Las ruinas del deseo: Eleine Marlowe y la puerta de Atlantis, la tercera novela cinematográfica de la historia

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Las ruinas del deseo: Eleine Marlowe y la puerta de Atlantis

Capítulo 1 – La ciudad que susurra nombres: llegada a Sevilla

Hay ciudades que no se visitan: se descifran.

Cuando Eleine Marlowe descendió del tren en Sevilla, el aire le pareció distinto al de Chicago. No era solo el calor —más denso, más cercano—, ni el olor a piedra antigua mezclado con azahar, sino una sensación más difícil de nombrar: la certeza de que allí las cosas no se ocultaban… sino que se dejaban encontrar lentamente, como si la ciudad exigiera un cierto grado de paciencia antes de entregar sus secretos.

El andén bullía con una vida más contenida, más elegante en su desorden. Hombres con trajes claros, mujeres de paso firme y mirada directa, vendedores que no gritaban, sino que insinuaban. Eleine avanzó entre ellos con su habitual seguridad, ese modo suyo de moverse que no pedía permiso ni explicaciones, como si cada lugar en el que pisara le perteneciera un poco.

Aun así, Sevilla no era Chicago.

Y eso le gustaba.

El trayecto hasta la universidad fue breve, pero suficiente para entender que aquella ciudad vivía en dos tiempos: uno visible, de fachadas blancas y patios abiertos, y otro subterráneo, hecho de historias que nadie terminaba de contar del todo. El taxi la dejó frente a un edificio de piedra clara, con columnas que parecían haber aprendido a resistir siglos de calor y conversaciones inútiles.

La Universidad de Sevilla se alzaba ante ella como un santuario del saber… o de sus restos.

Eleine encendió un cigarrillo antes de entrar.

No por necesidad.

Por costumbre.

Dentro, el aire cambiaba. Era más fresco, más silencioso, cargado de ese polvo invisible que dejan los libros cuando se acumulan durante generaciones. Los pasillos parecían diseñados para perderse en ellos con dignidad, y las voces, cuando aparecían, lo hacían en un tono casi conspirativo.

—Busco a Diana Jones —dijo Eleine a un bedel que apenas levantó la vista.

El hombre dudó un segundo.

No por desconocimiento.

Por prudencia.

—Aquí no hay nadie con ese nombre.

Eleine sonrió levemente.

—Claro que sí.

El hombre la observó entonces con más atención. Midió su postura, su mirada, esa mezcla de cansancio y determinación que no se aprende en ninguna facultad.

—Quizá en el departamento de arqueología —concedió finalmente—. Pero llegó tarde.

Siempre llegaba tarde.

O eso parecía.

El departamento de arqueología ocupaba una zona más apartada, menos transitada, donde el tiempo parecía haberse detenido con más insistencia. Allí, entre vitrinas polvorientas y mapas que ya nadie actualizaba, fue donde lo encontró.

Diego Jiménez estaba inclinado sobre una mesa, revisando unos documentos con una concentración que no terminaba de ocultar su juventud. Tenía la camisa remangada, el cabello ligeramente desordenado y esa clase de atractivo que no se exhibe, pero que resulta difícil de ignorar cuando uno se detiene a mirar.

—Llegas tarde —dijo él sin levantar la vista.

Eleine arqueó una ceja.

—Empiezo a pensar que es una costumbre europea.

Diego levantó la mirada entonces.

Y durante un segundo…

se hizo el silencio.

No por sorpresa.

Por evaluación.

—Tú debes de ser la americana —dijo finalmente, apoyándose en la mesa con una media sonrisa—. La hermana.

Eleine no confirmó ni negó.

—Y tú debes de ser quien sabe dónde está.

Diego dejó escapar una breve risa.

—Eso depende de lo que estés dispuesta a creer.

Se incorporó, caminó hasta una estantería y sacó un mapa que extendió con cuidado sobre la mesa. Sus manos se movían con precisión, pero también con una cierta emoción contenida, como si aquello no fuera solo trabajo.

—Diana —continuó— no es fácil de seguir. No deja pistas… deja provocaciones.

Señaló el sur.

Cádiz.

—Lleva semanas obsesionada con esto.

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Eleine se inclinó ligeramente sobre el mapa. El gesto hizo que sus hombros rozaran los de Diego, apenas un instante, pero suficiente para que ambos registraran la proximidad sin comentarla.

—¿Con qué exactamente?

Diego dudó.

No porque no quisiera hablar.

Sino porque sabía que, al hacerlo, ya no habría vuelta atrás.

—Con Atlantis.

Eleine no se rió.

Eso le gustó.

—Platón —añadió él— describió una ciudad de círculos concéntricos, rodeada de agua. Durante siglos se ha buscado en medio mundo… pero aquí, en la costa andaluza, hay algo distinto.

Señaló la zona entre Sanlúcar de Barrameda y Chipiona.

—Estructuras bajo el agua. Formaciones que no encajan con nada natural. Y, más importante… registros antiguos que conectan esa zona con Tartessos.

Eleine lo observó en silencio.

No al mapa.

A él.

—Hablas como alguien que ya ha decidido creerlo.

Diego sonrió.

—Trabajo con alguien que ya lo ha decidido por mí.

Una pausa.

—Diana no está sola —añadió—. Va con un arqueólogo francés. Étienne Duval.

El nombre flotó en el aire con cierto peso.

—No es precisamente académico —continuó—. Tiene fama de encontrar cosas… y de no preguntar demasiado por ellas.

Eleine apagó el cigarrillo en un cenicero cercano.

—Entonces no estamos buscando historia.

Lo miró directamente.

—Estamos buscando problemas.

Diego sostuvo su mirada.

Sin apartarla.

—En mi experiencia —dijo con calma—, suelen ser lo mismo.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue… cómplice.

Eleine recogió el mapa, lo dobló con precisión y se lo devolvió.

—Prepara lo necesario —dijo—. Salimos hoy.

Diego no se movió de inmediato.

—No sueles perder el tiempo, ¿verdad?

Eleine se giró ya hacia la salida.

—No cuando alguien de mi familia decide desaparecer en medio de una leyenda.

Se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral.

—¿Vienes o te quedas explicando mapas?

Diego sonrió.

Y esta vez…

no dudó.

CONTINUARÁ…

PUEDES LEER LAS DOS PRIMERAS NOVELAS CINEMATOGRÁFICAS DE ELEINE MARLOWE:

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