Existe una extraña enfermedad crítica que parece haberse extendido por buena parte de la prensa especializada en videojuegos, cultura popular y ciertos canales de YouTube. No consiste en analizar una obra, ni siquiera en juzgarla. Consiste en situarse por encima de ella. No como espectador, sino como juez. No como crítico, sino como alguien empeñado en demostrar que es más sofisticado, más adulto y más culto que aquello que contempla.
Lo estamos viendo estos días con la nueva película de He-Man. Antes incluso de que muchos hayan podido verla, ya abundan los análisis preventivos que parecen escritos desde una posición de superioridad moral e intelectual. Se observa el material promocional con una sonrisa condescendiente, como quien contempla un juguete infantil desde la distancia segura que proporciona la supuesta madurez cultural. No se analiza la película; se analiza la propia capacidad del crítico para demostrar que está por encima de ella.
Lo verdaderamente fascinante es que este fenómeno no es nuevo. Ocurrió exactamente lo mismo con Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones.
Cuando aparecieron los primeros avances, buena parte de la conversación digital estuvo dominada por la burla preventiva. Aquello parecía demasiado ligero, demasiado caricaturesco, demasiado colorido, demasiado consciente de su propia naturaleza fantástica. Numerosos comentaristas reaccionaron como si el mero hecho de tomarse en serio un universo poblado por bardos, hechiceros y dragones constituyera una forma de inmadurez cultural. El mensaje implícito era evidente: nosotros hemos crecido; estas cosas son para niños.
Sin embargo, sucedió algo extraordinariamente revelador.
Al otro lado del Atlántico, en el ecosistema crítico anglosajón del que tantas veces se importan opiniones ya empaquetadas, algunos analistas comenzaron a señalar precisamente aquello que muchos habían despreciado. La película no intentaba ocultar su naturaleza lúdica. No aspiraba a convertirse en una meditación existencial sobre el sufrimiento humano ni en una alegoría política de cinco capas. Era una aventura fantástica orgullosa de ser una aventura fantástica. Su humor, su tono juguetón, sus personajes exagerados y su espíritu de partida de rol eran virtudes, no defectos.
Y entonces ocurrió el milagro habitual.
Donde antes había desprecio apareció simpatía. Donde antes había condescendencia surgió admiración. Donde antes se hablaba de una producción menor comenzó a hablarse de una pequeña joya inesperada. Como tantas veces sucede, algunos medios parecieron descubrir de repente aquello que la película había sido desde el primer día.
El fenómeno resulta casi cómico porque revela una realidad incómoda: gran parte de la crítica contemporánea ya no ejerce tanto de exploradora cultural como de cámara de eco. Espera a que alguien marque el camino para recorrerlo después con la seguridad de quien siempre parece haber estado allí.
Por eso resulta inevitable preguntarse si ocurrirá algo parecido con He-Man.
Porque, al igual que sucedía con Dungeons & Dragons, nos encontramos ante una propiedad intelectual nacida del juguete, del cómic pulp, de la fantasía musculosa de los años ochenta y de una imaginación visual que jamás pidió permiso para resultar excesiva. Un universo donde un guerrero semidesnudo combate a un mago con cabeza de calavera sobre un planeta que mezcla bárbaros, tecnología ancestral y castillos mágicos. Pretender que semejante material se comporte como un drama psicológico escandinavo equivale a reprocharle a una ópera que cante demasiado.
Quizá el verdadero problema sea que una parte de la crítica contemporánea parece sentirse incómoda ante cualquier obra que abrace sin complejos su condición de fantasía popular. Existe una tendencia constante a valorar la gravedad por encima de la imaginación, la solemnidad por encima de la aventura y la autoconsciencia irónica por encima del entusiasmo sincero.
Sin embargo, la historia del cine está llena de ejemplos que demuestran lo contrario. Las grandes películas de aventuras siempre han bordeado el ridículo. Star Wars, Indiana Jones, Flash Gordon, Conan el Bárbaro o incluso buena parte del cine fantástico de los años ochenta sobrevivieron precisamente porque nunca tuvieron miedo de ser más grandes que la realidad.
Quizá dentro de unos meses descubramos que la nueva He-Man es una decepción. También es posible que termine siendo una celebración divertida, colorista y desacomplejada de aquello que hizo grande al personaje. Lo que sí parece seguro es que muchos ya han emitido su veredicto antes de tiempo, no tanto sobre la película como sobre sí mismos.
Porque en ocasiones la crítica contemporánea se parece menos a un arte de observación que a una competición escolar por demostrar quién parece más inteligente que la obra que tiene delante.
Y la historia reciente de Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones debería servir como recordatorio de que, a veces, el espectador que mejor comprende una fantasía no es el que intenta elevarse por encima de ella, sino el que tiene la humildad de entrar en su juego.
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