Fausto (1926), 100 años del pacto eterno del cine con la sombra

Hace cien años, el cine todavía no sabía que iba a sobrevivirse a sí mismo. No existía la palabra “contenido”, ni la tiranía del algoritmo, ni la obsesión por el estreno global del viernes. Existía, en cambio, una certeza primitiva y casi religiosa: la imagen podía invocar lo invisible. En ese territorio sagrado nació Fausto (1926), de F. W. Murnau, una película que hoy cumple un siglo y que pertenece a un cine que ya no puede producirse, no por incapacidad técnica, sino por ausencia de fe.

Porque Fausto no es solo una adaptación del mito; es un acto de creencia absoluta en el poder del encuadre, del claroscuro y del gesto humano elevado a rito.

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El último cineasta que hablaba con los dioses

Murnau filmaba como si el mundo aún no hubiera sido domesticado por la lógica industrial. Cada plano de Fausto parece tallado en piedra y humo, construido no para narrar, sino para conjurar. El cielo se abre, las sombras avanzan como materia viva, el demonio no entra en escena: invade el espacio.

Este cine no pedía permiso al espectador. No lo guiaba con explicaciones ni lo protegía con ironía. Lo lanzaba directamente a una iconografía heredera de la pintura romántica, del teatro expresionista y de una Europa que todavía creía que el Mal tenía forma, textura y mirada.

Hoy, cuando el cine teme el silencio y rellena cada hueco con subrayados musicales o diálogos redundantes, Fausto se alza como una obra que confiaba ciegamente en la inteligencia emocional del espectador.

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Sombras que pesaban toneladas

El expresionismo alemán no era un estilo: era una necesidad espiritual. En Fausto, las sombras no ilustran; oprimen. No decoran; condenan. El demonio de Emil Jannings no necesita palabras grandilocuentes: su cuerpo ocupa el plano como una amenaza cósmica, una presencia que aplasta aldeas enteras con un solo gesto.

Nada de esto podría filmarse hoy del mismo modo. No por falta de efectos digitales —que harían el trabajo más fácil— sino porque se ha perdido la relación física entre el actor, el decorado y la luz. Aquellas nubes eran reales. Aquellas miniaturas eran palpables. Aquella oscuridad no se corregía en posproducción: se construía.

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El cine como alquimia

Fausto pertenece a una era en la que cada película era una apuesta existencial. No había franquicia que salvar, ni universo compartido que proteger. Si la obra fracasaba, el artista caía con ella. Esa fragilidad es, precisamente, lo que dota a la película de su grandeza.

Murnau mezcla lo sagrado y lo profano con una audacia que hoy resultaría impensable. El amor, la condena, la juventud y la muerte no son conceptos abstractos: son fuerzas visuales en conflicto. El cine, en manos de Murnau, no explica el mito de Fausto; lo encarna.


La nostalgia de un cine irrepetible

No se trata de idealizar el pasado, sino de reconocer una pérdida. Fausto nace de un momento histórico en el que el cine aún no había decidido si sería arte o industria, y durante unos años fue ambas cosas a la vez. Esa tensión creativa es hoy irreproducible.

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Celebrar los cien años de Fausto no es solo mirar atrás con melancolía; es preguntarse qué hemos dejado de exigirle al cine. Qué hemos sacrificado en nombre de la eficiencia, del mercado global y de la comodidad narrativa.


Epílogo: el pacto sigue vigente

El verdadero pacto fáustico no lo firmó el personaje, sino el propio cine moderno cuando decidió cambiar el riesgo por la previsibilidad. Murnau, en cambio, apostó todo a la imagen. Y ganó algo que ha sobrevivido un siglo: una película que todavía mira al espectador desde la penumbra y le pregunta cuánto está dispuesto a perder por volver a creer.

Fausto no es solo una obra maestra del cine mudo. Es un recordatorio incómodo de que hubo un tiempo en que el cine no tenía miedo de la oscuridad. Y quizá, por eso mismo, iluminaba más.

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