Estreno capítulo 6 | El diario robado de mis desnudos: una novela sobre la traición y la belleza
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El diario robado de mis desnudos: una novela sobre la traición y la belleza
Capítulo 1: La luz de Postiguet
Nací junto al mar, y quizá por eso mi vida entera ha consistido en perseguir un reflejo. Alicante olía a sal y a bronceador cuando era niño; las calles retenián luz, esa luz que no perdona, que se mete en los ojos como un secreto. Mis veranos como el de todos en la infancia eran largos, espesos, casi inmóviles, y cada tarde, cuando el sol empezaba a caer, me escapaba con una vieja cámara Kodak que había pertenecido a mi abuelo.
Era una máquina pesada, de cuero cuarteado y lente cansada, pero en mis manos temblorosas parecía un instrumento sagrado. Aprendí a cargarle el carrete como quien prepara un ritual: dedos manchados de polvo, el clic metálico del cierre, el pequeño vértigo del disparo. En aquellos días la fotografía no era una profesión ni un sueño: era una forma de quedarme a solas con la luz.

En la playa del Postiguet descubrí mi primer laboratorio. El sol se hundía en el Mediterráneo con un esplendor casi obsceno, y yo lo observaba a través de la lente, midiendo los destellos sobre la piel húmeda de los bañistas. No sabía aún que esa fascinación por la piel sería mi condena y mi oficio.
A veces, entre los turistas del norte, alguna mujer se atrevía a quedarse con el bikini desabrochado o con el pecho apenas cubierto por el agua. Yo no buscaba el morbo; buscaba el misterio. La forma en que la luz resbalaba sobre su cuerpo, cómo el reflejo del mar se curvaba en su espalda. Aprendí que el cuerpo humano no es más que una geografía de sombras.

Una tarde fotografié a una pareja extranjera que jugaba en la orilla. Una reía con un desparpajo que en mi ciudad aún resultaba atrevido; otra le lanzaba agua con las manos. Tomé una foto justo cuando el agua se rompía contra su cuello. Durante semanas revelé esa imagen una y otra vez, fascinado por la textura del instante. Allí comprendí que el deseo no está en lo que se ve, sino en lo que la luz apenas alcanza a tocar.

Las noches las pasaba en un pequeño cuarto oscuro que había improvisado en el trastero de casa. El olor del químico, el rojo tenue de la bombilla, el silencio apenas roto por el goteo del agua. Ver aparecer una figura en el papel mojado era como asistir al nacimiento de algo que yo mismo no comprendía del todo.
El tiempo pasó. La Kodak envejeció conmigo. Empecé a hacer retratos a los vecinos, a mis amigos, a las novias de mis amigos. Siempre me pedían que las hiciera “salir guapas”, pero lo que yo buscaba no era la belleza, sino la verdad luminosa que había debajo.
Un verano, mientras fotografiaba a una chica francesa que posaba sobre las rocas, ella me dijo algo que no olvidaría:
—Tú no miras como los demás.
Yo sonreí, sin saber si aquello era un cumplido o una advertencia.

Años después, cuando ya estaba preparando mi marcha a Barcelona, recordé sus palabras. La ciudad se me quedaba pequeña, y un amigo me había prometido que en la capital catalana la fotografía era otra cosa: parte del pulso urbano, de la moda, del arte, del deseo. Me fui con una maleta pequeña y la Kodak envuelta en una bufanda.
No sabía que aquel viaje me cambiaría para siempre. No sabía que, entre los flashes de los desfiles y el ruido de los bastidores, descubriría el poder real del cuerpo iluminado. Pero esa historia pertenece a otro capítulo.
Por ahora, sólo recuerdo el rumor del mar en el Postiguet, el olor del revelador, y la sensación de que la luz —esa amante imposible— me había elegido a mí para seguirla.
Capítulo 2: La ciudad y el cuerpo
Barcelona me recibió con un olor distinto. No era el del mar abierto de mi infancia, sino un perfume más denso, mezcla de gasolina, humedad y café recién molido. Había algo eléctrico en su aire, como si cada esquina escondiera una promesa o una trampa.
Los primeros meses fueron confusos. Dormía en un piso compartido en el Eixample, con una ventana que daba a un patio interior donde los vecinos colgaban ropa de colores desteñidos y donde sin darme cuenta aprendí a mirar más allá de lo visible, en un espacio donde el tiempo se para y la vista encuentra lugares ocultos tras las viejas ventanas de una urbe que guarda belleza y secreto por igual tanto en su superficie de postal turista, como en esos pequeños cuartos donde jóvenes buscan su futuro. De ahí surgieron mis primeros retratos voyeur de los que más adelante hablaré.

Trabajaba en pequeños encargos: retratos para agencias de actores, catálogos menores, bodas donde los novios me pedían “algo moderno”. Pero la modernidad me aburría; yo buscaba la imperfección, la grieta, la sombra que la luz todavía no había conquistado.
Una tarde, mientras entregaba unas copias en un estudio del Born, un fotógrafo veterano me habló de un desfile que necesitaba asistentes. No dudé. Quería mirar de cerca aquel mundo que olía a misterio y a tela cara.
El primer día en el backstage fue un choque de sentidos. Los pasillos estrechos, las luces amarillas parpadeando, el olor a laca y maquillaje, el zumbido de las planchas de vapor. Todo parecía moverse en una coreografía de urgencia: modelos que corrían medio vestidas, diseñadores gritando, asistentes cosiendo a contrarreloj.

Y entre ese caos, la vi.
Anja.
Su nombre lo escuché más tarde, cuando alguien la llamó con acento francés. En ese momento solo vi su perfil, recortado por la luz del camerino. Alta, de piel translúcida, cabello suelto, dorado y ondulado, quizás una peluca para la ocasión. Estaba de pie frente al espejo, sin nada que no dejase ver la curva de su espalda y todo demás. Sostenía una laca de cabello con los dedos en calma, ajena al desorden. Tenía esa quietud peligrosa de quien domina el tiempo.
Mi tarea consistía en fotografiar los cambios de vestuario, documentar los tejidos y las siluetas antes de que salieran a la pasarela. Pero mis ojos no obedecían. Seguían la línea de su cuello, la geometría de sus hombros bajo la luz incandescente. No había erotismo explícito, solo una tensión latente, un lenguaje antiguo entre la mirada y el cuerpo. Y la fotografié.

En un descanso, mientras ajustaba el diafragma, ella se acercó.
—Tú no eres de aquí —me dijo, en un español lento, casi aprendido esa semana.
—¿Se nota tanto? —respondí, intentando parecer tranquilo.
—No miras como los demás fotógrafos —añadió, sonriendo apenas.
Su voz tenía el acento de las tierras frías, y sus ojos azules parecían mirar desde otra estación del año. Me pidió que le mostrara una de las fotos. Le enseñé aquella imagen donde las telas no se deslizaban por su hombro y espalda capturada justo antes de desaparecer del marco.
—Ahí —susurró—, justo ahí está el cuerpo. No en la carne… en el momento antes.
Aquella frase me golpeó con la misma fuerza que el primer atardecer que revelé en el Postiguet. Anja había entendido lo que yo ni siquiera sabía cómo explicar o quizás había notado que en aquella foto había algo que una simple mirada de un fotógrafo, quizás un instante de deseo de un novato que la contempla por primera vez.
A partir de ese día, la buscaba con la mirada en cada desfile, en cada prueba de vestuario. Ella parecía advertirlo, porque siempre encontraba una forma de desafiarme: una mirada fugaz en el espejo, una sonrisa mientras se desabrochaba una prenda, una pose sostenida un segundo más de lo necesario. Era un juego sutil, una danza entre la luz y el deseo.
Una tarde, al terminar un evento, la encontré sola en la puerta del hotel donde se había celebrado el desfile. La ciudad brillaba bajo la sonrisa de su rostro.
—¿Tú también haces fotos cuando no hay nadie mirando? —preguntó.
—Solo cuando la luz me lo pide —contesté.
Se giró despacio, dejando que el viento o quizás ella jugara con su corto vestido blanco. En ese instante entendí que la fotografía no era solo un oficio: era una forma de desnudarse sin tocarse, de acercarse sin cruzar el límite. Y quizás ella tampoco era una chica más.

No pasó nada más aquella noche. Ni debía pasar. Pero al bajar las escaleras del hotel, supe que ella sería mi primer retrato verdadero. No una modelo, sino una presencia. Una revelación.
Y aunque aún no lo sabía, Anja sería también la llave de una puerta que yo no estaba preparado para abrir.
Capítulo 3: La sesión del silencio
No recuerdo quién dio el primer paso. Si fui yo quien se atrevió a insinuar la idea, o si fue Anja quien dejó caer, como quien deja caer un guante, la posibilidad de una sesión a solas. Lo cierto es que, semanas después de aquel desfile, me encontré esperándola frente al estudio que había montado en una antigua buhardilla del Raval decorada con elementos clásicos dominado por un imponente sillón morado de terciopelo como contrapunto de otros rincones con diferentes ambientes, como si de un pequeño set de Hollywood se tratase.
El edificio era viejo, de escalera angosta y olor a humedad. Pero arriba, bajo las vigas oscuras, tenía una claraboya que dejaba entrar una luz insolente.
Una luz honesta.
Una luz que no perdona mentiras.
Anja llegó puntual, como si la puntualidad fuese otra forma de elegancia. Vestía con la sencillez misteriosa de quien no necesita adornos: un abrigo largo, el cabello recogido en un moño suelto, los labios apenas coloreados. Al entrar, no dijo nada. Miró la habitación como quien evalúa un santuario ajeno.
—Huele a químicos —comentó al fin.
—Es mi forma de rezar —respondí.
Sonrió, una sonrisa mínima, que no buscaba agradar. Y cerró la puerta.
El silencio entre nosotros tenía textura. No era incómodo, pero sí denso, como si ambos supiéramos que estábamos a punto de cruzar un umbral. Preparé la cámara, ajusté la luz, moví una tela negra para que el fondo no distrajera. Ella me observaba sin moverse, con los brazos cruzados, ese modo felino que tenía de estar en todas partes sin hacer ruido.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
No supe si era un desafío o una confesión.
—Quiero la luz en tu piel —dije—. Nada más. Y nada menos.
Anja asintió.
Y entonces, sin teatralidades ni falsa timidez, comenzó a desabrocharse el abrigo para primero dejar ver un corto vestido azul con líneas moradas y blancas a juego con mi clásico sillón, ahí capté su primer momento aún puro y limpio basado solo en su sonrisa.

El tiempo se volvió espeso. Su desnudez no fue un golpe, sino una transición lenta que fue tomando forma. La tela del vestido cayó al suelo con un sonido suave, casi íntimo, y su cuerpo quedó suspendido en aquel haz de luz que descendía por la claraboya. No había erotismo explícito, pero sí una revelación antigua, algo que pertenecía más al mármol que a la carne.
—No poses —le pedí—. Solo… sé.
Ella entendió. O tal vez ya lo sabía desde antes de entrar.
El primer disparo de la cámara resonó como un latido.
Anja no se movió.
Yo, en cambio, temblé.
El miedo no era a la desnudez. Era al poder que la imagen podía tener sobre los dos.
Caminé alrededor de ella, buscando ángulos, sombras, señales. Su piel capturaba la luz como si hubiera nacido para ello: un tono frío que se encendía al contacto con el dorado del atardecer que entraba por la claraboya. Las curvas de su cuerpo eran lentas, deliberadas, llenas de una delicada violencia.

En un momento, mientras ajustaba el enfoque, mis manos rozaron sus hombros para corregir la caída de la luz. Fue un gesto mínimo, profesional incluso, pero el aire entre ambos cambió de temperatura. Ella giró la cabeza apenas, lo suficiente para que nuestros ojos quedaran alineados.
—Tú también estás desnudo —susurró.
No hablaba del cuerpo.
Lo entendí al instante.
La cámara en mis manos pesaba más.
Mi temblor era un ruido torpe.
Ella lo percibía todo.
Me retiré un paso, intentando recuperar la distancia técnica que dicta el oficio. Pero Anja avanzó un poco, como quien quiere recordarte que hay momentos en los que el oficio no basta.
—No huyas de la luz —me dijo.
Aquella frase me atravesó. No era un consejo; era un permiso.
Continuamos la sesión en un silencio aún más tenso, más verdadero. Ella se movía con una naturalidad inquietante, como si toda su vida hubiera sido un ensayo para este instante. Cambiaba la postura sin perder nunca la esencia: la línea, la fragilidad, la fuerza. Era un cuerpo que sabía hablar sin palabras.
Hubo un momento —solo uno— en el que la luz cayó sobre su rostro de un modo perfecto, casi doloroso. Estaba medio girada, una sombra cruzándole el pecho, la mirada cerrada y perdida contra la ventana. No buscaba seducir. No buscaba impresionarme. Era simplemente ella, irrepetible, totalmente expuesta.

Disparé.
Supe, antes incluso de ver el negativo, que esa imagen sería la primera “verdadera” fotografía de mi vida.
Cuando terminó la sesión, Anja recogió el abrigo y se lo puso sin prisa. No dijo “gracias”, ni “adiós”, ni “te llamaré”. Ya no hacía falta.
Al abrir la puerta para marcharse, se volvió hacia mí.
—La próxima vez —murmuró—, quiero verte revelar.
Y se fue.
Quedé solo en la buhardilla, con el olor del químico flotando en el aire, con la luz apagándose y la certeza de que algo había cambiado para siempre.
No solo en mis fotografías.
En mí.
Aquella tarde descubrí que la verdadera desnudez no está en el cuerpo iluminado, sino en quien lo mira.
Capítulo 4: la noche en que la pasarela tembló
La segunda vez que entré en un backstage de moda no iba a fotografiar; iba a sobrevivir. Y lo digo sin exagerar. Porque aquel backstage no era cualquiera: era el de la Ishis Fashion, el evento más sexy, caótico, vanguardista y temperamental de todo el planeta. Una pasarela donde los diseñadores se comportaban como profetas, los técnicos como alquimistas a punto de perder la cordura y las modelos como soldados a punto de entrar en una batalla sin armadura.

Me habían llamado a última hora: un fotógrafo había enfermado y necesitaban a alguien —a cualquiera— capaz de sostener una cámara sin colapsar bajo la presión. Acepté porque no tenía elección, y porque sentía ese temblor en el pecho que anuncia que algo grande, quizá peligroso, está a punto de suceder.

Desde que crucé la lona negra que separaba la Ishis Fashion del resto del mundo, el caos me golpeó como una ola caliente. Técnicos gritando por un generador defectuoso, asistentes huyendo con percheros que parecían bestias metálicas, maquilladores aferrados a sus pinceles mientras corrían de rostro en rostro. En el aire flotaba una mezcla de electricidad, perfume caro y miedo real. Era un escenario perfecto para una tragedia o para una revelación.

Y entonces apareció ella: Anja.
Avanzaba con una cazadora plateada abierta por la mitad, el torso aún húmedo por el calor de los focos, el cabello recogido con imperfección intencionada. Me vio, levantó una ceja y sin detenerse murmuró:
—Tú otra vez.
No era un saludo. Era reconocimiento… y advertencia.
El jefe de iluminación me empujó un segundo después.
—Sigue a las modelos y documenta todo. TODO. Y no toques nada que tenga cables.
Preferiría haber obedecido la segunda parte.
Seguí a Anja entre cajas de vestuario marcadas con nombres impronunciables y técnicos jurando en varios idiomas. La maquilladora asignada no había llegado y faltaban apenas cinco minutos para el primer pase. Frente a un enorme espejo iluminado con bombillas que zumbaron de forma sospechosa, Anja se detuvo, frustrada.
—¿Sabes usar las manos para algo más que apretar un obturador? —preguntó.

Asentí, sin saber exactamente qué prometía.
—Sujétame el cabello.
Lo hice. Sus mechones fríos resbalaban entre mis dedos mientras ella aplicaba maquillaje a toda velocidad. En el reflejo, éramos una figura doble: ella tensa y luminosa; yo, detrás, apenas un contorno atrapado en un torbellino que no controlaba.
Lo que vino después fue inevitable.
El generador defectuoso de la Ishis Fashion, del que todos hablaban desde hacía horas, explotó con un chispazo feroz. Una lluvia breve pero escandalosa de chispas cayó sobre un telón lateral. Alguien gritó “¡Fuego!”, y el backstage entero se convirtió en un hormiguero enloquecido: cajas empujadas, modelos huyendo con los vestidos a medio abrochar, el olor del plástico quemado mezclándose con el Chanel más caro del mercado.

En medio de ese caos, Anja me agarró la muñeca.
—Ven —ordenó.
No discutí.
Cruzamos el backstage mientras los técnicos trataban de sofocar el inicio de incendio. Ella me arrastró hasta una puerta lateral que llevaba a un corredor técnico, una sala aparte acondicionada, como especie de una sala de recepción que se convirtió en un refugio improvisado.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Todavía no —respondió—. Ayúdame con esto.
Empujó una pesada caja de vestuario, etiquetada en alemán.
—Mi segundo look está aquí. Si posponen la primera salida, lo necesitarán ya.
La caja pesaba como un secreto. La movimos entre los dos. Su respiración, tan cerca, tenía un ritmo que mezclaba pánico y determinación. No era como la sesión del otro día: no había silencio, ni contemplación, ni poesía. Había vértigo. Un vértigo que nos volvía cómplices.
De pronto, una voz rugió desde el otro lado de la puerta.
—¡Anja! Abrídme la puerta ahora mismo.
Reconocí esa voz: el director creativo de la Ishis Fashion, famoso por su carácter volcánico y por su obsesión con el control absoluto.
Anja me lanzó una mirada rápida.
—No digas nada. Y no abras.
El hombre golpeó más fuerte.
—Sé que estáis ahí. ¡Abrid!
Contuve el aliento. Ella también.
El ruido del incendio y las órdenes gritadas se tragaron sus pasos; el director se alejó enfadado, sin obtener lo que quería.
Anja se giró hacia mí, aún temblando.
—Esta noche —susurró— es la primera vez que alguien no me deja sola cuando todo se derrumba y fue cuando se reclinó sobre un sofa de antracita marrón y abrió su rebeca naranja…

No hubo beso. No hacía falta. Lo que nació allí fue más profundo: un pacto silencioso, una complicidad sellada en la penumbra y el humo.
Entonces escuchamos una voz desde el pasillo principal:
—¡Anja, rápido, te necesitamos en la pasarela!
Ella respiró hondo, recuperó su pose profesional en un solo gesto y, antes de marcharse, me tocó la mano apenas un instante. Un roce, una promesa.
—Espera aquí —dijo—. Cuando salga del desfile… te contaré la verdad.
Y entendí, en ese preciso momento, que aquella noche en la Ishis Fashion no solo había sido un accidente o un caos técnico. Había sido un umbral.
El tipo de noche que te empuja a una historia de la que ya no puedes volver atrás.
Capítulo 5: El negativo roto
No huimos lejos aquella noche. No hizo falta. Bastó con salir a la calle, dejar atrás el ruido de la Ishis Fashion y caminar sin rumbo por una Barcelona que, de pronto, parecía cómplice. La ciudad vivía a otra velocidad: semáforos en ámbar eterno, terrazas medio vacías, un rumor de motos lejanas como un latido de fondo. Anja caminaba a mi lado sin decir nada, con el abrigo cerrado hasta el cuello y la mirada fija en un punto que sólo ella veía.

Entramos en mi estudio como quien cruza una frontera. Cerré la puerta y el silencio cayó con un peso distinto, más denso que el del backstage. Nos miramos largamente, sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido sentarse a observarnos. No hubo gestos bruscos ni urgencias torpes. Hubo, en cambio, una certeza tranquila: aquello no era una huida, era un encuentro largamente anunciado.
El amor —descubrí entonces— no siempre llega con fuegos artificiales. A veces se manifiesta como una alineación perfecta: dos cuerpos que se entienden, dos latidos que encuentran el mismo ritmo, dos miradas que ya no necesitan explicarse nada. La pasión fluía paralela al afecto, sin imponerse, sin pedir permiso. Éramos dos personas despojadas de máscaras, entregadas a una intimidad que no reclamaba promesas, pero las insinuaba todas.
Después, cuando la noche empezó a palidecer, Anja se vistió en silencio. Sus movimientos tenían la serenidad de quien sabe que algo importante ha ocurrido, pero también la distancia de quien no puede quedarse. Me besó con una ternura que dolía más que cualquier despedida teatral.
—No me busques —dijo, y su voz no fue una orden, sino un ruego cansado.
Se fue con la misma discreción con la que había entrado en mi vida, dejándome un estudio lleno de sombras nuevas.
No supe obedecer.

Pasaron días, quizá semanas. La ausencia tiene una manera peculiar de medir el tiempo. Yo seguía trabajando, revelando encargos que ya no me decían nada, pero cada imagen me llevaba de vuelta a Anja. Hasta que decidí ir más allá de la prudencia y de la dignidad. Conseguí una dirección, una de esas que suenan a otra ciudad dentro de la ciudad: calles amplias, portales silenciosos, árboles bien educados.
Llegué con un ramo torpe en las manos, flores compradas sin pensar, como si el gesto pudiera corregir lo inevitable. Toqué el timbre.
La puerta se abrió y el mundo se desplomó con una elegancia cruel.
Anja apareció al fondo del recibidor, sonriente, distinta. A su lado, un hombre impecable —traje caro, mirada segura— hablaba por teléfono con la naturalidad de quien manda incluso cuando susurra. Un niño cruzó corriendo el salón, riendo, ajeno a la tragedia que yo acababa de descubrir.
La familia perfecta.
El decorado definitivo.
No recuerdo qué dije. No recuerdo si Anja intentó explicarse o si simplemente me miró con una tristeza que ya no pedía comprensión. Recuerdo, eso sí, el sonido de la puerta al cerrarse y el peso del ramo marchitándose entre mis dedos.
Volví al estudio como un animal herido. Me encerré en el cuarto de revelado y apagué todas las luces salvo la roja. Una a una, fui sacando las fotografías de Anja. Su cuerpo, su mirada, la luz detenida en un instante que ya no existía. Las contemplé hasta que el papel pareció disolverse, hasta que la química y las lágrimas se confundieron en el mismo olor amargo.


Lloré sin épica, sin consuelo, como se llora cuando se pierde algo que nunca fue del todo propio.
Y entonces, entre negativos colgados y sombras húmedas, entendí que Barcelona había terminado para mí. No por la ciudad, sino porque mi mirada ya no podía quedarse allí. La fotografía —esa amante exigente— me pedía movimiento, exilio, otra luz.
Hice una maleta pequeña. Guardé la cámara. Dejé atrás el estudio, las calles, el recuerdo de Anja convertido en imagen fija.
Salí al amanecer, con la certeza de que no huía del dolor, sino que lo llevaba conmigo como una brújula. Porque a veces, para encontrar una nueva fotografía, hay que aceptar que el negativo se ha roto para siempre.
Capítulo 6. La ciudad que no espera
Salí al amanecer, con la certeza de que no huía del dolor, sino que lo llevaba conmigo como una brújula. Porque a veces, para encontrar una nueva fotografía, hay que aceptar que el negativo se ha roto para siempre.
Nueva York, 1992. La fecha importaba. Se notaba en el aire, en la arrogancia luminosa de las avenidas, en esa sensación de estar viviendo un momento que todavía no sabía que iba a convertirse en mito. Era una ciudad en plena combustión creativa, aún peligrosa, aún sucia en los bordes, pero vital como una herida que no quiere cerrarse. Aquí el arte no pedía permiso ni subvención: se imponía a codazos.

Venía de una Barcelona que se maquillaba para el mundo. La ciudad preolímpica ensayaba sonrisas, limpiaba fachadas, fingía modernidad con la disciplina de quien teme no estar a la altura. Barcelona quería ser mirada. Nueva York, en cambio, miraba de vuelta, y no siempre con buenos ojos. Una se preparaba para la foto oficial; la otra vivía permanentemente dentro del plano.
Mi amigo me introdujo en ese ecosistema con la naturalidad de quien ya ha perdido el asombro. Empecé como asistente en estudios de moda del SoHo, ayudando a iluminar cuerpos que no buscaban belleza, sino presencia. Luego vinieron encargos más pequeños: retratos para galerías alternativas en el East Village, sesiones nocturnas para diseñadores que mezclaban cuero, religión y sexo como si fueran colores primarios. Aprendí rápido que en Nueva York nadie te pregunta de dónde vienes, solo qué sabes hacer con la luz.

Fotografié bailarines exhaustos en almacenes vacíos, actrices anónimas que parecían estrellas antes de tiempo, músicos que aún no sabían que estaban a punto de ser olvidados. Cada disparo era urgente. Aquí no había tiempo para la nostalgia: la imagen o funcionaba o desaparecía. Y, sin darme cuenta, esa crudeza me estaba curando de Barcelona, de Anja, de mí mismo.
La comparación era inevitable. Mientras Barcelona se abría al mar como un gesto calculado, Nueva York se cerraba sobre sí misma con una fiereza magnética. Allí la belleza era un proyecto urbano; aquí, un accidente cotidiano. Yo había cambiado los paseos melancólicos por el Raval por noches interminables en estudios sin ventanas. Y, por primera vez en meses, no me sentía traidor a mi propia mirada.










Fue uno de esos trabajos —un encargo que parecía menor, casi administrativo— el que lo cambió todo. Un videoclip. Un álbum. Un equipo enorme, una producción que no hablaba de arte, sino de industria. Me contrataron como ayudante de fotografía. Nada extraordinario. Eso creí.
Hasta que ella apareció.
No hubo anuncio ni reverencia previa. Solo un silencio extraño, una alteración en el ritmo del estudio. Y entonces entendí que estaba ante alguien que no entraba en un plano: lo dominaba. En 1992, su nombre ya no necesitaba explicación. Era el centro de gravedad del pop, del escándalo, del deseo convertido en discurso.
Madonna.

Comprendí, demasiado tarde y demasiado pronto, que Nueva York no me había traído hasta allí por azar. Que aquel exilio no era una huida, sino una preparación. Porque algunas ciudades no te acogen: te ponen a prueba. Y esa noche, entre focos, sombras y música que aún no existía del todo, supe que acababa de cruzar una frontera invisible.
Barcelona había quedado fijada en una imagen antigua. Nueva York, en cambio, seguía revelándose ante mis ojos.
Y yo estaba dentro del encuadre.



