Alex Gómez y el umbral invisible: cuando la ciencia escucha lo que no puede tocar
Hay relatos que se deslizan entre la razón y el misterio como una luz que no proyecta sombra. Así emerge la experiencia de Álex Gómez-Marín, físico teórico y neurocientífico, cuando evoca aquel instante en que su cuerpo estuvo al borde del colapso y, sin embargo, su conciencia pareció caminar por un territorio que ningún bisturí podría alcanzar. Lo que vivió —hiperreal, luminoso, irrebatible para él— no se dejó atrapar por la lógica clínica; se convirtió en una grieta por donde asomó la posibilidad de una presencia no física, de un Dios que quizá nos acompaña sin dejar huellas visibles.
Durante la operación de urgencia, mientras los médicos combatían una hemorragia que lo arrastraba hacia la frontera de la vida, Gómez-Marín sintió que su mente abandonaba la rigidez del cuerpo. Lo vio —o creyó verlo— en un pozo cuya salida brillaba como una promesa. Tres figuras lo aguardaban a contraluz, figuras sin forma definida pero cargadas de un significado que no pertenece al mundo material. Aquella ayuda silenciosa, tan cercana, parecía exigir atravesar un umbral sin retorno. Él, con una mezcla de temor y lucidez, pidió volver. Y volvió.

El científico no pretende demostrar la existencia de esas presencias. Sabe que no hay fotografía, ni electroencefalograma, ni fórmula que capture lo trascendente. Pero tampoco lo descarta. Su vivencia, más que prueba, es chispa: la intuición de que lo real puede ser más amplio que lo medible, que podría haber algo entre nosotros —Dios, espíritu, conciencia ampliada— acompañándonos sin manifestarse en materia, como un huésped que respira a nuestro ritmo sin dejar rastro en la habitación.
A partir de ese episodio, Gómez-Marín emprendió un viaje intelectual que lo condujo a formular una idea sugerente: quizá el cerebro no crea la conciencia, sino que permite su paso, como un vitral que deja entrar una luz que no es suya. Esta hipótesis del “cerebro permisivo” enlaza las experiencias cercanas a la muerte con otros fenómenos desconcertantes, como la lucidez terminal: esas súbitas recuperaciones de claridad que emergen en personas con demencias avanzadas, justo antes de despedirse definitivamente. ¿Y si la conciencia no se apaga, sino que se revela? ¿Y si lo que percibimos como límite es apenas una cortina translúcida?

Gómez-Marín no propone dogmas ni evangelios; propone preguntas. Defiende que la ciencia, cuando se vuelve valiente, avanza también sobre territorios inciertos, allí donde los datos tiemblan y el ser humano no cabe en una ecuación. Critica el cientifismo que descarta lo invisible solo porque no ha aprendido a medirlo. Y recuerda que la historia de la ciencia está repleta de verdades que primero fueron imposibles.
La reacción social, dice, es tan reveladora como las propias experiencias. A diario recibe mensajes de personas que vivieron algo parecido y que callaron durante años por miedo a la burla. Ese silencio, para él, es también parte del problema: un tabú que impide a la ciencia escuchar y comprender. No pide credulidad; pide dignidad para el misterio. Pide aceptar que, aunque no podamos demostrarlo físicamente, quizá no estamos tan solos como creemos.
Su libro La ciencia del último umbral no pretende cerrar preguntas, sino abrir ventanas. Habla de fracturas en la conciencia, de visiones que no caben en la anatomía, de la posibilidad de un Dios que no se deja tocar pero que podría estar allí, en la intermitencia de una respiración, en el borde de una cama de hospital, en la luz que no sabemos explicar.
Quizá —sugiere entre líneas— lo verdaderamente científico no sea negar lo invisible, sino atreverse a mirarlo. Y escuchar, en el silencio de esos límites, la vibración de una presencia que no se demuestra… pero se siente.



