Xbox con cara de Sega: cuando la caída no es la misma caída

Xbox y Sega: cuando la caída no es la misma caída

Hubo un tiempo en que comparar a Xbox con Sega habría parecido un disparate histórico, una analogía perezosa para foros nerviosos. Hoy, en cambio, la comparación se ha vuelto incómodamente precisa. No tanto por los números —que también— como por la sensación de final de ciclo, por ese ruido sordo que precede a los grandes repliegues industriales. Phil Spencer lo ha reconocido sin rodeos: sobre Xbox planea la sombra de Sega. Pero conviene afinar el foco, porque no todas las caídas son iguales, ni todas las derrotas tienen la misma dignidad.


Dreamcast: una derrota injusta

La salida de Sega del mercado de consolas en 2001 fue, ante todo, un accidente histórico. Un cúmulo de errores previos, una herencia maldita arrastrada desde Saturn, una guerra de marketing perdida antes de empezar y un contexto industrial ferozmente hostil. Pero nunca —y esto es crucial— fue una derrota creativa.

Dreamcast sigue poseyendo uno de los catálogos de exclusivos más audaces, influyentes y adelantados a su tiempo: Shenmue, Jet Set Radio, Crazy Taxi, Soul Calibur, Skies of Arcadia, Rez, Phantasy Star Online. Juegos que no pedían permiso, que no imitaban tendencias, que inventaban lenguajes. Sega cayó pese a hacer bien los videojuegos. Cayó por el mercado, por la distribución, por la desconfianza acumulada, por llegar demasiado pronto a un futuro que aún no quería ser habitado.

Dreamcast no murió por falta de ideas. Murió con ellas intactas.


Xbox: la caída desde el dinero infinito

El caso de Xbox es radicalmente distinto. No hay fatalidad externa, ni injusticia romántica. Hay algo más incómodo: una decadencia administrada desde la abundancia. Bajo el paraguas de uno de los imperios económicos más poderosos de la historia, Xbox no ha sido derrotada: se ha diluido.

Las cifras son el síntoma, no la causa. Las ventas de Xbox Series X|S han caído cerca de un 50% en Europa durante 2024. La cuota de mercado ronda un raquítico 12%. Grandes minoristas liquidan stock como si el hardware fuera ya un objeto transitorio, casi decorativo. Pero lo verdaderamente grave no está en los números, sino en la renuncia estratégica al alma del medio.

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De plataforma a distribuidora sin fe

Sega abandonó el hardware obligada por la ruina. Xbox, en cambio, abandona su identidad por decisión. La estrategia multiplataforma no es una traición puntual: es una filosofía. Forza Horizon 5, Indiana Jones and the Great Circle, Gears of War, Hi-Fi Rush, Sea of Thieves. La lista no deja de crecer. Phil Spencer lo ha dicho con una frialdad casi clínica: no hay líneas rojas.

Aquí el paralelismo con Sega se vuelve perverso. Sega se convirtió en third party porque no podía seguir. Xbox parece caminar hacia ese mismo lugar porque no cree que merezca seguir. No hay urgencia económica, sino cansancio ideológico. Game Pass como tótem, datos como religión, alcance como mantra. El videojuego reducido a contenido, la consola convertida en un estorbo romántico.


El error de confundir acceso con legado

Dreamcast fue breve, sí, pero dejó huella. Xbox, tras más de veinte años, corre el riesgo de dejar solo infraestructura. La obsesión por estar en todas partes ha vaciado de sentido el estar en algún sitio. Un ecosistema sin centro, sin liturgia, sin objeto de deseo. Sega perdió su hardware, pero conservó su prestigio creativo. Xbox corre el riesgo inverso: conservar el músculo financiero mientras desperdicia la memoria.


Dos finales, dos relatos

Sega cayó como caen los pioneros: demasiado pronto, demasiado sola, demasiado honesta. Xbox, si cae, lo hará de otra manera: por exceso de cálculo, por miedo al riesgo, por haber confundido la gestión con la visión. Dreamcast es hoy un mito porque representa lo que pudo ser. Xbox amenaza con convertirse en advertencia: lo que ocurre cuando el videojuego deja de importar incluso a quien lo produce.

La historia no se repite. Pero a veces rima. Y en esa rima, Sega suena a tragedia noble. Xbox, a oportunidad desperdiciada.

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