El nuevo puritanismo digital y el fantasma de Esparta

Hubo un tiempo en que la sangre, el deseo y la furia convivían sin pedir disculpas en el mismo plano. A mediados de los dos mil, God of War emergía como un grito bronco contra la domesticación del videojuego. Kratos no solo despedazaba dioses: bebía, fornicaba y se extraviaba en sus propios excesos. Era una criatura trágica y desatada, hija de una industria que buscaba afirmarse como territorio adulto.

Dos décadas después, el paisaje cultural parece otro. El audiovisual dominante se ha refinado hasta rozar lo aséptico. El cuerpo se estiliza, se insinúa con cautela o se esconde bajo la coartada del “buen gusto”. Aquellos minijuegos eróticos que acompañaban las entregas griegas de la saga hoy serían, para muchos, un vestigio incómodo, casi grotesco. El debate en torno a los hipotéticos remakes no se centra solo en mecánicas o resolución 4K, sino en algo más incómodo: ¿puede Kratos seguir siendo un sujeto sexual explícito en una cultura que presume de sofisticación moral?

Y, sin embargo, aquí late la paradoja.

Mientras el gran espectáculo se vuelve pudoroso, la pornografía nunca ha sido tan accesible ni tan precoz. Las nuevas generaciones no descubren el sexo a través de la insinuación narrativa, sino a través del algoritmo. Lo consumen antes de comprenderlo. Lo asimilan como coreografía performativa antes que como experiencia humana. El resultado no es una sociedad más sana, sino más confundida: el sexo entendido como espectáculo técnico, no como vínculo, no como fragilidad compartida.

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En ese contexto, eliminar cualquier vestigio erótico de God of War II o God of War III no parece un gesto progresista, sino un síntoma del nuevo puritanismo estético. Un puritanismo curioso: no combate la pornificación extrema del mercado digital, pero sí reprime la representación integrada del deseo dentro de una narrativa trágica.

Porque el sexo en la trilogía griega no era solo una recompensa adolescente ni un gag travieso. Era también una pieza del retrato psicológico de Kratos. Un hombre devastado por la culpa, refugiado en el alcohol y la promiscuidad para silenciar visiones insoportables. Su erotismo formaba parte de su autodestrucción. Negarlo en un remake sería dulcificar su descenso, convertir al monstruo en estatua moral.

Claro que el lenguaje puede y debe evolucionar. Los eventos de tiempo rápido —aquellos QTE hoy anacrónicos— no necesitan regresar tal cual. Pero sustituirlos por una mirada más madura, más compleja, no implica borrar el deseo del mapa. Al contrario: podría ser la ocasión perfecta para explorar la dimensión erótica desde la tragedia, no desde el chiste fácil ni desde la mecánica automática.

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Resulta revelador que en los años ochenta y noventa —una era audiovisual mucho más erotizada en superficie— el público supiera distinguir con mayor claridad ficción y experiencia. Había sensualidad en el cine, en la televisión, en la publicidad; y, sin embargo, el sexo no estaba monopolizado por la lógica del consumo instantáneo. Hoy, en cambio, se censura una escena insinuada en un videojuego mientras la industria pornográfica se cuela en el bolsillo de cualquier adolescente.

Quizá el problema nunca fue que Kratos compartiera lecho con Afrodita, sino que ahora tememos cualquier representación que no pueda ser domesticada por la corrección estética.

El reto para los remakes no debería ser amputar el pasado, sino reinterpretarlo. Comprender que el erotismo, cuando está integrado en la construcción de un personaje, no es una obscenidad, sino una dimensión humana. Kratos no tiene por qué prescindir del sexo; lo que necesita es que su deseo vuelva a ser trágico, no caricaturesco. Que revele su herida en lugar de maquillarla.

Porque prohibir nunca ha educado. Silenciar no ha generado madurez. Y quizá el verdadero gesto valiente no sea borrar los minijuegos eróticos de God of War, sino repensarlos con inteligencia, asumir que el cuerpo también forma parte del mito y recordar que la cultura no se vuelve más adulta por ocultar el deseo, sino por saber mirarlo sin miedo.

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