Genie de Google o la ilusión de crear mundos de dólar: cuando la bolsa confunde prototipos con cultura
Google y la ilusión de crear mundos: cuando la bolsa confunde prototipos con cultura
Cada cierto tiempo, un gigante tecnológico redescubre los videojuegos como quien encuentra una mina de oro recién cartografiada. No por amor al medio, no por respeto a su lenguaje o a su historia, sino por esa fiebre abstracta llamada “escala”. Google ya lo intentó con Stadia, tratándolo más como infraestructura que como cultura, y ahora vuelve a la carga con su Proyecto Genie, un experimento de generación de entornos virtuales mediante inteligencia artificial que ha provocado algo curioso: nervios en Wall Street.

Bastó el anuncio de esta herramienta —capaz de generar pequeños espacios tridimensionales a partir de descripciones— para que parte del mercado reaccionara como si el videojuego, tal y como lo conocemos, hubiese quedado obsoleto de la noche a la mañana. Acciones de compañías vinculadas a plataformas creativas o grandes ecosistemas interactivos sufrieron caídas notables. El razonamiento parece sencillo, casi infantil: si una IA puede “crear mundos”, ¿para qué motores, estudios o años de desarrollo?
El problema es que Genie, por ahora, no crea videojuegos. Genera escenarios breves, recorribles, sin sistemas, sin mecánicas, sin narrativa emergente, sin esa red invisible de reglas, ritmos y decisiones que convierten un entorno en experiencia. Confundir un decorado con un juego es como confundir un plató vacío con una película terminada. La cultura del videojuego no nace del paisaje, sino de la interacción significativa, del diseño, del error humano, del equilibrio entre libertad y límite.
Sin embargo, el susto bursátil revela algo más profundo: el miedo de los inversores a perder el control de las “plataformas”, esos espacios donde los usuarios crean, juegan y, sobre todo, generan ingresos. Motores como Unity, universos como Roblox o los futuros modos online de grandes superproducciones se perciben como territorios amenazados por una promesa automatizada: mundos instantáneos, sin fricción, sin autores. Una fantasía muy atractiva para las hojas de cálculo, pero peligrosamente simplista para el arte.

Porque el videojuego, pese a su dimensión industrial, sigue siendo un acto cultural. No se reduce a producir escenarios, sino a diseñar experiencias con intención, ritmo y significado. Pensar que un generador de entornos puede sustituir eso es como creer que un algoritmo que pinta paisajes ha reemplazado al cine, a la literatura o al teatro. Puede imitar la superficie; no entiende todavía la gramática profunda.
La paradoja es que este tipo de anuncios no debilitan al videojuego como forma cultural, sino que evidencian su valor. Si las grandes tecnológicas quieren apropiarse de su lenguaje es precisamente porque el medio ya no es marginal: es el principal escenario simbólico de nuestro tiempo. La cuestión es si ese futuro estará guiado por diseñadores, artistas y jugadores… o por presentaciones para inversores que jamás han sostenido un mando.
Entre la promesa automática y la creación humana hay una distancia que ningún titular bursátil puede acortar. Y en ese espacio, lleno de ensayo, error y sensibilidad, es donde el videojuego sigue siendo algo más que un producto: un lenguaje vivo que no se deja reducir a una demo de sesenta segundos.



