Acorralado en las vegas: un eco desfasado con brillo tardío

Hay películas que llegan al mundo con el pulso equivocado, como viajeros que pierden el último tren y aparecen en un andén que ya no les pertenece. Acorralado en las vegas (1986) es uno de esos extraviados: un film que conserva en sus entrañas cierta fuerza visual —nacida de otra década, de otra fiebre cinematográfica— pero que aterriza en plena segunda mitad de los ochenta como un fósil cálido, interesante por su textura y desorientado por su momento histórico.

Un hijo tardío de los setenta

Es evidente desde sus primeros planos que la película fue concebida en una sensibilidad anterior. Ese aire polvoriento, casi artesanal, el gusto por las persecuciones rodadas a pie de calle, la presencia de un veterano de Vietnam como motor dramático… Todos estos elementos pertenecen al cine norteamericano que aún buscaba heridas tras la guerra, ese cine áspero donde la acción se mezclaba con la resaca de un país desencantado.

heat_1986_96416-1024x576 Acorralado en las vegas: un eco desfasado con brillo tardío

Si Acorralado en las vegas hubiera visto la luz hacia 1979 o incluso en los primeros años ochenta, habría encajado como pieza curiosa del proto-acción estadounidense: un eslabón entre el thriller setentero y el héroe musculado que estaba a punto de dominar la década. Habría sido una obra menor, sí, pero coherente con su tiempo.

Estrenarse en 1986, sin embargo, la convierte en una anomalía. Para entonces, el cine de acción ya había mutado: Rambo II, Commando o Cobra habían fijado una estética más contundente, pirotécnica, casi videoclipera. El público pedía héroes imposibles, coreografías imposibles y una velocidad frenética que la película simplemente no posee.

El movimiento torpe de un tiempo que ya pasó

La torpeza que se aprecia en sus secuencias de acción no es tanto una falta de pericia técnica como una discordancia temporal. La película filma los conflictos con una gravedad seca, casi melancólica, como si aún creyera que el realismo callejero podía competir con la espectacularidad que ya impregnaba el género. Las persecuciones parecen rozar la artesanía cuando la audiencia exigía vértigo; los enfrentamientos cuerpo a cuerpo conservan una honestidad ruda, pero ya suenan a eco.

heat-1986-burt-reynolds-klsc-bluray-review-highdef-digest-3-1024x576 Acorralado en las vegas: un eco desfasado con brillo tardío

Esta desincronía se acentúa con el propio protagonista, un veterano de Vietnam que carga consigo el trauma bélico en un momento histórico donde ese arquetipo ya había sido absorbido, transformado y convertido en una caricatura hipermusculada. El film pretende reflexionar sobre su pasado, pero el público de 1986 pedía balas, sudor y frases lapidarias. El resultado es una disonancia que lo vuelve entrañable y, a la vez, incómodo.

Un brillo visual que sobrevive

Y sin embargo, pese a su desfase, Acorralado en las vegas posee un magnetismo que merece rescate. Su fotografía, teñida de ocres y neones, evoca un Las Vegas casi fantasmagórico: menos parque temático y más desierto urbano, donde los pecados brillan con una luz triste. La textura del film revela un rodaje aún enamorado de lo material: coches con peso real, calles con polvo real, heridas que parecen arder de verdad.

heat-usa-blu-ray-1986-1024x576 Acorralado en las vegas: un eco desfasado con brillo tardío

Ese pulso visual —tardío pero sincero— convierte a la película en un objeto arqueológico fascinante para quien busque comprender los pliegues del cine de acción antes de su gran explosión comercial. Allí, en cada plano que se toma su tiempo, en cada disparo que no abre fuegos artificiales, en cada silencio que acompaña la mirada perdida del protagonista, late el espíritu de un género que aún estaba definiéndose y que aquí sobrevive como fósil valioso.

Acorralado en las vegas: el eco que nunca logró alquilarse

Lo curioso —y en cierto modo, entrañable— es que la película fue, desde el minuto cero, el niño apartado del videoclub. Ese film de estantería que parecía diseñado en un despacho con la precisión comercial de un alquimista del VHS: título contundente, portada con armas, un protagonista con cicatrices, desierto, neón… Todo perfectamente calibrado para seducir a los fans que venían buscando la adrenalina del canon ochentero. Una carátula que prometía más de lo que la cinta podía dar; una máscara prestada para un rostro que no sabía mentir.

35422234 Acorralado en las vegas: un eco desfasado con brillo tardío

Y, sin embargo, no colaba. Por alguna razón invisible —como esas vibraciones que solo perciben los gatos y los cinéfilos con buen instinto— Acorralado en las vegas no engañaba al público. Bastaba un vistazo rápido, una lectura fugaz de la contraportada, un destello del fotograma impreso, para intuir que aquello no pertenecía al linaje de los héroes invencibles, sino a una generación anterior, más dolida, más lenta, más artesanal.

Era el primo tímido en la fiesta de Rambo II.

Entre el anacronismo y la nostalgia

No es una buena película en el sentido convencional: llega tarde, actúa tarde, piensa tarde. Pero su fracaso es precisamente lo que la vuelve interesante. Es el testimonio accidental de un mundo ya extinguido, un recordatorio de que el cine también envejece cuando el contexto se desplaza bajo sus pies.

7p49jW6e6diUbghblqecoKv8zIF-1024x576 Acorralado en las vegas: un eco desfasado con brillo tardío

Acorralado en las vegas es un viajero extraviado que nos mira desde un tiempo que ya no existe. Y aunque sus pasos sean torpes y sus golpes suenen apagados, hay en su anacronismo una belleza involuntaria: la de las obras que no se ajustaron a su época, pero que por ello mismo iluminan la frontera donde un género se despidió de su pasado para abrazar su futuro.

Puede que te hayas perdido esta película gratuita