Fati Vázquez desnuda como influencer, azafata del alma y mártir del helicóptero

Fati Vázquez desnuda como influencer, azafata del alma y mártir del helicóptero

Hay quien nace para volar alto y hay quien, como Fati Vázquez, prefiere hacerlo literalmente en helicóptero por la costa siciliana mientras las redes sociales arden en llamas de moralismo digital. Gallega de nacimiento (A Pobra do Caramiñal, 1995) y ciudadana global de Instagram, Fati pasó de la invisibilidad de la azafatería a convertirse en una suerte de coach emocional con tipografía cursiva y piernas eternas. Todo iba bien hasta que, oh sorpresa, apareció en unas vacaciones coincidiendo sospechosamente con Lamine Yamal, futbolista prodigio de 17 años y carne fresca para titulares.

Influencer con causa… y buena luz

La carrera de Fati se sostiene sobre una mezcla cuidadosamente calculada de entrenamiento físico, batidos verdes, frases inspiradoras y fotografías de amaneceres que parecen salidas de una fábrica de filtros. Desde 2016 acumula más de un millón de seguidores en YouTube, TikTok e Instagram, donde comparte consejos sobre cómo ser la mejor versión de ti misma, siempre que esa versión pese 50 kilos y sonría como si no recordara el nombre del último ministro de Cultura.

En 2020 publicó Y que vengan a por mí, un libro donde narra el acoso escolar que sufrió durante su infancia. El título no podía ser más profético: cinco años después, medio internet “vino a por ella”, aunque por razones bastante menos nobles.

Sicilia, sol, mar y una polémica en jet ski

Lo que comenzó como unas vacaciones aparentemente inocentes se convirtió en un caso de Estado del chismorreo digital cuando los detectives de sofá compararon stories, paisajes, y hasta el reflejo de unas gafas de sol. ¿Fati viajaba sola? ¿Lamine estaba con ella? ¿Quién pilotaba el helicóptero? Preguntas profundas que ocupaban los trending topics mientras el mundo seguía girando.

Fati respondió con la diplomacia del influencer zen: no hay relación, solo coincidencias vacacionales y muchas ganas de pasarlo bien. Pero el algoritmo no perdona y el odio se desató con toda su furia: insultos, amenazas de muerte y juicios morales con más veneno que lógica.

¿La edad importa? Solo si eres mujer

Lamine tiene 17 años y Fati, según la calculadora, 29. Pero para muchos, eso la convierte automáticamente en la versión femenina de Lolita en sentido inverso. Lo curioso es que, si los roles estuvieran invertidos, es probable que más de uno aplaudiera al galán maduro. Pero cuando es una mujer la que vive, goza y sube stories con confianza, el escándalo es automático.

Fati, fiel a su estilo de “sabia moderna con gloss”, respondió: “Lo que otros proyectan habla más de ellos que de mí”. Que viene a ser el “namasté” de quienes ya están demasiado cansados de responder a necios.

Entre filtros y hogueras

El caso de Fati es el retrato perfecto de nuestro tiempo: una mujer que ha convertido el trauma en contenido, la estética en defensa y el bienestar en mercancía emocional. Y sin embargo, en cuestión de horas, se transforma en la bruja de Instagram, culpable de lo que el público ansía imaginar, no de lo que ha hecho.

Se le acusa, se le absuelve, se le reduce y se le desea sanación (ella misma lo dice, “a quienes me desean el mal, les deseo sanación”), mientras la turba digital pide su cabeza con una mano… y con la otra sigue deslizando el dedo hacia sus vídeos de abdominales.


En resumen

Fati Vázquez no es solo una influencer: es un espejo roto donde se refleja nuestra doble moral. Predica la salud mental mientras recibe amenazas, habla de libertad mientras la acusan de lo que nunca confirmó, y sube fotos en bikini mientras le exigen explicaciones como si fuera ministra de juventud. No sabemos si su relación con Lamine Yamal fue real o fruto de la imaginación colectiva, pero lo que sí está claro es que Fati ha aprendido a volar entre las cenizas. Con o sin helicóptero.

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