Cien años de luz en movimiento: películas de 1926 que hay que ver hoy
Películas de 1926 que hay que ver hoy
El cine cumple cien años todos los días, pero solo algunos años merecen una reverencia especial. 1926 es uno de ellos: una encrucijada donde la comedia física alcanzó su forma más pura, la vanguardia se permitió el delirio, el melodrama encontró nuevas máscaras y el cine mudo tocó, en varios frentes a la vez, su cima expresiva. Estas películas celebran ahora su centenario y siguen pidiendo algo muy simple: ser vistas. Mejor aún, ser redescubiertas.
Cada una de las siguientes obras puede incrustarse íntegra desde YouTube, como si el tiempo hubiera decidido, por una vez, colaborar con nosotros.
El maquinista de la General
Buster Keaton y Clyde Bruckman
Pocas veces la acción ha sido tan precisa, tan peligrosa y tan silenciosa. Keaton convierte una persecución ferroviaria en un tratado definitivo sobre el gag en plano general, el espacio como campo de batalla cómico y el cuerpo humano como engranaje narrativo. El fracaso comercial de la película fue una tragedia industrial; su posteridad, una victoria absoluta del cine como mecanismo perfecto.
Fausto
F. W. Murnau
Si el cine aspira a ser una suma de todas las artes, Fausto es su catedral. Murnau reescribe el mito desde Goethe, Marlowe, el expresionismo teatral y una imaginería visual que aún hoy parece imposible. Emil Jannings muta, se descompone, se vuelve demonio y carne. La luz no ilumina: esculpe. Alemania se despide de uno de sus grandes cineastas con una obra que parece levantada a base de sombras y prodigios técnicos.
Ménilmontant
Dimitri Kirsanoff
Un crimen sin explicación abre una de las experiencias más ásperas y conmovedoras del cine mudo. Sin intertítulos, sin consuelo narrativo, Kirsanoff confía todo al rostro de Nadia Sibirskaïa y a la textura emocional de un París frío, hostil, humano. Primeros planos que no describen: atraviesan. Un manifiesto íntimo sobre el dolor y la supervivencia.
A Page of Madness
Teinosuke Kinugasa
Durante décadas fue un fantasma. Cuando reapareció, reveló un cine japonés adelantado a su tiempo: vanguardia, locura, asilo mental y una imaginería que dialoga con el expresionismo europeo sin perder identidad propia. Sin intertítulos, con un montaje febril, la película convierte la mente en escenario y el delirio en gramática.
La sexta parte del mundo
Dziga Vertov
Viaje, poema, proclama política y experimento formal. Vertov concibe la cámara como un ojo absoluto que atraviesa la Unión Soviética y devuelve imágenes cargadas de ritmo, orgullo y energía colectiva. No hay relato clásico: hay movimiento, choque, exaltación. El cine entendido como materia pura, como lenguaje autónomo.
La locura del charlestón
Ernst Lubitsch
Antes de refinar el sonido, Lubitsch ya dominaba el arte de la insinuación. Ventanas, miradas cruzadas, silencios cómplices y una sensualidad ligera, casi irresponsable. Aquí nace el famoso “toque Lubitsch”: el placer de sugerir más de lo que se muestra, el humor como coreografía social.
La madre
Vsevolod Pudovkin
Adaptando a Gorki, Pudovkin encuentra en el rostro humano el verdadero campo de batalla ideológico. Cada primer plano es una herida, cada gesto una toma de posición. Mientras Hollywood ensayaba el sonido, el cine soviético demostraba que la imagen, por sí sola, podía ser ensordecedora.
Flor del desierto
Henry King
El western como romance épico y conquista visual del paisaje. Samuel Goldwyn puso los medios; Henry King encontró la emoción. El resultado es una superproducción donde la épica no aplasta la intimidad y el horizonte se convierte en promesa narrativa.
El demonio y la carne
Clarence Brown
Greta Garbo deja atrás la inocencia y se convierte en fuerza telúrica. Sombras, lluvia, deseo y un triángulo amoroso abrasador. La cámara aprende a amar un rostro, y el cine descubre que la pasión también puede ser arquitectura visual.
La novia de Glomdal
Carl Theodor Dreyer
El Dreyer más sereno y pastoral. El conflicto amoroso importa, sí, pero importa más el entorno, la vida cotidiana, los gestos mínimos. Un cine donde lo eterno se esconde en lo aparentemente sencillo: un beso robado, un caballo cruzando el río.
La mujer marcada
Victor Sjöström
Lillian Gish reinventa su imagen en esta adaptación de La letra escarlata. El puritanismo se convierte en tragedia íntima y el gesto mínimo adquiere una fuerza devastadora. El cine nórdico demuestra, una vez más, su maestría para convertir la moral en drama visual.
El capote
Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg
Gógol filtrado por el expresionismo soviético. Asfixia, burocracia, pesadilla urbana. El maquillaje, el decorado y la elipsis crean uno de los universos más inquietantes del cine de los años veinte, donde la risa y la angustia comparten habitación.
¡Ay, mi madre!
Sam Taylor
Harold Lloyd demuestra que el héroe cómico no necesita sofisticación extrema, sino corazón y riesgo. Su comedia es un elogio del perdedor que escala, tropieza y vence. El humor como victoria social y física.
Nana
Jean Renoir
Exceso, teatralidad y un despliegue visual que transforma la novela de Zola en un espectáculo sensorial. Renoir construye mundo y fuera de campo, mientras Catherine Hessling convierte cada gesto en acontecimiento.
Michel Strogoff
Viktor Tourjansky
Aventura total. Tres horas de épica, miles de extras, paisajes desbordantes y un Ivan Mosjoukine magnético. Julio Verne llevado al límite de la superproducción europea, con una ambición que hoy resulta casi inconcebible.
Animación y vanguardia: Las aventuras del príncipe Achmed
Lotte Reiniger
El largometraje de animación más antiguo que conservamos es también una obra de artesanía pura. Siluetas recortadas, movimiento hipnótico y una imaginación sin precedentes. Mientras otros experimentaban con formas abstractas, Reiniger construyó un mundo entero fotograma a fotograma.
Epílogo
Ver cine de 1926 no es un ejercicio arqueológico: es una lección de libertad creativa. Estas películas cumplen cien años, sí, pero siguen siendo modernas, arriesgadas y, sobre todo, insustituibles. El tiempo no las ha domesticado. Y esa es, quizá, su mayor victoria.



