MGM antes y después de Amazon: de la fábrica de sueños al catálogo de intenciones
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que MGM, incluso en su año más frágil, 2021, seguía hablando el idioma del cine. Un idioma a veces torpe, a veces brillante, pero reconocible. Películas pensadas para la gran pantalla, filmadas con la ambición —aunque no siempre lograda— de ser vistas en una sala oscura, compartidas, amplificadas por el tamaño y el sonido. Ese MGM crepuscular aún creía en la puesta en escena, en el gesto cinematográfico, en el relato como experiencia.
Las últimas obras estrenadas antes de la adquisición por Amazon Studios dibujan con claridad ese final de época: Sin tiempo para morir, Licorice Pizza, La casa Gucci, Cyrano, Candyman, Respect, Snake Eyes: El origen o Despierta la furia. Películas desiguales, discutibles, incluso fallidas en algunos casos, pero indiscutiblemente concebidas como cine. Cine que entendía el encuadre como espacio dramático, el montaje como ritmo emocional, la música como un brazo narrativo y no como mero fondo funcional. Obras que podían fracasar, sí, pero que se arriesgaban a existir.
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Tras la absorción por Amazon, la fotografía cambia de manera inquietante. Sarah’s Oil, ¡Estáis cordialmente invitados!, Rivales, Los chicos de la Nickel, Road House. De profesión: duro, Beekeeper: El protector, Beekeeper: El protector, The Fire Inside o Los segundones ya no parecen todas películas nacidas de una necesidad expresiva, sino productos diseñados para habitar el catálogo. El cine como evento se transforma en contenido de rotación. La puesta en escena se aplana, la planificación pierde intención, la imagen adopta una textura indistinguible del telefilme bien financiado.
El problema no es el presupuesto ni siquiera el talento —algunos de estos títulos cuentan con equipos solventes—, sino la finalidad. Antes, MGM hacía cine para salas y, en el peor de los casos, terminaba recalando en el hogar. Ahora, las películas nacen ya pensadas para el salón, para la pantalla intermedia, para la visualización distraída. No conquistan el espacio: se adaptan a él. No exigen atención: la administran.
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A esta mutación estética se suma un fenómeno aún más delicado: la pérdida de libertad narrativa. Las nuevas producciones de MGM bajo Amazon no cuentan historias porque sí; lo hacen bajo un marco ideológico explícito, medido, supervisado. La agenda social y política ya no es un trasfondo natural de los personajes o del conflicto, sino un eje rector. El relato no descubre: ilustra. El drama no surge: se justifica. El espectador no se enfrenta a una obra: asiste a una lección cuidadosamente empaquetada.
En el viejo MGM —incluso en su etapa más incierta— la política podía estar presente, pero nunca devoraba el alma del relato. Candyman dialogaba con su tiempo sin dejar de ser una película de terror. Licorice Pizza miraba al pasado con una libertad casi insolente. La casa Gucci abrazaba el exceso sin pedir perdón. Había contradicciones, ambigüedades, zonas incómodas. Ahora, la corrección precede a la emoción, y la intención eclipsa al personaje.
El resultado es devastador: películas que parecen existir más para cumplir que para perdurar. Obras que se consumen y se olvidan con la misma rapidez con la que el algoritmo propone la siguiente. MGM, antaño sinónimo de cine industrial con vocación artística, se desliza hacia una irrelevancia elegante, perfectamente producida, impecablemente iluminada… y completamente intercambiable.
Amazon no ha comprado solo un estudio; ha neutralizado una identidad. Y en ese proceso ha quedado claro algo profundamente triste: incluso en su peor momento, MGM sabía hacer cine para la gran pantalla. Hoy, bajo una estructura obsesionada con el control, la marca sobrevive, sí, pero el espíritu que la convirtió en leyenda se diluye en una sucesión de títulos correctos, obedientes y, sobre todo, prescindibles.



