Videoclub | El caballo de hierro (1924, IA restored), epopeya muda del wéstern clásico — 2 h 30 min

En 1924, cuando el cine todavía modelaba su gramática con la paciencia de un artesano, El caballo de hierro emergió como una sinfonía de polvo, acero y destino. Dirigida por John Ford, la película no solo narra la construcción del ferrocarril transcontinental en los Estados Unidos, sino que eleva aquel gesto industrial a la categoría de mito fundacional. La locomotora —ese animal de hierro que avanza entre llanuras y montañas— se convierte en símbolo de progreso, pero también de pérdida, sacrificio y conquista.

Ford filma los paisajes como si estuviera tallando una catedral al aire libre: horizontes infinitos, caravanas diminutas frente a la inmensidad, rostros curtidos por el viento. En su silencio vibrante late ya todo el wéstern por venir. Aquí nace una épica donde la Historia se mezcla con la leyenda, y donde el cine descubre que puede ser memoria, poema y crónica a la vez.

El caballo de hierro es una de las películas más conocidas de la filmografía muda de John Ford. Si bien la idea inicial de Ford era la narración de un cuento sencillo, las condiciones de rodaje cambiaron el rumbo de los acontecimientos e impusieron súbitamente una ambición que llegó a cotas desmedidas en su producción. Ahora por fin puedes disfrutar de esta joya perdida del mudo gratis en Cinematte Flix.

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El caballo de hierro

La epopeya y el latido íntimo

El caballo de hierro recrea la gestación del primer ferrocarril transcontinental de los Estados Unidos como si estuviera cincelando una mitología nacional. Dos compañías —Union Pacific Railroad y Central Pacific Railroad— avanzan desde Omaha y Sacramento con el pulso firme de quienes saben que están escribiendo historia. El encuentro se consuma el 10 de mayo de 1869 en Promontory Summit, cuando el último clavo, dorado como una promesa, sella la unión de los raíles.

En paralelo a la empresa titánica, late un relato sentimental: el amor entre Davy Brandon y Miriam Marsh —encarnados por George O’Brien y Madge Bellamy— crece entre locomotoras, polvo y agravios pendientes. La culminación romántica coincide con la consumación histórica: el héroe ajusta cuentas con el asesino de su padre y, acto seguido, la nación se suelda con oro. La épica pública y la justicia privada se funden en un mismo gesto simbólico.

El rodaje: una odisea americana

La semilla del proyecto brotó de un testimonio familiar que vinculaba a John Ford con la propia construcción del ferrocarril. El director recogió anécdotas, memoria obrera y resonancias juveniles para convertirlas en materia cinematográfica. Lo que en principio parecía una producción ambiciosa acabó mutando en empresa colosal.

En los desiertos de Nevada se congregaron miles de figurantes, centenares de soldados, obreros —entre ellos un nutrido contingente chino—, indígenas, cocineros y una fauna que desbordaba cualquier cálculo razonable: bisontes, caballos y ganado a escala casi bíblica. Puede que la publicidad inflara cifras, pero la sensación de grandeza era incuestionable. El escritor Theodore Dreiser no dudó en definir el conjunto como una “odisea americana”.

El invierno de 1924 puso a prueba al equipo: temperaturas bajo cero, vestuario inadecuado y una logística que exigió a la Fox redoblar la inversión. El metraje final —más de mil secuencias y centenares de rótulos— reveló que la película había crecido hasta convertirse en el mayor desafío técnico y artístico de Ford hasta ese momento. El riesgo obtuvo recompensa: el público respondió con fervor y la taquilla selló el triunfo.

La obra: entre el documento y la leyenda

La puesta en escena conjuga hechos verídicos con una trama ficticia sólidamente estructurada. El resultado oscila entre la crónica histórica y el melodrama romántico, como si un noticiario se deslizara sin pudor hacia el poema visual. Casas de juego ambulantes, saloons, ciudades de madera, soldados del Norte y del Sur, trabajadores inmigrantes y cheyennes desfilan ante la cámara con una voluntad de verdad casi obsesiva.

Ford no se limita a ilustrar la Historia: la dramatiza sin traicionarla. Su mirada alterna la vastedad del paisaje con la intimidad de los rostros, el espectáculo multitudinario con el temblor sentimental. Esa tensión confiere a la película un aire de “documental reconstruido”, aunque siempre atravesado por la belleza de la ficción.

Personajes y coralidad

Los protagonistas se ajustan al arquetipo del héroe moral y la heroína virtuosa, quizá constreñidos por la arquitectura del romance. Sin embargo, la galería secundaria despliega una riqueza memorable: jueces ambiguos, caporales carismáticos, veteranos de guerra y soldados pintorescos. La presencia de actores con formación cómica aporta ligereza y humanidad al conjunto.

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Ford introduce, además, figuras entrañables —como los tres irlandeses bebedores— que destilan humor en medio del esfuerzo titánico. En una escena paradigmática, los obreros alternan picos y fusiles con naturalidad casi coreográfica, resolviendo un ataque indígena para volver después al trabajo y al canto. Ese equilibrio entre gravedad y sonrisa define la identidad fordiana.

El resultado: forma y trascendencia

Con 160 minutos de duración, El caballo de hierro se erige como la película más extensa de Ford hasta entonces y como uno de sus mayores retos formales. No hay relleno ni desvío superfluo: cada secuencia contribuye a una composición heterogénea pero armónica, donde conviven la epopeya colectiva, el romance íntimo y la radiografía social.

Altamente estilizada y dotada de un sentido del ritmo admirable, la obra trasciende la mera reconstrucción histórica. Se convierte en el acta de nacimiento del wéstern moderno y en una meditación visual sobre la forja de una nación. Entre hierro y oro, entre polvo y deseo, Ford selló no solo una vía férrea, sino una forma de entender el cine como mito y memoria.

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