La revuelta en Rockstar: cuando los faraones del videojuego siguen construyendo pirámides con carne humana

La tormenta que sacude a Rockstar no es una ráfaga pasajera, sino un vendaval bíblico que arranca el barniz dorado de la industria y deja al descubierto una verdad incómoda: bajo el brillo colosal del futuro GTA VI, aún late un corazón empresarial que trata a quienes lo hacen posible como si fuesen bloques anónimos en una pirámide levantada hace cinco milenios. Nada cambia, salvo la forma del látigo.

Más de 220 desarrolladores de Rockstar North han firmado una carta que arde como manifiesto y duelo: exigen la reincorporación inmediata de los 31 compañeros despedidos en Reino Unido y Canadá. La compañía quiso envolver el asunto con una narrativa de “mala conducta grave” por una supuesta filtración de secretos; pero, como ocurre en toda corte faraónica, los escribas sindicales —esta vez, el IWGB— cuentan otra historia: la de trabajadores que intentaban organizarse para protegerse de jornadas inhumanas, prácticas abusivas y una cultura laboral donde la devoción absoluta al monolito corporativo se exige como tributo.

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El origen del dolor

El sindicato sostiene que los despidos fueron una represalia: un golpe fulminante contra quienes osaron poner nombre propio a su dignidad. Como en los tiempos en que los faraones temían más a un albañil que a un ejército, la dirección habría visto en estos trabajadores una amenaza a la armonía ilusoria del reino. IWGB ha presentado una demanda legal, denunciando un despido colectivo injustificado que pretende amputar de raíz cualquier brote de conciencia laboral.

Rockstar, desde su trono adornado con millones de copias vendidas, insiste en la versión de la filtración. Pero las piedras del templo crujen.

Voces desde el exilio

Uno de los despedidos —oculto tras un velo por miedo a represalias— reconoce la emoción de ver cómo sus compañeros se plantan ante la puerta del faraón moderno:
“En un momento en el que Rockstar quiere que tengamos miedo, mis valientes excompañeros marchan directo a la puerta de nuestro jefe y exigen que se escuchen nuestras voces”.

Esas voces no son un murmullo: resuenan en Edimburgo, en Londres, y resonarán —según está previsto— también el próximo martes 18 de noviembre, cuando la protesta se extienda frente a las oficinas de Take-Two. Una procesión laboral que no lleva ofrendas, sino memoria.

La grieta en el coloso

Rockstar atraviesa un instante delicado. Acaban de retrasar GTA VI seis meses, como si intentaran pulir no solo un juego, sino la imagen fragmentada que deja esta crisis. Pero el retraso no maquilla el asunto: la base de su pirámide está temblando. Y no por el peso del proyecto más ambicioso de su historia, sino por la negativa obstinada a tratar a sus trabajadores como seres humanos y no como piezas reemplazables del engranaje.

Mientras los líderes empresariales recitan mantras sobre innovación, creatividad y visiones de futuro, los obreros —los auténticos arquitectos de los mundos que nos fascinan— siguen sometidos a un régimen que huele a granito viejo y sudor ancestral.
La industria tecnológica, que presume de moldear el porvenir, tropieza una y otra vez con el pasado más oscuro: el de la explotación, la invisibilidad y la obediencia impuesta.

Y quizá esta vez, si el eco de Edimburgo crece lo suficiente, esas piedras de la pirámide comiencen por fin a moverse.

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