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Onslaught o el regreso del cine de videoclub que Hollywood había olvidado

Onslaught o el regreso del cine de videoclub que Hollywood había olvidado

Hay tráileres que venden una película y otros que venden una promesa. El primer avance de Onslaught, la nueva obra de Adam Wingard para A24, pertenece a esa segunda categoría, porque durante apenas un par de minutos consigue despertar una sensación que parecía desaparecida del gran cine comercial: la de encontrarse ante una película concebida para divertir sin pedir disculpas por ello, orgullosa de su violencia estilizada, de su fisicidad y de una identidad visual que recuerda a aquellos años en los que el cine de acción todavía conservaba el olor a pólvora, gasolina y metal caliente.

Resulta llamativo comprobar cómo el cine contemporáneo ha terminado convirtiendo la acción en una sucesión de explosiones digitales donde todo parece perder peso, volumen y peligro, mientras Onslaught apuesta exactamente por el camino contrario. El montaje es agresivo, la puesta en escena transmite impacto físico y cada plano parece construido para que el espectador perciba el cuerpo de los actores ocupando un espacio real. No es una revolución formal, sino algo mucho más importante: la recuperación de una forma de entender el espectáculo que Hollywood fue abandonando a medida que el ordenador sustituyó a la cámara como principal herramienta narrativa.

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La premisa tampoco pretende esconder sus referentes. Una antigua francotiradora del ejército debe proteger a su hija cuando un programa militar secreto libera a un grupo de supersoldados modificados genéticamente que convierten el desierto en un campo de exterminio. Es imposible no encontrar ecos de The Terminator, Aliens, Predator, Universal Soldier o incluso del mejor John Carpenter, pero Wingard parece comprender algo que muchos cineastas actuales olvidan: los grandes clásicos nunca fueron únicamente una colección de referencias, sino películas capaces de apropiarse de ellas para construir una personalidad propia.

Lo más estimulante del avance no es únicamente su violencia o su ritmo frenético, sino la textura emocional que desprende. Hay una suciedad visual, una fotografía abrasada por el sol y una sensación permanente de amenaza que recuerdan a aquel cine de serie B elevado al máximo nivel artesanal, donde las limitaciones económicas obligaban a potenciar la imaginación en lugar de esconderla bajo miles de capas de efectos digitales. Incluso cuando aparecen criaturas imposibles o soldados modificados genéticamente, el conjunto mantiene una presencia física que devuelve al espectador la impresión de que aquello realmente está sucediendo delante de la cámara.

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También resulta significativo que Adam Wingard parezca reencontrarse consigo mismo después de varios años dedicado a las superproducciones del MonsterVerse. Aquellas películas demostraban su capacidad para mover presupuestos gigantescos, pero también evidenciaban cómo la maquinaria industrial terminaba diluyendo parte de la personalidad que había convertido You’re Next o The Guest en auténticas obras de culto. Precisamente ahora sabemos que Onslaught comparte universo con The Guest, ampliando el misterioso programa militar que daba origen al personaje interpretado por Dan Stevens, una decisión que no busca construir un universo cinematográfico al estilo Marvel, sino enriquecer discretamente una mitología que Wingard y Simon Barrett llevan años desarrollando.

Visualmente, el tráiler posee otra virtud cada vez más escasa: sabe vender una película sin revelar todas sus cartas. En una época en la que muchos avances resumen el argumento completo, aquí predomina el misterio. Se muestran destellos de violencia, persecuciones, disparos, criaturas y escenarios devastados, pero nunca se pierde la sensación de que el largometraje todavía guarda sorpresas. Ese respeto por el espectador también forma parte de una tradición cinematográfica que parecía olvidada.

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La presencia del sello A24 añade otra capa de interés. Durante años la distribuidora ha sido identificada casi exclusivamente con un determinado tipo de terror psicológico, dramas intimistas o propuestas autorales, pero Onslaught demuestra que también existe espacio para un cine de acción musculoso, feroz y descaradamente entretenido sin renunciar a una personalidad visual muy marcada. El resultado parece situarse mucho más cerca de aquellas producciones de Carolco, Cannon o TriStar de finales de los ochenta que de la mayoría de blockbusters contemporáneos, aunque ejecutado con los recursos técnicos actuales.

Quizá lo más esperanzador sea precisamente eso. Onslaught no intenta parecer importante, ni trascendente, ni disfrazar su naturaleza con discursos grandilocuentes. Parece una película orgullosa de querer ser una extraordinaria máquina de entretenimiento, y esa honestidad resulta hoy casi revolucionaria. En un panorama donde gran parte del cine de acción se ha convertido en un producto intercambiable, diseñado para alimentar franquicias infinitas, Adam Wingard parece dispuesto a recordar que una cámara, unos actores comprometidos, una puesta en escena con personalidad y una buena dosis de imaginación siguen siendo capaces de generar algo que ningún algoritmo puede fabricar: la sensación de estar asistiendo a un auténtico espectáculo cinematográfico.

Si el largometraje mantiene la energía, la contundencia visual y el sentido del ritmo que exhibe este primer tráiler, Onslaught podría convertirse en una de las grandes reivindicaciones del cine de acción físico de los últimos años y, quizá, en el recordatorio de que el espíritu del videoclub nunca desapareció; simplemente esperaba a que alguien volviera a pulsar el botón de reproducción.

Onslaught o el regreso del cine de videoclub que Hollywood había olvidado

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