El sueño húmedo de Ocarina y Star Fox
En el rumor, siempre hay algo de plegaria. Y en esta supuesta filtración, atribuida al conocido insider Nate Drake, lo que se dibuja no es tanto una hoja de ruta como un espejismo cuidadosamente iluminado: el regreso de dos mitologías que nunca abandonaron del todo la memoria del jugador.
Según esta voz entre bastidores, la futura consola de Nintendo, conocida provisionalmente como Nintendo Switch 2, estaría preparando un movimiento de esos que no se anuncian, se invocan: un remake de The Legend of Zelda: Ocarina of Time y el regreso de Star Fox con una nueva entrega de corte clásico.
La noticia, como una bruma que se levanta sobre un lago antiguo, llega en un momento delicado. Las ventas recientes no han acompañado con el fervor esperado, y la maquinaria de producción habría reducido su pulso. En ese contexto, el videojuego —como el cine— necesita de vez en cuando un golpe de efecto, una imagen que devuelva el deseo a la retina. Y pocas imágenes hay más poderosas que la de Link despertando de nuevo en un Hyrule reconstruido desde la nostalgia y la técnica contemporánea.
El remake de Ocarina, siempre según esta filtración, no sería una simple restauración arqueológica, sino una reinterpretación aún por definir, un puente entre lo que fue y lo que el recuerdo ha magnificado. Porque Ocarina ya no es solo un juego: es un eco, una edad, una forma de estar en el mundo.

A su lado, el retorno de Star Fox apunta a una recuperación de su esencia: combates espaciales, ritmo arcade y un posible multijugador online que expanda su universo más allá de la cabina solitaria de Fox McCloud. Un regreso que, si se confirma, podría dialogar con la renovada presencia del personaje en el imaginario popular.
El resto del calendario, siempre envuelto en la cautela de lo no confirmado, habla de un año sostenido en buena medida por estudios externos —esa suerte de mercenarios del talento que completan el mapa cuando los gigantes preparan su siguiente jugada—. Títulos como nuevas entregas de sagas conocidas o versiones revisadas de clásicos recientes irían pavimentando el camino.
Y en la distancia, como una promesa que se demora para hacerse más deseable, asoma un nuevo Mario tridimensional que no llegaría hasta 2027. Porque incluso en los planes más ambiciosos, Nintendo parece entender que el deseo necesita tiempo, que no todo debe ser inmediato.
Así, esta filtración no es tanto un calendario como un estado de ánimo: el de una industria que sabe que, a veces, basta con pronunciar ciertos nombres para que el jugador vuelva a mirar la pantalla con la misma expectación de hace décadas. Porque hay sueños que no envejecen. Solo esperan su siguiente forma.



