Mens tullida and corpore sano: cuando el músculo ocupa el lugar del libro
Durante siglos repetimos, con la solemnidad de quien no siempre entiende lo que invoca, el viejo ideal latino: mens sana in corpore sano. Mente y cuerpo avanzando al unísono, aliados en una misma idea de civilización. Hoy, sin embargo, el lema parece haber mutado —quizá sin darnos cuenta— en una versión más sincera y algo más incómoda: mens tullida and corpore sano. La mente, sacrificable; el cuerpo, absoluto protagonista.
El reciente caso de la Fnac de Alicante capital, sustituida por un gimnasio de la cadena Fitness Park, no es una anécdota inmobiliaria ni una simple decisión comercial. Es un síntoma. Donde antes había estanterías, ahora hay mancuernas. Donde se hojeaban libros, hoy se levantan hierros. El silencio concentrado ha sido reemplazado por música machacona y el mantra repetido del “no pain, no gain”. La cultura ha perdido el local. El músculo ha ganado la esquina.
No se trata —conviene decirlo con claridad— de demonizar el cuidado del cuerpo. Una vida sana es un bien precioso, casi un acto de resistencia en tiempos de ansiedad crónica y pantallas infinitas. El problema aparece cuando el equilibrio se rompe, cuando el gimnasio no convive con la biblioteca sino que la sustituye, cuando el culto al cuerpo deja de ser complemento y se convierte en dogma.

España asiste, con una mezcla de entusiasmo y resignación, a la desaparición progresiva de espacios de lectura, librerías, bibliotecas de barrio y centros culturales. En su lugar florecen gimnasios clónicos, templos del espejo, la creatina y el abdominal plano. El cuerpo se exhibe; la mente, en cambio, se esconde, casi avergonzada de no poder medirse en selfies ni en porcentajes de grasa corporal.
Hay algo profundamente revelador —y ligeramente trágico— en esta deriva. Mientras algunos países avanzan a golpe de educación, pensamiento crítico y lectura, otros parecen retroceder entre batidos de proteínas y tatuajes motivacionales. No es casualidad que los discursos se empobrezcan al mismo ritmo que desaparecen los libros del paisaje urbano. Donde no hay palabras, proliferan los eslóganes. Donde no hay ideas, queda el bíceps.
La paradoja es cruel y, a su manera, cómica. Los jóvenes que hoy invierten horas en esculpir su cuerpo, despreciando el estudio como algo prescindible o “poco práctico”, quizá descubran mañana que los sueldos altos del país están en manos de aquellos a quienes llamaron empollones. Tal vez entonces, desde la cinta de correr, se pregunten por qué no llegan a fin de mes ni siquiera para pagar la cuota del gimnasio. Que no se quejen demasiado: el espejo devuelve siempre lo que uno ha decidido construir.
No es una guerra entre cuerpo y mente. Nunca lo fue. Es una advertencia cultural. Un país que cambia librerías por gimnasios no se vuelve más fuerte: se vuelve más superficial. El músculo, sin pensamiento, es pura inercia. La cultura, sin cuerpo, es abstracción. Pero cuando una desplaza a la otra, lo que se pierde no es un local comercial, sino una idea de futuro.
Quizá aún estemos a tiempo de recordar que levantar un libro también es un ejercicio de resistencia. Y que no hay abdominal que sustituya a una conciencia despierta.



