El éxtasis de la soledad… relato erótico
La ciudad la devoraba. Cada mirada lasciva en el metro, cada roce innecesario en la oficina, cada insinuación disfrazada de halago la ahogaban en una marea de incomodidad. Sofía se sentía prisionera de una ciudad que devoraba su feminidad como un animal hambriento, reduciéndola a un objeto de deseo no solicitado. Un día, decidió que bastaba.
Hizo las maletas sin avisar a nadie y se marchó. Se dirigió al campo, a una cabaña de piedra que había alquilado por tiempo indefinido, lejos del asfalto y de las miradas ajenas. Allí, la única presencia sería la suya propia, la de su cuerpo libre de la presión ajena, la de su piel respirando sin temor a ser invadida.

Las primeras noches se durmió con el sonido del viento meciendo las hojas. Los días transcurrieron entre largos paseos desnuda por el bosque y baños en el arroyo helado, su piel enrojecida por el contacto del agua fría. Se sentía pura, esencial, como si cada gota la purgara de los dedos extraños que alguna vez la recorrieron sin permiso.
Una noche, con la luna llena iluminando su lecho, se dejó llevar por la sensación de su propia piel bajo sus dedos. El viento acariciaba las cortinas y el aroma de la tierra húmeda impregnaba el aire. Deslizó las manos sobre su vientre, su respiración se tornó más profunda, su piel más sensible. No había prisa ni testigos. Se descubrió a sí misma en un juego sin urgencia, donde cada caricia respondía a un deseo propio, sin la sombra de otro.

Se arqueó sobre las sábanas, abandonándose por completo al placer solitario, sintiendo cada estremecimiento recorrerla como una oleada de libertad. Sus gemidos se perdieron entre los árboles, secretos compartidos con la naturaleza, sin oídos que los interpretaran con malicia. Por primera vez, su cuerpo era solo suyo.
Cuando la sacudida final la dejó exhausta, se quedó mirando el techo de madera con una sonrisa que nunca antes había sentido. En aquel rincón del mundo, en medio del silencio y la vastedad del campo, se había redescubierto. Y entendió que no necesitaba huir de la ciudad, sino de la idea de que su placer dependía de otros.

Se durmió con la certeza de que nunca más le arrebatarían su cuerpo. Ahora, era suyo y de nadie más.