Johnny Jones, el latido aventurero de la edad de oro de Dinamic

Hubo un tiempo en que la selva cabía en una cinta de casete y el horizonte se dibujaba con píxeles gruesos como baldosas. En aquella España que despertaba a la modernidad tecnológica entre Spectrum y cafés recalentados, un nombre empezó a repetirse con la cadencia de los mitos primerizos: Johnny Jones. Si Fred fue la chispa inaugural del héroe digital patrio, Johny Jones fue su consolidación, su paso firme hacia la leyenda doméstica.

En los primeros años ochenta, mientras Raiders of the Lost Ark convertía a Indiana Jones en icono planetario bajo el magisterio de Steven Spielberg y George Lucas, en una buhardilla a las afueras de Madrid —la mítica Mansión Dinamic— los hermanos Ruiz absorbían cultura popular como quien respira pólvora creativa. Allí, entre cables y sueños, nació el supuesto hermano ibérico del arqueólogo más célebre del celuloide.

Saimazoom o la selva del café

La primera parada del periplo fue Saimazoom (1984), una aventura selvática que bebía sin disimulo de Sabre Wulf, pero que añadía un giro tan castizo como surrealista: recoger sacos de café en un laberinto de cerca de cien pantallas. La inspiración, lejos de las bibliotecas clásicas o los tratados de mitología, procedía de un anuncio televisivo de Saimaza. En esa mezcla improbable —Indiana Jones, un spot repetido hasta la hipnosis y la fiebre británica del arcade doméstico— se condensa el ADN de una época: crear era mezclar sin complejos.

maxresdefault-10-1024x576 Johnny Jones, el latido aventurero de la edad de oro de Dinamic

Dinamic trabajaba entonces con un ritmo casi industrial, lanzando títulos cada pocos meses, alternando la autoría entre Víctor y Nacho Ruiz. La buhardilla familiar se convirtió en factoría imaginativa, y Johnny Jones, con su sombrero evocador y su vocación de trotamundos, encarnó ese impulso de aventura que España necesitaba digitalizar.

Babaliba y el nacimiento de la franquicia

Apenas cuatro meses después —cuatro meses, una eternidad comprimida— apareció Babaliba. Si Saimazoom fue la selva, Babaliba fue el desierto oriental, un juego de palabras con Alí Babá que trasladaba la acción a un territorio de tesoros y princesas cautivas. La estructura seguía la estela de Sabre Wulf, pero lo verdaderamente revolucionario no era la mecánica: era la continuidad.

maxresdefault-11-1024x576 Johnny Jones, el latido aventurero de la edad de oro de Dinamic

Sin saberlo del todo, Dinamic estaba levantando lo que hoy llamaríamos una franquicia. Rudimentaria, sí; primitiva, también; pero franquicia al fin. En un mercado incipiente, donde cada juego parecía un experimento aislado, Johnny Jones regresaba. Y regresar es ya una forma de mito.

Abu Simbel Profanation, la consagración

El tercer acto llegaría con Abu Simbel Profanation, el título que terminaría de fijar el nombre del personaje en la memoria colectiva del videojuego español. Más pulido, más desafiante, más consciente de su propia identidad, consolidó a Johny Jones como el aventurero por excelencia de la primera edad de oro del software patrio.

02-1024x576 Johnny Jones, el latido aventurero de la edad de oro de Dinamic
Screenshot

Mientras tanto, Dinamic tanteaba el mercado británico, ese Olimpo donde reinaban compañías como Ultimate Play the Game, Ocean Software o Imagine Software. Saimazoom y Babaliba cruzaron el Canal de la Mancha con discreción, casi en silencio. No conquistaron las islas, pero el simple gesto de codearse con aquellos gigantes ya era una declaración de ambición. España no solo consumía aventuras: empezaba a producirlas.

El aventurero como símbolo de una generación

Johnny Jones no fue solo un personaje. Fue un espejo. Representó a una juventud que miraba al exterior con hambre de épica, que absorbía referencias foráneas y las reinterpretaba con humor, desparpajo y una pizca de ironía castiza. En él convivían la sombra de Indiana Jones y el eco de un anuncio de café; la selva exótica y la buhardilla madrileña; el sueño británico y la precariedad doméstica.

Hoy, cuando la industria española compite en escenarios globales y la palabra “indie” se pronuncia con naturalidad, conviene recordar que todo empezó con un héroe que recogía sacos de café en 48K. Johny Jones fue la prueba de que la aventura no necesita templos milenarios para comenzar: basta una cinta, un teclado de goma y la osadía de creer que desde una buhardilla también se puede conquistar el mundo.

Y quizá ahí resida su verdadera grandeza. No en la dificultad de sus pantallas ni en la nostalgia del píxel, sino en haber demostrado que la imaginación, cuando se atreve a mezclar sin pedir permiso, siempre encuentra su tesoro.

Por qué Johnny Jones no tiene brazos en Abu simbel profanation

Es fascinante cómo la limitación técnica de los años 80 terminaba esculpiendo la identidad visual de personajes que hoy consideramos iconos. El caso de Johnny Jones en Abu simbel profanation (1985) es un ejemplo perfecto de pragmatismo convertido en estilo.

Captura-de-pantalla_18-2-2026_214944_gemini.google.com_ Johnny Jones, el latido aventurero de la edad de oro de Dinamic

La ausencia de brazos en el protagonista de esta joya de Dinamic no responde a una tragedia narrativa dentro del lore del juego, sino a una cuestión de economía de recursos y diseño de niveles.

El minimalismo como solución técnica

En la era de los 8-bits, cada píxel y cada ciclo de reloj del procesador eran un tesoro. Víctor Ruiz, el creador del juego, se enfrentaba a varios retos al diseñar a Johnny:

  • La máscara de colisión: Abu simbel profanation es famoso por su dificultad demencial y la precisión quirúrgica que exige. Si Johnny hubiera tenido brazos balanceándose al caminar o saltar, el «hitbox» (el área sensible al contacto con enemigos o pinchos) habría sido mucho más errático y difícil de controlar para el jugador.
  • La expresividad del salto: Al eliminar las extremidades superiores, el diseño se centró totalmente en las piernas y el cuerpo. Esto permitía que el sprite fuera más compacto y que el jugador pudiera calcular con exactitud milimétrica dónde terminaba el personaje y dónde empezaba el peligro.
  • Estética «cartoon»: Johny Jones es, en esencia, una evolución del protagonista de Saimazoom y Babiba. En estos títulos anteriores, el personaje ya presentaba esa estética de «huevo con piernas» que recordaba a las caricaturas de la época, donde la simplicidad ayudaba a que el personaje destacara sobre fondos que, en el caso de Abu Simbel, eran inusualmente detallados y coloridos.

Un toque de misterio y erotismo visual

Desde una perspectiva más artística, esa figura truncada le otorga a Johny una vulnerabilidad casi surrealista. En un entorno tan hostil como el templo de Ramsés II, ver a este explorador desarmado (literal y figuradamente) refuerza la sensación de peligro constante. Es una elección que lo aleja del héroe de acción convencional para convertirlo en una suerte de espíritu saltarín atrapado en una pesadilla arquitectónica.

Curiosamente, esa falta de brazos nunca nos impidió sentir el peso de su aventura; al contrario, centraba toda nuestra atención en la tensión de sus saltos, convirtiendo cada movimiento en una danza de supervivencia pura.

Puede que te hayas perdido esta película gratuita