Disney+, la IA y su camino directo a la mierda
Disney+ y la brújula rota del porvenir
En un tiempo en que las grandes corporaciones se disputan el porvenir del espíritu humano como si fuese una feria de baratijas, Disney parece haber encontrado una nueva fórmula para adorar a su único dios verdadero: el inversor. No se trata ya de custodiar el fuego sagrado del cine ni de honrar esa tradición que alumbró a generaciones enteras; se trata, más bien, de fabricar juguetes desechables que mantengan a la audiencia enganchada a un bucle eterno de estímulos. Y para ello, la compañía ha descubierto una herramienta perfecta: la creatividad delegada en el usuario, despojada de alma, modelada por algoritmos y bendecida por la Inteligencia Artificial.
Lo que ocurre con Roblox es la metáfora más transparente de esta deriva: millones de jóvenes creando pequeñas patochadas efímeras, divertimentos sin poso, que enganchan por repetición y no por asombro. Y mientras sus mundos digitales se hinchan de actividad, las tiendas de videojuegos languidecen. ¿Quién se atreve a comprar una obra completa, un universo pensado y pulido por artistas, cuando puede entretenerse con una ráfaga interminable de mini-experiencias que no cuestan nada? Fortnite funciona igual, YouTube también: un océano de chistes, absurdos, memes y ocurrencias que borra la paciencia y el criterio, y aleja a toda una generación de la experiencia estética profunda. Como sustituir un Rembrandt por el dibujo torpe de un niño de preescolar… y decir que ambos sirven “para pasar el rato”.
Ahora Disney+ quiere unirse a este carnaval de ruido vacío. En su reciente conferencia financiera, Bob Iger anunció ante los accionistas —sus verdaderos destinatarios— que el servicio de streaming se prepara para una metamorfosis tecnológica “sin precedentes”. No busca restaurar el esplendor del cine, ni reconstruir su dignidad perdida, ni ofrecer un refugio de belleza en medio del caos digital. No: quiere integrar videojuegos, formatos híbridos con Epic Games, y sobre todo, contenido generado por los propios usuarios a través de IA. Los suscriptores podrán “crear” pequeñas piezas audiovisuales utilizando las propiedades intelectuales de la compañía, convertidas en piezas de Lego con las que improvisar micro-historias de consumo rápido.
Iger asegura que ya conversa con empresas de IA para proteger la propiedad intelectual, como si ese fuera el principal aviso de peligro. Pero lo que está en juego no es la propiedad: es el alma. Porque cuando una plataforma anima al espectador a convertirse en fabricante de contenido automático, lo que se desvanece es la figura del artista. Y con ella, el tacto, la mirada, la sensibilidad, la emoción verdadera que solo surge de alguien que siente y piensa, no de alguien que pulsa botones para producir un clip reciclable.
Paradójicamente, Disney fue parte de la reciente demanda contra Midjourney por el uso indiscriminado de material con derechos de autor. Pero ahora coquetea con el mismo mecanismo que cuestionaba, quizá porque, en realidad, no lo considera una amenaza sino una oportunidad para abaratar la creación y multiplicar el “engagement”. La gran ironía es que esta estrategia, diseñada para maximizar beneficios trimestrales, puede acabar siendo la dinamita que resquebraje —aún más— los cimientos culturales del cine. El arte no muere por falta de talento; muere cuando se sustituye su misterio por un menú de opciones predefinidas, su tiempo por la prisa, su riesgo por la comodidad, su humanidad por una plantilla.
Si Disney termina llenando su catálogo de estos artefactos algorítmicos, la plataforma no se transformará en el hogar del futuro, sino en un escaparate de espejismos: contenido barato, infinito y olvidable. Un ruido de feria que pretende ser progreso, pero que nos arrastra hacia un paisaje donde el cine, como obra de creación humana, no desaparece de golpe: simplemente se diluye, pixel a pixel, hasta no recordar ya cuál era su forma, su olor, su latido.



