Cuando los despachos se equivocan, los estudios pagan: la tragedia silenciosa de Bluepoint
Hay una escena que se repite con una frecuencia alarmante en la industria del videojuego contemporáneo: en lo alto de un rascacielos, alguien con traje impecable decide “reorientar la estrategia”; abajo, en un estudio lleno de concept arts, builds inacabadas y cafés fríos, setenta personas recogen sus cosas en cajas de cartón.
El cierre de Bluepoint Games por parte de Sony no es solo una noticia empresarial. Es un síntoma. Un síntoma de cómo las decisiones erráticas de quienes gestionan cifras acaban amputando el talento de quienes construyen mundos.
Bluepoint no era un estudio cualquiera. Durante dos décadas fue el orfebre silencioso de la memoria digital. Supo devolvernos la solemnidad pétrea de Shadow of the Colossus y la oscuridad majestuosa de Demon’s Souls con una precisión técnica que rozaba lo reverencial. No eran simples remakes: eran actos de restauración artística, cirugías delicadas sobre el ADN del videojuego.
Y, sin embargo, eso no bastó.

El error estructural: perseguir modas en lugar de custodiar identidad
Mientras los estudios internos perfeccionaban la artesanía, la cúpula apostaba por una fiebre: los juegos como servicio. Una carrera por replicar modelos de éxito ajenos, por convertir cada franquicia en una máquina de recurrencia mensual. Una lógica financiera que, en demasiados casos, ha demostrado ser un espejismo.
La cancelación del proyecto como servicio que Bluepoint desarrollaba —según filtraciones, vinculado al universo de God of War— no fue un ajuste creativo: fue la consecuencia de una visión estratégica que confundió tendencia con destino.
Cuando esa apuesta fracasa, no dimiten los arquitectos del error. Desaparecen los estudios.
La paradoja cruel: beneficios al alza, talento a la baja
Resulta especialmente hiriente que esta decisión llegue en un contexto donde la división de juegos de Sony ha elevado previsiones financieras y mantiene beneficios operativos positivos. El discurso oficial habla de “entorno desafiante”, de “costes crecientes” y de “adaptación necesaria”. Palabras pulcras. Asépticas.
Pero la realidad es otra: cada error estratégico de alto nivel se traduce en pérdida de músculo creativo en la base.
No hablamos de líneas de producción. Hablamos de personas que entienden el ritmo interno de un combate, la cadencia de una animación, la temperatura exacta de una iluminación crepuscular. Gente que dota al videojuego de alma, textura y presencia.
El videojuego no lo hacen los informes
Existe una distancia cada vez más visible entre quienes diseñan la experiencia y quienes diseñan la hoja de cálculo. Los primeros entienden el silencio antes de un jefe final. Los segundos entienden el trimestre fiscal.
Y cuando esa distancia se vuelve insalvable, el medio pierde.
Bluepoint representaba algo esencial: la capacidad de dialogar con el pasado sin traicionarlo, de actualizar sin vulgarizar. Su desaparición no es solo la clausura de un estudio; es la erosión de una forma de entender el videojuego como legado cultural.
Mientras tanto, la industria continúa proclamando que “la creatividad está en el corazón”. Pero la creatividad no vive en comunicados corporativos. Vive en equipos cohesionados, en procesos largos, en confianza sostenida.
Cada vez que un despacho se equivoca persiguiendo la próxima gran tendencia, el precio no lo paga el error: lo paga el talento.
Y cada estudio que cae no es solo una empresa menos. Es una memoria que se apaga, una sensibilidad que se dispersa, una posibilidad que no llegará a existir.
El videojuego, al final, no se construye con corbatas. Se construye con manos. Y esas manos son las que, una vez más, han quedado fuera del tablero.
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