate, con ojos y orejas sobredimensionados— se convirtió en el corazón emocional del film. Su ternura era el anzuelo perfecto para que el espectador aceptara, pocos minutos después, ver a sus congéneres explotar en microondas o sembrar el caos en cines y bares.
El reparto, lejos de buscar estrellas, apostó por rostros nuevos. Zach Galligan encarnaba la inocencia necesaria; Phoebe Cates aportaba una melancolía inesperada, cristalizada en uno de los monólogos más perturbadores del cine comercial de los ochenta: el relato de por qué su personaje dejó de creer en Papá Noel. Una escena odiada por los productores, defendida a muerte por Dante, y que resume como pocas el espíritu de la película: tragicómica, cruel y profundamente honesta.

La campaña de marketing jugó al engaño. Warner vendió Gremlins como un nuevo E.T., ocultando deliberadamente su lado oscuro. El choque en las salas fue monumental. No era cine infantil, pero tampoco podía clasificarse como cine adulto. La solución fue inventar una nueva categoría. Así, Gremlins no solo dejó huella en la cultura popular, sino en la propia estructura industrial de Hollywood.
Ni las críticas negativas —legendaria la de Leonard Maltin, que acabaría siendo devorado simbólicamente en la secuela— lograron frenar su ascenso. Con el tiempo, incluso sus detractores terminaron rindiéndose. Hoy, cuarenta años después, Gremlins sigue regresando cada Navidad como un ritual perverso y entrañable, recordándonos que bajo el oropel festivo siempre late algo oscuro, algo travieso… y que nunca, bajo ningún concepto, conviene alimentar después de medianoche.



