Por qué la escena sexual más polémica de Hollywood redefine el erotismo en el cine moderno (y nadie habla de esto)

Hubo un tiempo en que el cine filmaba el deseo como quien abre una ventana prohibida: con miedo, con temblor, con una mezcla de culpa y fascinación. Hoy, en cambio, el cuerpo se exhibe con una frialdad casi administrativa, como si el erotismo hubiera pasado por un comité de compliance emocional. Y, sin embargo, entre tanto plano aséptico y tanta piel sin pulso, existe una escena —una sola— que sigue incomodando, irritando y descolocando al espectador contemporáneo. No porque muestre demasiado, sino porque muestra de otra manera.

Esa escena no es polémica por su desnudez, sino por su mirada. Porque el verdadero escándalo nunca ha sido el cuerpo, sino el punto de vista.

Captura-de-pantalla_13-1-2026_203935_www.imperiodefamosas.com_-1024x568 Por qué la escena sexual más polémica de Hollywood redefine el erotismo en el cine moderno (y nadie habla de esto)

Durante décadas, el cine ha ensayado distintas formas de representar el sexo: como transgresión (El último tango en París), como accidente mecánico (Crash), como acumulación exhaustiva (Nymphomaniac), como coreografía de prestigio (Eyes Wide Shut). Pero la escena a la que nos referimos —esa que aún hoy provoca silencios incómodos en coloquios y artículos críticos— rompe con todas ellas. No busca excitar, ni denunciar, ni teorizar. Busca sentir. Y ahí reside su peligro.

La cámara no invade, tampoco se retira con pudor. Permanece. Observa. Acepta el tiempo real del cuerpo, su torpeza, su respiración irregular, su fragilidad. No hay música que guíe la emoción ni montaje que suavice el momento. El plano se convierte en una superficie sensible, casi táctil, donde el espectador deja de ser voyeur para convertirse en testigo. Y eso, en un cine cada vez más obsesionado con el control, resulta profundamente subversivo.

Lo verdaderamente incómodo es que esta escena no ofrece coartadas morales. No se justifica por la trama ni se escuda en el simbolismo. El sexo no es metáfora de nada: es experiencia. Y el cine contemporáneo, tan dado a explicarlo todo, no sabe muy bien qué hacer con una imagen que se limita a existir.

Captura-de-pantalla_13-1-2026_203919_www.imperiodefamosas.com_-1024x537 Por qué la escena sexual más polémica de Hollywood redefine el erotismo en el cine moderno (y nadie habla de esto)

Quizá por eso nadie habla de ella. Porque obliga a replantear un dogma silencioso: que el erotismo moderno debía ser seguro, consensuado, higiénico, incluso pedagógico. Esta escena dinamita esa comodidad. Nos recuerda que el deseo no siempre es elegante, ni ejemplar, ni fácilmente compartible en redes sociales. Que a veces es torpe, oscuro, contradictorio. Y que el cine, cuando se atreve a filmarlo así, recupera una potencia casi olvidada.

Las reacciones críticas fueron reveladoras. Algunos la calificaron de innecesaria, otros de provocación gratuita. Muy pocos se detuvieron a analizar su lenguaje fílmico. Porque aceptar esa escena implica aceptar que el cine aún puede incomodarnos de verdad, no solo escandalizarnos durante un par de trending topics.

Y aquí aparece la pregunta que incomoda todavía más: ¿y si el futuro del erotismo en el cine no pasa por mostrar más, sino por mirar mejor? ¿Y si la verdadera revolución no está en la explicitud, sino en devolverle al cuerpo su peso, su tiempo, su verdad física?

Captura-de-pantalla_13-1-2026_203858_www.imperiodefamosas.com_-1024x541 Por qué la escena sexual más polémica de Hollywood redefine el erotismo en el cine moderno (y nadie habla de esto)

Mientras plataformas y algoritmos aplanan la experiencia sensorial, esta escena —silenciosa, incómoda, casi clandestina— sigue ahí, recordándonos que el cine no nació para tranquilizar al espectador, sino para perturbarlo con belleza.

Tal vez por eso sigue siendo la más polémica.
Y tal vez por eso, precisamente, sigue viva.

La escena a la que nos referimos es el encuentro sexual entre Marianne y Paul en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972). No por lo que muestra, sino por cómo lo filma y por el lugar incómodo que ocupa hoy en la historia del cine.

No es solo la célebre escena de la mantequilla —reducirla a eso es una simplificación pobre y casi periodística—, sino el conjunto de secuencias íntimas que Bertolucci rueda en aquel apartamento vacío, convertido en un útero moralmente ambiguo. Allí el sexo no es erótico en un sentido convencional, tampoco romántico, ni siquiera narrativo. Es una descarga existencial, un acto sin nombre, sin pasado y sin futuro.

Captura-de-pantalla_13-1-2026_203845_www.imperiodefamosas.com_-1024x542 Por qué la escena sexual más polémica de Hollywood redefine el erotismo en el cine moderno (y nadie habla de esto)

La cámara no embellece el cuerpo de Maria Schneider ni convierte a Brando en un fetiche viril. Al contrario: los cuerpos aparecen pesados, vulnerables, a veces incómodos, filmados con una luz mortecina, casi sucia, donde la carne parece más cerca del desgaste que del placer. El plano no busca excitar, sino inquietar. Y eso es lo que sigue resultando intolerable hoy.

Lo verdaderamente perturbador —y aquí entra el debate contemporáneo— no es solo lo que ocurre dentro del plano, sino lo que sabemos que ocurrió fuera de él. La frontera entre interpretación y experiencia real se desdibuja, y el cine, ese arte que siempre ha jugado a devorar la realidad, se muestra de pronto como un animal peligroso. Por eso esta escena no envejece: porque no se deja domesticar ni por la nostalgia ni por la corrección moral.

En términos de lenguaje cinematográfico, Bertolucci filma el sexo como si fuera una escena de duelo. No hay coreografía, no hay ritmo seductor, no hay montaje que alivie. El tiempo se estira, el silencio pesa, el espacio se vuelve opresivo. El espectador no mira desde la comodidad del deseo, sino desde la incomodidad del testigo.

Captura-de-pantalla_13-1-2026_203949_www.imperiodefamosas.com_-1024x553 Por qué la escena sexual más polémica de Hollywood redefine el erotismo en el cine moderno (y nadie habla de esto)

Hoy, cuando tantas escenas sexuales están cuidadosamente coreografiadas, supervisadas, explicadas y amortiguadas, El último tango en París sigue siendo una anomalía. No porque sea más explícita, sino porque es más honesta en su brutalidad emocional. Y eso, paradójicamente, es lo que la hace imposible de repetir.

Así que sí: hablamos de El último tango en París.
No como escándalo fácil, sino como herida abierta del lenguaje cinematográfico, una de esas imágenes que nos recuerdan que el cine, cuando se atreve a mirar sin red, puede ser tan bello como profundamente incómodo.

Puede que te hayas perdido esta película gratuita