Cuando el idioma se arrodilla: crónica de un “whodunit” anunciado
Hay algo profundamente revelador —y no precisamente en el buen sentido— en titular una crítica como “Crítica de Si es martes, es asesinato, la serie de Disney+ que se sube a la moda del whodunit”. No por la serie. No por la crítica. Sino por esa palabra injertada con calzador, como si el castellano, de pronto, hubiera perdido la capacidad de nombrar el misterio.
Porque uno lee “whodunit” y no entiende. Y tiene que hacer algo que jamás debería exigirse a un lector en su propia lengua: acudir al traductor. Ese gesto mínimo —abrir otra ventana, buscar, descifrar— es, en realidad, un síntoma.
El síntoma de una rendición.
El idioma como complejo de inferioridad
El problema no es el préstamo puntual. Todas las lenguas viven de intercambios, de contaminaciones, de viajes. El problema es el gesto de sustitución innecesaria, ese impulso casi infantil de decir algo en inglés para que parezca más moderno, más sofisticado, más… qué palabra tan triste… más “guay”.
¿De verdad no tenemos en castellano formas de nombrar el “whodunit”?
¿Novela de misterio?
¿Intriga criminal?
¿Historia de asesinato con investigación?
No, al parecer no. O peor: no nos parecen suficientes.
Y ahí empieza la deriva. Porque el idioma deja de ser herramienta para convertirse en disfraz.
Del adolescente al redactor
Que un chaval de catorce años diga “me explota la cabeza, en plan, esto es mindblowing” tiene su lógica. Está probando identidades, jugando con sonidos, imitando lo que consume. Es una fase. Un territorio de tránsito.
Pero cuando ese mismo tic lo adopta quien escribe en una revista, quien teoriza, quien comunica… ya no estamos ante una moda, sino ante una renuncia consciente al propio lenguaje.
No es inocente. Es impostado.
Escribir “whodunit” no es precisar más: es señalar pertenencia. Es decir “yo estoy dentro de este código global”, aunque para ello haya que dejar fuera al lector que aún cree que el castellano basta.
La estética del meme aplicado al lenguaje
Vivimos en una cultura donde todo tiende a fragmentarse, a acelerarse, a simplificarse hasta convertirse en impacto inmediato. El lenguaje no escapa a esta lógica.
El anglicismo funciona como un atajo. Como un meme verbal.
No explica: evoca.
No construye: señala.
Y en ese gesto, el idioma se vuelve perezoso. Pierde matices, pierde ritmo, pierde incluso dignidad. Porque ya no se trata de decir mejor, sino de sonar de una determinada manera.
El castellano como territorio desaprovechado
Lo verdaderamente irónico es que el castellano no es precisamente una lengua pobre. Es, al contrario, un instrumento de una riqueza casi obscena, capaz de nombrar lo concreto y lo abstracto con una precisión que muchas veces el inglés ni siquiera intenta.
Pero esa riqueza exige algo que hoy parece escaso: voluntad de usarla.
Nombrar bien requiere elegir. Requiere pensar. Requiere detenerse. Y eso, en la era del titular rápido y el impacto inmediato, parece un lujo innecesario.
Más fácil es decir whodunit y seguir adelante.
Epílogo: el idioma como espejo
Al final, todo esto no va solo de palabras. Va de una forma de estar en el mundo.
De si utilizamos el lenguaje para expresar o para impresionar.
De si escribimos para comunicar o para pertenecer.
De si creemos que lo propio tiene valor… o necesita siempre el barniz de lo ajeno.
Porque cuando uno tiene que ir al traductor para entender su propio idioma, quizá el problema no sea el lector.
Quizá el problema sea que alguien, en algún momento, decidió que el castellano ya no era suficiente.
Y eso —más que cualquier anglicismo— sí que debería hacernos explotar la cabeza. Pero de verdad.



