La mujer explosiva: fantasía, exceso y libertad en la era John Hughes
Crítica videoclub ‘La mujer explosiva’ (1985) | Otra obra maestra del cine de culto de los 80
Dos adolescentes inadaptados, invisibles en los pasillos de su instituto, deciden desafiar su mediocridad social con un gesto casi alquímico: crear por ordenador a la mujer perfecta. De ese experimento nace una criatura deslumbrante y caprichosa, capaz de alterar la realidad y de convertir una casa suburbana en escenario de iniciación sentimental, megafiestas descontroladas y asaltos dignos de un delirio posapocalíptico con ecos de Mad Max. Ese es el punto de partida de La mujer explosiva, una premisa que hoy parecería imposible en una industria atenazada por el realismo impostado y la prudencia corporativa.
En 1985, John Hughes firmó en un mismo impulso creativo esta fantasía desatada y El club de los cinco. No era un estilista virtuoso ni un innovador formal; su talento residía en algo más escurridizo: la capacidad de capturar la adolescencia como territorio donde lo cotidiano y lo imposible conviven sin fricción. En su cine, el surrealismo no irrumpe: se integra. Lo extravagante se vuelve verosímil porque nace del deseo juvenil, esa energía que no entiende de límites ni de verosimilitudes.

La mujer explosiva quizá no sea su obra más afinada, pero sí la más desatada, la más inequívocamente ochentera y, con el paso del tiempo, la que mejor ha cristalizado como pieza de culto. Hughes convierte en relato cinematográfico una fantasía universal: materializar el ideal adolescente y dejar que ese ideal actúe como catalizador del crecimiento emocional.
La presencia de Kelly LeBrock fue decisiva. Su personaje no es solo objeto de deseo; es motor narrativo, figura mitológica que guía a los protagonistas hacia una madurez abrupta. A su alrededor orbitan un eficaz Anthony Michael Hall, heredero natural del arquetipo hughesiano, y secundarios hoy legendarios como Bill Paxton o Robert Downey Jr., entonces apenas promesas.

Durante años, la película fue catalogada como simple comedia juvenil de videoclub, cinta de alquiler envuelta en plástico y polvo. Sin embargo, vista desde la distancia, revela algo más significativo: una defensa sin complejos de la libertad creativa. No busca moralizar ni ajustarse a una sensibilidad concreta; se permite el exceso, la incorrección y el disparate. Es cine que se atreve a ser desmesurado, incluso irresponsable, porque entiende la ficción como laboratorio de deseos.
Su importancia histórica no radica en la perfección técnica ni en una sofisticación estética deslumbrante, sino en su concepción del cine como espacio de juego sin red. La mujer explosiva es un caballo desbocado que atraviesa los suburbios estadounidenses con una sonrisa insolente, recordando que el séptimo arte también puede ser impulso, fantasía y atrevimiento.

Hoy, más que una reliquia nostálgica, se percibe como testimonio de una época en la que la imaginación adolescente podía gobernar el relato sin pedir permiso. Y tal vez ahí resida su verdadero lugar en la historia: no como simple comedia generacional, sino como celebración radical del poder de imaginar sin miedo.



