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José Luis Garci: el cineasta que una parte de España parece empeñada en olvidar

La historia del cine está llena de paradojas, pero pocas resultan tan desconcertantes como la posición que ocupa hoy José Luis Garci dentro de la conversación cultural española. Estamos hablando del primer director español que logró conquistar el Oscar a la Mejor Película Extranjera con Volver a empezar, de un cineasta cuya obra ayudó a definir una sensibilidad muy concreta de la España de la Transición, de un divulgador que dedicó buena parte de su vida a enseñar cine a varias generaciones de espectadores y de una figura cuya influencia sobre la cultura cinematográfica nacional resulta difícil de exagerar. Sin embargo, basta observar el lugar que ocupa actualmente en los medios especializados, en los homenajes institucionales más visibles, en las conversaciones cinéfilas dominantes o incluso en el imaginario colectivo de las nuevas generaciones para percibir una sensación extraña, como si su figura hubiera sido progresivamente desplazada hacia una periferia que no parece corresponderse con la magnitud de su legado.

Lo verdaderamente llamativo es que esta situación no puede explicarse fácilmente recurriendo a las razones habituales. No estamos ante un director menor cuya obra haya envejecido mal o cuya importancia histórica haya sido exagerada por la nostalgia. Tampoco estamos ante un autor que desapareciera tras un éxito aislado. Garci construyó una filmografía sólida, reconocible y profundamente personal, con títulos como Asignatura pendiente, Las verdes praderas, El crack, Volver a empezar, Sesión continua o El abuelo. Películas que, más allá de su calidad individual, forman parte de la evolución cultural y emocional de varias décadas de historia española. A ello habría que añadir una labor divulgativa monumental. Durante años, mientras gran parte de las instituciones culturales hablaban de acercar el cine al público, Garci lo hizo realmente. A través de la televisión introdujo a millones de espectadores en el universo de Ford, Capra, Hawks, Wilder, Hitchcock o Huston, convirtiendo la pasión por el cine en una conversación popular cuando todavía no existían las redes sociales ni el consumo fragmentado que caracteriza nuestra época.

Y sin embargo, a pesar de todo ello, existe la sensación persistente de que una parte significativa del ecosistema cultural español contempla a Garci con una mezcla de distancia, incomodidad o indiferencia que resulta difícil de justificar únicamente desde criterios artísticos. La cuestión adquiere especial interés porque, a diferencia de otros cineastas cuya obra está inseparablemente ligada a una determinada militancia política, Garci nunca ha sido un director definido por la propaganda ideológica. Sus películas no son manifiestos partidistas. Sus obsesiones siempre han girado alrededor de la memoria, la amistad, el amor, el paso del tiempo, la nostalgia, la literatura, el boxeo, la melancolía de los sueños incumplidos y, por encima de todo, el propio cine. Sus referentes creativos proceden mucho más del clasicismo norteamericano que de cualquier corriente política contemporánea. Quien contemple honestamente su filmografía encontrará a un narrador sentimental, un romántico tardío y un enamorado de las historias, pero difícilmente a un agitador ideológico.

16338-1024x768 José Luis Garci: el cineasta que una parte de España parece empeñada en olvidar

La paradoja aparece cuando uno observa que la percepción pública de una figura cultural no siempre depende de su obra. En numerosas ocasiones depende de las etiquetas que otros deciden colocar sobre ella. Durante años, Garci ha sido asociado por determinados sectores a una sensibilidad conservadora debido a sus colaboraciones en ciertos medios de comunicación, a algunas amistades o simplemente a la incomodidad que produce una personalidad que nunca ha mostrado demasiado interés por adaptarse a los consensos dominantes de cada época. El problema es que una asociación de este tipo termina generando un fenómeno perverso: el artista deja de ser leído a través de sus películas y comienza a ser interpretado a través de una imagen pública simplificada. A partir de ese momento, la obra deja de ocupar el centro de la discusión y es sustituida por una caricatura construida desde fuera.

Lo más preocupante de este proceso no es únicamente lo que supone para Garci como individuo. Lo verdaderamente inquietante es lo que revela acerca de la cultura española contemporánea. Una cultura segura de sí misma no necesita reducir a sus creadores a categorías ideológicas. Una cultura madura es capaz de admirar a autores con los que discrepa, reconocer méritos donde existen y separar el valor artístico de las simpatías personales. Cuando una sociedad pierde esa capacidad, comienza a seleccionar su memoria cultural mediante filtros cada vez más estrechos. Y cuando eso ocurre, el resultado no es una cultura más rica o más justa, sino una cultura más pobre, más sectaria y menos capaz de comprender su propia historia.

Quizá por eso el caso de Garci resulta tan significativo. No porque pueda demostrarse la existencia de un veto formal o de una conspiración organizada contra su figura, sino porque simboliza algo más sutil y posiblemente más profundo. Simboliza la facilidad con la que una parte del mundo cultural puede dejar de mirar una obra para empezar a mirar una etiqueta. Simboliza la tendencia a clasificar antes que a comprender. Simboliza la creciente incapacidad para aceptar que un artista pueda existir al margen de los bandos que organizan la conversación pública.

Mientras tanto, las películas permanecen. Ahí siguen El crack, Volver a empezar, Asignatura pendiente o El abuelo, esperando a nuevos espectadores que las descubran libres de prejuicios y de categorías prefabricadas. Tal vez sea esa la mayor victoria de Garci y, al mismo tiempo, la mayor derrota de quienes han intentado reducirlo a una definición demasiado estrecha. Porque las modas culturales cambian, las etiquetas envejecen y las polémicas terminan desapareciendo. Lo único que permanece es la obra. Y cuando pase el tiempo suficiente, cuando las discusiones coyunturales se hayan desvanecido y el ruido de la actualidad haya sido olvidado, será precisamente la obra la que continúe hablando. No de izquierdas ni de derechas. No de tribus ideológicas ni de alineamientos culturales. Hablará, simplemente, de cine. Y quizá entonces muchos descubran que llevaban demasiado tiempo discutiendo sobre una etiqueta y demasiado poco tiempo mirando las películas.

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