Cold storage (2026): el retorno gloriosamente sucio del espíritu gamberro
Hay años —raros, casi milagrosos— en los que el cine decide sacudirse el corsé del prestigio y recordar que también nació del barro, del víscerasco gozo de ensuciar la pantalla, del humor macabro que late en los márgenes del género. Cold storage (2026) llega con esa vocación insolente, como si hubiera atravesado un portal temporal desde un videoclub de los ochenta para irrumpir en 2026 con la frescura de una travesura adolescente y el descaro jubiloso del mejor terror irreverente.

Con su estreno anticipado como “la primera película trash del año”, la obra abraza su condición sin el menor pudor: es una comedia gore que se regodea en lo absurdo, un carnaval viscoso que mezcla chistes crueles, criaturas imposibles y explosiones de maquillaje artesanal. Y, al hacerlo, se alinea sin rubor con el linaje incandescente de Terroríficamente muertos y El ejército de las tinieblas, como si Sam Raimi hubiera enviado una bendición secreta desde algún lugar entre el caos y el celuloide.
Un homenaje que no pide permiso
Cold storage no imita: resucita una actitud. Esa forma de mirar el terror como un parque de atracciones delirante, donde las normas se derriten igual que la piel de sus criaturas, y donde cada gag visual se transforma en un fogonazo de creatividad gore. Es cine que sabe exactamente lo que es: una gamberrada rodante, un artefacto que celebra el exceso sin buscar excusas, un abrazo a las series B que marcaban adolescencias a golpe de tripa, sangre y carcajada.

La premisa —tan absurda que solo puede funcionar maravillosamente— envuelve a un grupo de inadaptados que descubren un almacén frigorífico donde algo vivo (o muy muerto, o muy intermedio) despierta y convierte la noche en una ópera grotesca de desmembramientos, mutaciones y humor negrísimo. Lo importante no es el qué, sino el cómo: la película lo cuenta todo con una chispa juguetona, casi musical, como si los propios monstruos se rieran de su destino pegajoso.
La estética de lo cutre como acto de amor
Hay en Cold storage un gusto artesano por lo imperfecto, por lo que se nota hecho con más entusiasmo que presupuesto. Latex, sangre falsa, animatrónicos que crujen, fondos pintados con la audacia luminosa de la imaginación. Ese espíritu táctil, esa alegría de mancharse las manos, brinda a la película una textura que la separa del terror digitalizado de nuestro tiempo. Aquí lo que importa es que lo grotesco sea palpable, que huela a goma quemada y a truco de taller nocturno.
La dirección opta por un ritmo frenético, casi histérico, que recuerda al slapstick más descompuesto: cuerpos volando de forma improbable, cabezas que hablan más de la cuenta, y personajes que, en lugar de sentir miedo, reaccionan con un sarcasmo que se convierte en la gran música interna del film.

Humor como resistencia
El humor —negro, burlesco, descabellado— es la brújula que guía la experiencia. No se trata de parodia, sino de una ironía afilada que sabe que el terror y la risa son primos hermanos. En cada grito hay un chiste escondido, en cada mutilación un comentario malintencionado, en cada monstruo un golpe cómico que desactiva la seriedad para devolvernos al placer primigenio del género.
Esa irreverencia convierte a la película en un pequeño manifiesto: defender que el cine de terror puede seguir siendo esencialmente libre, sucio, salvaje; que aún puede reírse de sí mismo sin transformarse en autoparodia vacía; que lo absurdo, cuando se abraza con convicción, tiene la fuerza de lo auténtico.
Un futuro que mira al pasado para inventarse de nuevo
Cold storage se alza como la punta de lanza de un posible renacimiento del trash, un recordatorio de que el género todavía puede ser una fiesta sangrienta y alegre, ajena a las exigencias del prestigio y la corrección. En tiempos donde la estética digital amenaza con uniformar el terror, esta película opta por la vía más improbable y luminosa: recuperar el alma cutre, juguetona y radical de las viejas cintas de video-club.
El resultado es una experiencia que huele a celuloide sudado, a risas nerviosas, a noches de pizza y manta, a esa energía preadulta que hacía del terror una celebración compartida.
Cold storage no aspira a ser elegante. Aspira a ser inolvidable. Y en su festín de vísceras poéticas y humor desafiante, lo consigue con creces.



