Mary Poppins y el prisma perdido: cuando la luz inventó la fantasía
En la historia del cine existen avances que no solo resuelven un problema técnico, sino que alteran la ontología misma de la imagen. Mary Poppins es uno de esos casos. La aparente naturalidad con la que actores de carne y hueso bailan junto a pingüinos animados no fue fruto de la ingenuidad artesanal, sino de una de las soluciones ópticas más sofisticadas jamás concebidas en el Hollywood clásico: el proceso de vapor de sodio.
El desafío: unir lo imposible
A comienzos de los años sesenta, integrar acción real y animación con limpieza era una empresa compleja. Las técnicas de pantalla azul existentes generaban contornos imprecisos y halos indeseados alrededor de los intérpretes. Walt Disney Productions necesitaba un método que permitiera aislar figuras humanas con una precisión casi quirúrgica.
La solución no vino del artificio pictórico, sino de la física.
La luz como bisturí narrativo
La lámpara de vapor de sodio emite una luz extremadamente específica, concentrada en una banda estrechísima del espectro visible, situada en el amarillo intenso. Esa singularidad cromática permitió convertir el color en herramienta matemática.

El sistema consistía en iluminar el fondo con esta luz monocromática mientras los actores eran bañados con iluminación convencional. Pero el verdadero prodigio residía en la cámara.
La cámara de doble registro
El dispositivo incorporaba un prisma divisor de haz especialmente diseñado que separaba la imagen entrante en dos trayectorias simultáneas. Una de ellas registraba la imagen en color normal; la otra capturaba exclusivamente la información correspondiente a la banda amarilla del sodio en una película en blanco y negro de alto contraste.
El resultado era revolucionario: se obtenía, en el mismo instante del rodaje, una máscara perfecta (matte) que aislaba con extraordinaria precisión la silueta de los actores. No se trataba de “recortar” después, sino de generar físicamente una separación espectral de la realidad.

El responsable principal de esta innovación fue Petro Vlahos, junto a Wadsworth E. Pohl y el legendario Ub Iwerks. Su trabajo no solo permitió que Julie Andrews flotara en universos dibujados con naturalidad asombrosa; sentó las bases conceptuales del croma moderno.
Una tecnología más precisa que el futuro
Paradójicamente, el proceso de vapor de sodio era más preciso que muchos sistemas de pantalla azul posteriores. Al trabajar con una longitud de onda casi pura, evitaba contaminaciones cromáticas y preservaba detalles delicados: transparencias, cabellos sueltos, tejidos complejos.
Sin embargo, también era caro, voluminoso y dependía de un prisma óptico extremadamente complejo. Solo se fabricaron muy pocas unidades.

El misterio del prisma desaparecido
Aquí comienza la dimensión casi mítica de la historia.
Con el avance del chroma key tradicional y, décadas después, de la composición digital, el sistema cayó en desuso. La cámara fue desmontada. El prisma —el verdadero corazón del invento— desapareció.
Existen dos teorías principales:
- La teoría de los tres prismas sostiene que se construyeron tres unidades ópticas que fueron almacenadas en cajas de madera dentro de los archivos técnicos del estudio y que, con el paso del tiempo y la transición tecnológica, terminaron dispersas o desmanteladas sin una catalogación rigurosa.
- La teoría del prisma único afirma que solo existió una unidad plenamente funcional, y que su pérdida fue consecuencia directa de la obsolescencia industrial: al no ser rentable mantener el sistema frente al abaratamiento del chroma convencional, la pieza fue simplemente desechada o desmontada para reaprovechar componentes.

Sea cual sea la verdad exacta, la consecuencia es inequívoca: hoy no existe una cámara operativa capaz de reproducir exactamente aquel proceso tal y como fue concebido.
La paradoja de la modernidad
Lo fascinante es que esta tecnología, más precisa en algunos aspectos que los sistemas que la sucedieron, desapareció precisamente por su sofisticación. La industria eligió la flexibilidad frente a la pureza óptica. Lo práctico venció a lo perfecto.
Y, sin embargo, su legado permanece. El principio de separar espectralmente una banda concreta para generar una máscara es el antecedente conceptual directo de las técnicas digitales contemporáneas. En cierto modo, cada superproducción actual que emplea croma verde debe algo a aquel prisma amarillo.

Conclusión: cuando la magia era física
La historia del proceso de vapor de sodio demuestra que el cine no siempre avanza en línea recta. A veces crea una obra maestra técnica que luego abandona. Mary Poppins no solo es un hito musical o narrativo: es el testimonio de un momento en que la ingeniería óptica alcanzó un grado de elegancia casi irrepetible.
La cámara que dividía la luz en dos realidades desapareció. Pero su gesto permanece como metáfora del propio cine: un arte capaz de tomar lo visible, descomponerlo en capas invisibles y recomponerlo en una ilusión perfecta.
Quizá esa sea la verdadera lección del prisma perdido: la magia no reside en el truco, sino en la inteligencia que lo hace posible.



