Tebas y el precio de la delación: cuando el fútbol vende su alma por 50 euros

Cuando el fútbol se convierte en delación

Hay decisiones que no solo describen una política empresarial, sino que retratan el estado moral de una época. La última iniciativa impulsada desde LaLiga —ofrecer 50 euros a quien denuncie a un bar por emitir partidos sin derechos oficiales— no es simplemente una medida antipiratería. Es un síntoma. Y no de modernidad precisamente, sino de un inquietante retroceso ético que convierte el espacio público en un tablero de sospechas y recompensas.

Bajo el nombre aséptico de Canal de Denuncias, la propuesta invita a cualquier ciudadano a fotografiar la fachada de un bar, capturar la pantalla del televisor y enviar la “prueba” a una plataforma digital a cambio de una compensación económica. El gesto, envuelto en el lenguaje corporativo de la “lucha contra el fraude”, huele, sin embargo, a algo mucho más antiguo: la institucionalización del chivatazo como herramienta de control.

El fútbol, que durante décadas se presentó como un lenguaje común, como una celebración popular que cruzaba clases sociales y generaciones, queda reducido aquí a mercancía blindada, vigilada por una red de informantes ocasionales. La escena es casi medieval en su lógica: recompensa por señalar, sospecha como norma, comunidad sustituida por vigilancia. Todo ello por 50 euros.

Javier Tebas, figura central de esta cruzada, lleva años defendiendo una concepción del deporte donde el espectáculo se gestiona como una fortaleza sitiada. Pero esta nueva medida traspasa una frontera delicada: la que separa la defensa legítima de unos derechos comerciales de la erosión de valores cívicos básicos. Cuando el modelo de negocio necesita fomentar la delación entre ciudadanos para sostenerse, el problema ya no es solo tecnológico ni legal; es moral.

Porque no se trata únicamente de bares que buscan sobrevivir en un contexto económico asfixiante, ni de clientes que comparten noventa minutos de evasión frente a una pantalla. Se trata de normalizar la idea de que vigilar al vecino es una forma aceptable —incluso premiada— de participación social. El deporte, que debería ser un terreno de encuentro, queda así contaminado por dinámicas propias de sociedades desconfiadas y fragmentadas.

La paradoja es feroz. Mientras los precios del fútbol televisado se disparan y el acceso legal se vuelve cada vez más restrictivo para amplias capas de la población, la respuesta no pasa por revisar el modelo, sino por endurecer la persecución. No se pregunta por qué tanta gente queda fuera del sistema; se la convierte en sospechosa. Y al resto, en posibles delatores.

Además, el alcance de esta ofensiva ya ha demostrado no ser quirúrgico, sino expansivo. Bloqueos masivos, daños colaterales a servicios digitales legítimos y usuarios ajenos al fútbol forman parte de una estrategia que prioriza la contundencia sobre la proporcionalidad. La red, espacio de intercambio y creación, queda reducida a un campo de batalla donde todo vale con tal de proteger el negocio.

Lo más preocupante no es la multa, ni la denuncia, ni siquiera los 50 euros. Es el mensaje cultural que subyace: que el deporte —ese territorio simbólico de juego limpio, respeto y comunidad— puede gestionarse desde la sospecha sistemática y el incentivo a la vigilancia mutua. Que el fin económico justifica medios que erosionan la confianza social.

Cuando los dirigentes del fútbol adoptan lógicas más cercanas a la delación que al diálogo con su propia afición, el problema deja de ser la piratería. El problema es que el relato del deporte, uno de los grandes relatos colectivos de nuestro tiempo, empieza a escribirse con tinta de desconfianza. Y eso, a la larga, es mucho más dañino que cualquier señal ilegal en una pantalla de bar.

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