osiris Linda Hamilton

Aliens vs. Comandos (2025): cuando la serie B todavía tiene pulso

Hubo un tiempo en el que entrar en un videoclub era una aventura que comenzaba mucho antes de introducir una cinta en el reproductor. El simple hecho de recorrer aquellas estanterías repletas de carátulas imposibles formaba parte de la experiencia. Había monstruos que parecían escapados de una pesadilla industrial, soldados espaciales armados hasta los dientes, laboratorios secretos, ciudades futuristas, mutantes, invasiones extraterrestres y toda clase de promesas visuales que apelaban directamente a la imaginación. Uno elegía una película guiándose únicamente por una ilustración sugerente, una sinopsis delirante o el prestigio secreto que determinadas producciones acumulaban entre aficionados al fantástico y la ciencia ficción. A veces aparecía una obra olvidable, pero otras surgían películas como La cosa, Terminator, Re-Animator, Depredador o decenas de títulos menos prestigiosos que poseían una virtud cada vez más difícil de encontrar: la capacidad de sorprender visualmente al espectador.

Aquellas producciones podían ser más o menos inteligentes, más o menos refinadas desde un punto de vista narrativo, pero compartían una característica fundamental. Creían en la fisicidad de las imágenes. Creían en decorados construidos, criaturas maquilladas, miniaturas, explosiones reales, prótesis mecánicas y efectos especiales cuya mera existencia despertaba admiración porque uno intuía el enorme trabajo artesanal oculto detrás de cada plano. Incluso cuando el resultado no era perfecto, existía una sensación de autenticidad que convertía aquellos universos en lugares tangibles. El espectador no contemplaba únicamente una historia; contemplaba también el esfuerzo casi artesanal de un grupo de personas intentando hacer posible lo imposible.

La desaparición progresiva de aquella tradición constituye una de las mayores tragedias silenciosas del cine de género contemporáneo. Hoy resulta relativamente sencillo encontrar centenares de películas de bajo presupuesto escondidas en los catálogos de las plataformas, pero basta dedicar unos minutos a navegar entre ellas para comprobar que la mayoría parecen construidas mediante el mismo procedimiento industrial. Fondos digitales, criaturas digitales, explosiones digitales, sangre digital y una puesta en escena incapaz de generar la menor ilusión de realidad física. Son producciones que envejecen antes incluso de terminar porque carecen de textura, de peso y de presencia material. Más que películas parecen demostraciones apresuradas de software.

Aliens vs. Comandos (2025)

Por eso resulta tan inesperado encontrarse con una rareza como Aliens vs. Comandos. No porque estemos ante una gran película, ni siquiera porque pueda considerarse una obra especialmente lograda dentro de los parámetros tradicionales del cine fantástico. De hecho, cualquier análisis mínimamente riguroso obliga a reconocer que su guion es desastroso. Los personajes poseen la profundidad psicológica de una pantalla de carga, los diálogos parecen escritos durante una sesión particularmente intensa de Call of Duty y numerosas decisiones argumentales desafían cualquier principio elemental de lógica narrativa. La película avanza constantemente mediante impulsos primarios, como si la única preocupación de sus responsables consistiera en trasladar a los protagonistas desde una secuencia de acción hasta la siguiente sin detenerse demasiado a justificar el trayecto.

Y sin embargo, sucede algo curioso. A pesar de todos esos defectos, la película consigue despertar simpatía.

La razón tiene menos relación con lo que cuenta que con la manera en que decide mostrarlo. Mientras buena parte de la serie B actual intenta ocultar sus limitaciones económicas detrás de capas interminables de efectos digitales, Aliens vs. Comandos adopta una decisión mucho más inteligente: abrazar la materialidad. Sus criaturas ocupan espacio físico. Sus decorados parecen construidos para ser recorridos por los actores. Sus escenarios poseen profundidad, suciedad, volumen y textura. Hay una voluntad evidente de recuperar esa tradición del fantástico industrial donde los monstruos no eran archivos informáticos sino presencias capaces de compartir encuadre con los intérpretes.

Lo fascinante es que la película parece construida a partir de una colección de obsesiones culturales perfectamente reconocibles para cualquier aficionado al género. Resulta imposible no pensar en Aliens: El regreso cuando observamos a estos soldados enfrentándose a amenazas biológicas dentro de corredores metálicos. Resulta igualmente inevitable recordar Halo o Gears of War en la construcción visual de sus guerreros o alienígenas y en la forma de entender el combate como una mezcla de heroísmo militar y supervivencia desesperada. Incluso aparecen ecos de Cube, de Terminator y de buena parte de aquella ciencia ficción muscular que dominó los años ochenta y noventa. La presencia de Linda Hamilton termina de reforzar esa sensación de estar contemplando una película realizada por personas que crecieron amando precisamente ese tipo de cine.

Aliens vs. Comandos (2025)

Naturalmente, la acumulación de influencias impide que la obra alcance una identidad verdaderamente propia. Aliens vs. Comandos no inventa nada. Ni redefine los códigos del género. Ni ofrece reflexiones especialmente profundas sobre los temas que aborda. Su imaginación narrativa funciona esencialmente como una gigantesca operación de reciclaje donde elementos procedentes de distintas franquicias son reorganizados para construir una nueva aventura. Sin embargo, existe una diferencia importante entre copiar por oportunismo y copiar por admiración. Aquí se percibe constantemente una fascinación sincera hacia el material que sirve de inspiración.

Quizá por eso la película termina resultando más agradable que muchas superproducciones infinitamente mejor escritas. En una época donde incluso grandes estudios parecen avergonzarse del cine de monstruos, de la ciencia ficción militar o de la serie B fantástica, encontrarse con una producción que todavía cree en criaturas físicas, escenarios tangibles y acción construida mediante recursos cinematográficos tradicionales produce una satisfacción difícil de explicar. Es una sensación parecida a descubrir una vieja cinta olvidada en una estantería polvorienta del videoclub y comprobar que, pese a todos sus defectos, todavía conserva algo que el cine contemporáneo ha perdido por el camino.

No hablamos de una buena película. Conviene insistir en ello. Su escritura es torpe, sus personajes son rudimentarios y sus conflictos dramáticos apenas poseen desarrollo. Pero también es cierto que contiene algo mucho más escaso que una estructura narrativa impecable: contiene corazón. Corazón de serie B. Corazón de aficionados al fantástico. Corazón de cineastas que todavía creen que una criatura fabricada con materiales reales puede resultar más fascinante que cien monstruos generados por ordenador.

Y en este paisaje contemporáneo dominado por productos intercambiables, algoritmos de consumo y efectos digitales que parecen diseñados para ser olvidados al instante, esa honestidad posee un valor considerable. Lo suficiente, al menos, para que una película tan irregular como Aliens vs. Comandos merezca un espacio en una web que todavía siente afecto por aquel viejo cine de género que convertía cada visita al videoclub en una expedición hacia lo desconocido.

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