Una batalla tras otra: la parodia como síntoma y el ruido como emoción

Una batalla tras otra es una película que parece filmada desde un estado de alerta permanente. No avanza: tiembla. Y en ese temblor, en esa vibración constante entre el drama social y la caricatura histérica, reside su esencia más profunda… y también su límite.

Paul Thomas Anderson construye aquí una obra en conflicto consigo misma, una película que no decide —o no quiere decidir— si está denunciando el mundo contemporáneo o burlándose de él. El resultado no es una síntesis, sino una fricción constante: un cine que se observa discutir internamente plano a plano, escena a escena, gesto a gesto.

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La parodia como espejo roto del presente

La película parece mirar el presente político y emocional con una mezcla de fascinación y repulsión. Los extremos ideológicos —derecha e izquierda— aparecen convertidos en figuras grotescas, casi bufones trágicos, desprovistos de humanidad real. Anderson no toma partido: ridiculiza el mecanismo, no el color. Y en ese gesto, profundamente incómodo, la película se sitúa en un territorio extraño, poco transitado por el cine contemporáneo.

No es sátira pura, porque hay dolor.
No es drama político, porque hay exceso.
No es comedia, porque no hay alivio.

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Y quizá ahí esté el punto: no hay lugar cómodo desde el que observar.


Una música que no acompaña: invade

La banda sonora no subraya: asedia. Está presente casi sin interrupción, como un zumbido emocional que no permite descanso. No guía la emoción, la impone. Hay momentos en los que la música roza la saturación sensorial, llevando al espectador a un estado cercano al trance, o al agotamiento.

Es una decisión radical, pero también arriesgada: la música no deja espacio para que los personajes fluyan como ideas, ni para que el relato se asiente. Todo es urgencia, todo es intensidad, todo es ahora. Y en ese “todo”, algo se diluye.

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Imágenes que prometen eternidad… y se vuelven presente

Visualmente, Una batalla tras otras es una obra desigual, pero con destellos memorables. El inicio —grano visible, atardecer, planos secuencia que parecen suspendidos en el tiempo— tiene una cualidad casi hipnótica, como si Anderson quisiera recordarnos un cine físico, artesanal, aún conectado a la materia.

Después, la película cae en una visualidad más cotidiana, más digital, más funcional. Correcta, pero sin misterio. Hasta que llega la gran excepción: la persecución de los tres coches en el desierto. Ahí, Anderson demuestra por qué sigue siendo uno de los grandes arquitectos del lenguaje cinematográfico. Montaje, ritmo, composición y espacio se alinean para construir una secuencia que no solo impacta: marca. Es cine puro, sin discurso, sin ironía, sin consigna.

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Ese momento parece venir de otra película. De una mejor. O de la misma, en su versión más honesta.


Memes, no mitos

Y sin embargo, pese a su ambición, Una batalla tras otras no logra calar en lo más profundo. Sus personajes no se incrustan en la psique del espectador: se consumen como imágenes virales, como fragmentos brillantes que se comparten, se comentan y se olvidan. Hay frases memorables, escenas potentes, ideas provocadoras… pero no hay herida.

La película impacta rápido, con inteligencia y oficio, pero no deja poso. No se convierte en mito, sino en síntoma. No en clásico, sino en documento emocional de su tiempo.


Una obra necesaria… pero no eterna

Quizá Una batalla tras otras sea una de las mejores películas del año, pero más por la escasez de obras verdaderamente arriesgadas que por su condición de obra maestra. Es cine artesanal en un mundo de productos, sí. Pero también es cine que quiere decir demasiado, demasiado rápido, demasiado alto.

Una película que lucha contra el ruido del mundo usando más ruido.
Una parodia que quiere denunciar, pero acaba reflejando.
Un gesto poderoso que impacta… y se desvanece.

No permanece. Pero incomoda.
Y en estos tiempos, quizá eso ya sea una forma de victoria.

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