¿Por qué Trump quiere Groenlandia? Geopolítica, recursos y el nuevo tablero del Ártico

Donald Trump quiere Groenlandia por una combinación muy poco poética —aunque profundamente reveladora— de geopolítica, recursos y obsesión estratégica, envuelta en su habitual forma de provocación empresarial.

En términos fríos, Groenlandia es una pieza clave del tablero del siglo XXI:

  1. Posición geoestratégica
    Groenlandia es un mirador privilegiado entre Norteamérica, Europa y el Ártico. Controlarla significa vigilar rutas aéreas y marítimas cada vez más transitables por el deshielo. Para Estados Unidos, es una extensión natural de su escudo defensivo: no por casualidad ya mantiene allí la base militar de Thule desde la Guerra Fría.
  2. El Ártico como nuevo El Dorado
    Bajo el hielo groenlandés se esconden tierras raras, uranio, petróleo, gas y minerales estratégicos esenciales para la industria tecnológica y militar. En un mundo que depende de baterías, chips y energías “verdes”, esos recursos valen más que el oro. Trump lo entiende en clave inmobiliaria: comprar ahora lo que mañana será incalculable.
  3. China y Rusia en el retrovisor
    Groenlandia no sólo interesa por lo que es, sino por quién podría acercarse a ella. China ha mostrado interés económico en infraestructuras árticas, y Rusia militariza el norte a ritmo sostenido. Para Washington, dejar Groenlandia fuera de su órbita directa es permitir una grieta en su dominio polar.
  4. Una mentalidad de magnate, no de diplomático
    Trump no hablaba de alianzas ni de cooperación: hablaba de “comprar”. Esa es la clave cultural. Ve los territorios como activos, los países como empresas y la geografía como una hoja de balance. Groenlandia, enorme, poco poblada y rica en recursos, encaja perfectamente en esa lógica brutalmente simplificada.
  5. El gesto simbólico
    Proponer la compra de Groenlandia también fue un acto performativo: una forma de decir Estados Unidos sigue pensando a lo grande, aunque el mundo haya cambiado. Poco importaba que Dinamarca lo rechazara con estupor; el mensaje iba dirigido a su electorado y a sus rivales.

En resumen: Trump no quería Groenlandia por capricho exótico ni por afán colonial clásico, sino porque el futuro se juega en el Ártico, y él lo interpreta como una subasta anticipada del mundo que viene. Una visión sin matices, sin memoria histórica y sin sensibilidad cultural… pero no del todo irracional desde el punto de vista del poder.

Groenlandia, mientras tanto, sigue ahí: enorme, silenciosa, observando cómo los imperios vuelven a mirarla como si fuera nueva.

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