Cine gratis: ‘100 rifles’: el desnudo como pólvora en la frontera
Hay películas que avanzan como caravanas bajo el sol, polvorientas y tercas, dejando tras de sí el aroma de un tiempo que ya no existe. 100 rifles (Tom Gries, 1969) pertenece a esa estirpe: un western crepuscular que coquetea con la modernidad, un relato mestizo donde la épica revolucionaria se mezcla con el sudor, el polvo y un erotismo rebelde que, más que ornamento, es una declaración de principios.
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En apariencia, la película sigue un rastro simple: un forajido mestizo, un sheriff determinado y una mujer insurgente que busca pólvora para un pueblo que ya huele a injusticia. Pero apenas arañamos la superficie, descubrimos que 100 rifles late con el pulso de un tiempo en transformación. Es 1969: el western tradicional se desvanece, la América convulsa se agita en la taquilla, y el cine busca nuevas pieles donde inscribirse.
La selva cálida del cuerpo: Raquel Welch y el erotismo como fuerza narrativa
El cine de finales de los sesenta comenzaba a comprender que el cuerpo podía ser un manifiesto ideológico. En 100 rifles, Raquel Welch —en su papel de Sarita— no es únicamente una presencia luminosa: es un vector dramático. Su sensualidad no flota en el aire como un capricho del estudio; actúa como una brújula emocional que orienta los movimientos del sheriff interpretado por Jim Brown y la ambigüedad moral del personaje de Burt Reynolds.

Welch emerge como emanación de la tierra misma, una figura de resistencia cuya belleza física no es un accesorio, sino un arma. Su piel bronceada —casi un estandarte— simboliza un mestizaje político y visual: entre la tradición hollywoodiense que la había convertido en mito y el nuevo cine que reclamaba cuerpos sudorosos, vulnerables, reales. El famoso baño en la tinaja, donde la cámara la abraza con una devoción casi pictórica, no es un instante gratuito: es el punto exacto donde el deseo se convierte en geografía narrativa. La escena abre el territorio del film a una temperatura distinta, cálida, casi febril, que determina cómo percibimos las alianzas, los silencios, los recelos.

La sensualidad de Welch se vuelve así un lenguaje: indica, provoca, incomoda, desplaza. Y, lo que resulta más interesante, contamina al resto de personajes. Jim Brown, con su presencia hercúlea y su carisma hierático, orbita alrededor de ese magnetismo sin perder su centro de gravedad moral. Burt Reynolds, por otro lado, interpreta a Yaqui Joe desde un atractivo más felino, canalla, como si su cuerpo también cargara una vibración peligrosa. El triángulo no se forma, pero el aire se llena de electricidad.
Erotismo como frontera política
La sensualidad del film no brota en un vacío: nace en un territorio marcado por el conflicto racial, la opresión y el colonialismo. El roce de un brazo, el sudor en las sienes o un gesto demorado funcionan casi como actos políticos dentro del relato. Ver a una mujer indígena, insurrecta y erótica en un western hollywoodiense de 1969 es, en sí mismo, un golpe a la iconografía blanca que había dominado el género.

Tom Gries, sin ser un cineasta especialmente radical, entiende que la revolución no solo se narra a caballo y disparos: también se gesta en miradas, en la exhibición orgullosa del cuerpo, en la reapropiación del deseo. Por eso, cada escena donde la sensualidad se vuelve evidente respira al mismo tiempo peligro y liberación. Como si los cuerpos dijeran aquello que los personajes no pueden formular en voz alta.
Otro calor: cuerpos secundarios y energía colectiva
Aunque Welch domina el imaginario del film, el erotismo no se reduce a ella. El reparto entero parece modelado bajo una sensibilidad que mezcla violencia y deseo. Jim Brown irradia una masculinidad seca, casi mineral; Reynolds juega la carta del pícaro fronterizo; incluso los cuerpos secundarios —indígenas, soldados, campesinos— laten con una fisicidad intensificada, propia del cine de aquel final de década donde lo táctil ganaba terreno a lo icónico.

La película, en suma, no oculta su apetito sensorial. Se deleita en los músculos tensos, en los torsos desnudos, en los contrastes de piel bajo el sol de un México mítico. Esto genera una corriente subterránea que acompaña a la trama revolucionaria, elevando la experiencia del film hacia un terreno más carnal, más primitivo, más honesto.
Un western que despierta sed
100 rifles puede no ser un hito absoluto del género, pero se alza como un testimonio fascinante de la mutación cinematográfica de su época. Es un western que no teme a los cuerpos, que no teme al deseo y que convierte su sensualidad en un motor dramático, político y estético. Su calor —a veces turbio, a veces liberador— impregna cada decisión narrativa, desde la puesta en escena hasta la construcción de personajes.
Revisitarla hoy es volver a un mundo donde la revolución podía expresarse también en un gesto húmedo, en un destello de piel o en una mirada que, sin decirlo, proclamaba que la libertad empieza —y a veces termina— en el cuerpo. En ese territorio ardiente, 100 rifles extiende su reinado: un film donde la pólvora y el deseo forman, al fin, la misma llama.

