1987, epicentro de los 80s y el verano en que Hollywood ardió

Quizá exageremos —y bendita exageración cuando se habla de cine—, pero hay veranos que no se repiten. Y el de 1987 fue algo más que una sucesión de estrenos: fue un estallido mitológico. Si los años treinta fueron aprendizaje industrial, los cuarenta y cincuenta el esplendor del clasicismo, los sesenta la grieta del sistema y los setenta la reinvención moderna, los ochenta fueron otra cosa: la consagración del espectáculo como religión popular y, a la vez, el paraíso secreto del culto doméstico, del videoclub, del póster en la pared adolescente.

Y en esa década exuberante, julio de 1987 se alza como epicentro sísmico. Un mes que parece diseñado por un programador ebrio de pólvora y celuloide.

El pistoletazo lo daba Aventuras en la gran ciudad (Adventures in Babysitting), debut como director de Chris Columbus, guionista ya curtido en el imaginario juvenil tras Gremlins y Los Goonies. Con Elisabeth Shue al frente, la película se convertiría en piedra angular de la comedia de aventuras adolescentes: una odisea nocturna donde la ciudad se transformaba en jungla eléctrica.

Apenas unos días después llegaba Innerspace (El chip prodigioso), producida bajo el amparo spielbergiano y dirigida por Joe Dante. Miniaturización, humor, vértigo tecnológico: Dennis Quaid, Martin Short y Meg Ryan componían una fantasía que hoy destila la inocencia lúdica de aquella era.

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La segunda semana elevó la temperatura con dos extremos tonales: la irreverencia universitaria de Revenge of the Nerds II: Nerds in Paradise y la brutalidad quirúrgica de Full Metal Jacket o La chaqueta Metálica, donde Stanley Kubrick cinceló una de las visiones bélicas más implacables del siglo. De la caricatura estudiantil al infierno de Vietnam en cuestión de días: así latía aquel calendario.

Y entonces llegó el terremoto.

Primero, el delirio tardío de Jaws: The Revenge, síntoma de una década que canonizó la secuela como dogma industrial. Pero la verdadera detonación fue RoboCop, de Paul Verhoeven. Satírica, violenta, profética. Una ópera de acero que convirtió la distopía corporativa en espectáculo popular y que, casi cuatro décadas después, sigue oliendo a futuro. Y una joya del cine en todos los sentidos también se estrenó en estas fechas, Los intocables de Eliot Ness (The Untouchables)

La resaca no dio tregua: Superman IV: The Quest for Peace asomaba como aviso de que no todas las continuaciones estaban tocadas por la gracia. Mientras tanto, La Bamba transformaba la biografía de Ritchie Valens en fenómeno global, y Summer School confirmaba que el verano era también territorio de comedia luminosa. Y por supuesto Dirty dancing para que no todo fueran tiros.

El corazón juvenil latía con fuerza gracias a Stand by Me (Cuenta conmigo), que seguía extendiendo su eco emocional en salas, y la incombustible Police Academy 4: Citizens on Patrol (Loca academis de policía 4). Y cuando parecía que el mes había agotado su pólvora, irrumpía The Lost Boys (Jóvenes ocultos), dirigida por Joel Schumacher: vampiros, rock y adolescencia eterna. El broche lo ponía The Living Daylights, debut de Timothy Dalton como James Bond, renovando la elegancia letal del espionaje británico.

Pero el verano no fue solo julio. Junio había calentado motores con Sixteen Candles (16 velas), icono generacional con Molly Ringwald, y con el terror pop de A Nightmare on Elm Street 3: Dream Warriors, donde Freddy Krueger afilaba sus cuchillas oníricas.

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Y agosto… agosto fue dinamita pura. Lethal Weapon (Arma Letal), de Richard Donner, redefinió la buddy movie con Mel Gibson al borde del abismo. Predator (Depredador), de John McTiernan, convirtió la jungla en templo del músculo y la cacería cósmica con Arnold Schwarzenegger. Y Beverly Hills Cop II (Superdetective en Hollywood 2), bajo la mirada estilizada de Tony Scott, consolidó el carisma de Eddie Murphy como oro taquillero.

¿Fue el mejor verano de la historia? Quizá esa pregunta sea irrelevante. Lo que sí fue, sin duda, es un momento en que el cine comercial alcanzó una alquimia improbable: músculo y melancolía, sátira y espectáculo, riesgo y entretenimiento masivo. Un verano donde cada viernes parecía inaugurar un mito.

Y eso, en tiempos de estrenos fragmentados y algoritmos prudentes, suena casi a leyenda.

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