¿Por qué Trump quiere Groenlandia? Geopolítica, recursos y el nuevo tablero del Ártico
Donald Trump quiere Groenlandia por una combinación muy poco poética —aunque profundamente reveladora— de geopolítica, recursos y obsesión estratégica, envuelta en su habitual forma de provocación empresarial.
En términos fríos, Groenlandia es una pieza clave del tablero del siglo XXI:
- Posición geoestratégica
Groenlandia es un mirador privilegiado entre Norteamérica, Europa y el Ártico. Controlarla significa vigilar rutas aéreas y marítimas cada vez más transitables por el deshielo. Para Estados Unidos, es una extensión natural de su escudo defensivo: no por casualidad ya mantiene allí la base militar de Thule desde la Guerra Fría. - El Ártico como nuevo El Dorado
Bajo el hielo groenlandés se esconden tierras raras, uranio, petróleo, gas y minerales estratégicos esenciales para la industria tecnológica y militar. En un mundo que depende de baterías, chips y energías “verdes”, esos recursos valen más que el oro. Trump lo entiende en clave inmobiliaria: comprar ahora lo que mañana será incalculable. - China y Rusia en el retrovisor
Groenlandia no sólo interesa por lo que es, sino por quién podría acercarse a ella. China ha mostrado interés económico en infraestructuras árticas, y Rusia militariza el norte a ritmo sostenido. Para Washington, dejar Groenlandia fuera de su órbita directa es permitir una grieta en su dominio polar. - Una mentalidad de magnate, no de diplomático
Trump no hablaba de alianzas ni de cooperación: hablaba de “comprar”. Esa es la clave cultural. Ve los territorios como activos, los países como empresas y la geografía como una hoja de balance. Groenlandia, enorme, poco poblada y rica en recursos, encaja perfectamente en esa lógica brutalmente simplificada. - El gesto simbólico
Proponer la compra de Groenlandia también fue un acto performativo: una forma de decir Estados Unidos sigue pensando a lo grande, aunque el mundo haya cambiado. Poco importaba que Dinamarca lo rechazara con estupor; el mensaje iba dirigido a su electorado y a sus rivales.
En resumen: Trump no quería Groenlandia por capricho exótico ni por afán colonial clásico, sino porque el futuro se juega en el Ártico, y él lo interpreta como una subasta anticipada del mundo que viene. Una visión sin matices, sin memoria histórica y sin sensibilidad cultural… pero no del todo irracional desde el punto de vista del poder.
Groenlandia, mientras tanto, sigue ahí: enorme, silenciosa, observando cómo los imperios vuelven a mirarla como si fuera nueva.



