Llúcia Garcia desnuda como acto de memoria en Romería (2025)

Llúcia Garcia desnuda

La aparición de Llúcia Garcia completamente desnuda en Romería (2025) no pertenece al territorio del escándalo, sino al de la revelación íntima. No hay aquí provocación industrial ni cálculo publicitario: hay un cuerpo que se ofrece como documento sensible, como superficie donde la memoria deja marcas invisibles. El cine de Carla Simón, siempre atento a las grietas emocionales y a la fragilidad de lo recordado, encuentra en este gesto una coherencia casi inevitable.

Romería se articula como un relato semiautobiográfico: la historia de una joven que emprende un viaje hacia el pasado para entender quiénes fueron sus padres, fallecidos cuando ella era niña, y cómo fue su relación antes de que ella existiera. No se trata de reconstruir hechos, sino de tantear emociones, climas, silencios heredados. La película no busca respuestas cerradas, sino una forma de reconciliación con lo que nunca pudo vivirse.

En ese contexto, la desnudez de Llúcia Garcia no es erótica ni ornamental. Es una desnudez desprovista de artificio, filmada con una cámara que no desea poseer el cuerpo, sino acompañarlo. El desnudo funciona como un estado previo a la palabra, como una regresión a lo esencial: antes de los relatos familiares, antes de las fotografías, antes incluso del trauma. El cuerpo como archivo primitivo.

Carla Simón filma esa desnudez con la misma ética con la que ha filmado siempre los rostros infantiles, los gestos cotidianos o los paisajes rurales: sin subrayados, sin música que empuje la emoción, sin ángulos que impongan una lectura. El cuerpo aparece porque debe aparecer, del mismo modo que aparecen los recuerdos incompletos o las preguntas sin respuesta. No hay exhibición, hay exposición emocional.

Resulta significativo que este gesto surja en una obra que reflexiona sobre la herencia, la ausencia y la identidad construida a partir de fragmentos. La protagonista se muestra desnuda no para ser vista, sino para comprenderse. Es un cuerpo que no seduce, sino que recuerda; que no invita, sino que resiste. En un cine contemporáneo saturado de desnudos funcionales —ya sea al servicio del mercado o de la provocación vacía—, Romería propone algo radicalmente distinto: la desnudez como acto de honestidad narrativa.

La escena dialoga, además, con una tradición europea donde el cuerpo femenino ha sido espacio de pensamiento más que de consumo: desde cierto cine francés íntimo hasta el realismo sensorial del nuevo cine español. Pero Simón evita cualquier fetichismo cultural. Su mirada es doméstica, casi familiar, como si la cámara pidiera permiso antes de quedarse.

En última instancia, la desnudez de Llúcia Garcia en Romería no es un acontecimiento aislado, sino la consecuencia lógica de una película que entiende el cine como un lugar para despojarse. De explicaciones, de máscaras, de relatos heredados sin digerir. El cuerpo, en su vulnerabilidad, se convierte en la última verdad disponible.

Y quizá ahí resida la grandeza silenciosa de Romería: en recordar que hay historias que sólo pueden contarse cuando ya no queda nada que ocultar.

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