Wuthering Heights (2026): la tormenta que vuelve a pintar el cine
Hay estrenos que se anuncian como si un relámpago hubiese rasgado el cielo, devolviendo por un instante la sensación de que el cine aún puede estremecer la retina. Wuthering Heights (2026), dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie, llega precisamente así: como un resplandor rotundo en una década donde la imagen parece haberse adelgazado, domesticada por los algoritmos, uniformada por las plataformas y su dictado de telefilme sin pulso.
La nueva adaptación del clásico de Emily Brontë se presenta, desde su primer fotograma, como un manifiesto pictórico. Una obra que reivindica la textura, la luz, el grano, la densidad sensorial del encuadre. Fennell devuelve al cine ese cuerpo físico que tanto echábamos de menos; un cuerpo que se siente, que transpira, que sangra color y sombra. En manos de la directora, los páramos de Yorkshire se convierten en un cuadro respirante, casi un organismo mineral y emocional donde cada ráfaga de viento deja su propia caligrafía invisible.

Lo asombroso es que Fennell no se limita a adaptar: reconstruye. Como si tomara el espíritu de Pedro Almodóvar —su fe absoluta en la imagen como unidad de sentido, su creencia en el color como emoción pura— y lo elevara hacia una escala casi mitológica. Hay algo ceremonial en el modo en que compone cada plano, como si la película entera fuese un fresco que se despliega ante nosotros mientras la pasión de sus personajes se abre paso entre fogonazos de deseo, ira y anhelo.

Margot Robbie, por su parte, encarna a Catherine con una intensidad inquietante, hecha de fragilidad y de furia, de ternura y de fuego. Su presencia no solo interpreta: ilumina. Es un faro que se enciende en mitad de la tormenta. La actriz encuentra un territorio nuevo para explorar, lejos de la ironía pop que ha marcado parte de su carrera reciente. Aquí se desnuda emocionalmente —no en piel, sino en alma— para lograr un personaje que vibra como un animal salvaje enjaulado por su propio destino.

La película promete convertirse en el film estrella del próximo año, sí, pero su ambición va más allá de la simple etiqueta de “imprescindible”. Lo que Fennell parece perseguir es un punto de quiebre: demostrar que el cine todavía puede ser un acto de visión, una experiencia plástica y sensorial que abrace al espectador, lo envuelva y lo obligue a recordar que la imagen no nació para ser consumida en silencio, sino para ser contemplada como se contempla una obra de arte.

En una década dominada por la uniformidad visual, Wuthering Heights irrumpe como una rebelión. Como un grito de amor y de furia. Como un recordatorio de que el cine, cuando vuelve a creer en sí mismo, puede abrir caminos que parecían perdidos. Y Fennell, con la fuerza de un vendaval y la elegancia de una pincelada eterna, vuelve a enseñarnos a mirar.




