El arte de gustar a todos: una lección de Spielberg contra el prejuicio del cine de masas

Hay una idea que recorre la historia del cine como un rumor incómodo, casi vergonzante: que gustar al público es fácil, que emocionar a millones es un truco menor, un atajo comercial, una concesión al paladar simple de la multitud. Frente a esa sospecha, Steven Spielberg lleva medio siglo levantando una filmografía que funciona como una enmienda a la totalidad.

Hacer cine que guste a todos —a niños, adultos, cinéfilos, espectadores ocasionales, a quien entra en la sala buscando asombro y a quien solo quiere dejarse llevar— no es un acto de pereza creativa. Es, probablemente, uno de los ejercicios artísticos más complejos que existen. Y, sin embargo, durante décadas, el cine de masas ha sido tratado como un pariente incómodo en la mesa de la alta cultura: se le disfruta en secreto, pero se le niega prestigio en público.

La paradoja es deliciosa y cruel. El espectador medio, educado por años de discurso crítico, aprende a desconfiar de su propio placer. Se le enseña que lo inteligente es admirar el cine “serio”, el de arte y ensayo, el que exige silencio reverencial y cejas fruncidas. Mientras tanto, las películas que le hicieron amar el cine —las que recuerda con el cuerpo, no solo con la cabeza— son relegadas a un rincón culpable de la memoria. Gustan, sí, pero “no cuentan”.

Spielberg dinamita esa falsa jerarquía desde dentro.

Dirigir desde la butaca

Hace quince años, durante la producción de Acero puro, Spielberg le regaló a Shawn Levy una frase que suena sencilla, casi doméstica, pero que encierra una ética completa del cine: “Dirige como si estuvieras entre el público”. No como un autor que se contempla al espejo, no como un estratega de mercado, sino como alguien sentado en la oscuridad, dispuesto a emocionarse, a reír, a tensarse, a creer.

Levy confiesa que nunca lo olvidó. Y no es casual que su cine —de Stranger Things a Free Guy— esté atravesado por esa voluntad de conexión directa, casi física, con el espectador. Spielberg no filma desde el pedestal del genio, sino desde la humildad del espectador privilegiado: alguien que sabe exactamente cuándo una escena debe acelerar el pulso y cuándo conviene dejar espacio al silencio.

Ese gesto, tan poco valorado por cierta crítica, es profundamente artístico. Porque ponerse en la piel del público no implica rebajarse; implica comprender. Entender cómo funciona la emoción colectiva, cómo se comparte el miedo, la ternura, la aventura. Tiburón, E. T., Jurassic Park o Indiana Jones no son éxitos pese a su sensibilidad; lo son gracias a ella.

El desprecio aprendido

El problema no es solo crítico, sino cultural. Durante años se ha construido una falsa oposición entre cine popular y cine “importante”, como si uno cancelara al otro. Esa dicotomía ha generado un efecto perverso: el público aprende a despreciar aquello que más intensamente ama. A decir en voz alta que lo valioso es lo difícil, mientras en privado vuelve, una y otra vez, a las películas que le enseñaron a soñar.

Spielberg, en cambio, ha demostrado que no hay contradicción entre emocionar a las masas y filmar desde una mirada personal. La lista de Schindler o Los Fabelman conviven en su obra con dinosaurios, extraterrestres y arqueólogos sin perder dignidad ni profundidad. Porque el verdadero hilo conductor no es el género, sino la empatía.

El verdadero riesgo

Llevar a millones de personas al cine —y, más aún, llevarlas juntas, de todas las edades— es un acto de riesgo creativo enorme. Exige precisión narrativa, inteligencia emocional y una comprensión casi musical del ritmo y el tono. No basta con efectos ni fórmulas: hace falta oído para el latido común.

Quizá por eso el cine de masas incomoda tanto a cierta élite cultural. Porque revela una verdad incómoda: conectar de verdad con el público no es fácil, ni vulgar, ni automático. Es una forma de arte mayor, aunque se disfrace de entretenimiento.

Spielberg lo entendió hace décadas y lo transmitió como quien pasa una antorcha. Dirigir desde la butaca, pensar desde el espectador, confiar en la emoción compartida. En tiempos de cinismo y algoritmos, esa lección suena casi revolucionaria. Y, paradójicamente, más necesaria que nunca.

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