Affleck y Damon explican como Netflix está desmontando el cine tal lo conocíamos y no por amor al arte

Netflix y el cine distraído: cuando repetir diálogos y adelantar explosiones se convierte en norma

Las palabras de Ben Affleck y Matt Damon no suenan a simple comentario promocional ni a queja pasajera. Funcionan más bien como una confesión incómoda, casi como una grieta abierta desde dentro del sistema. Ambos actores —testigos privilegiados de cómo se fabrica hoy el cine industrial— han verbalizado algo que muchos creadores intuyen desde hace años: para Netflix, el cine ya no se piensa como un arte de atención, sino como un producto diseñado para espectadores distraídos.

Durante su aparición en el Joe Rogan Experience, Damon fue especialmente claro. La plataforma exige que las grandes escenas de acción aparezcan al principio del metraje. No por una razón narrativa, no porque la historia lo pida, sino por una premisa demoledora: Netflix asume que buena parte de su público no pasa del primer cuarto de hora. Hay que impactar rápido, retener de inmediato, evitar que el espectador abandone antes de que el algoritmo lo marque como contenido fallido.

El viejo modelo clásico —tres grandes momentos, uno por acto, con el clímax reservado para el final— ha sido desechado. Aquella lógica que entendía el cine como progresión, acumulación y recompensa ha sido sustituida por una urgencia casi publicitaria. La explosión ya no corona el relato: lo inaugura, como un anzuelo lanzado al espectador antes de que se levante del sofá o desbloquee el teléfono.

Pero lo más revelador no es eso. Lo verdaderamente perturbador llega cuando Damon explica otra de las exigencias habituales de la plataforma: no importa repetir diálogos, no importa reiterar la trama varias veces dentro del propio guion. Netflix da por hecho que el espectador no está mirando de verdad. Que ve la película con el móvil en la mano. Que se pierde información. Que necesita que los personajes verbalicen una y otra vez lo que ya ha sucedido.

El cine, en este contexto, deja de confiar en la imagen, en el montaje o en la inteligencia del público. Se convierte en un relato redundante, subrayado, diseñado para ser entendido incluso a medias. No porque la historia sea compleja, sino porque la atención ya no es una condición previa, sino una variable inestable.

Affleck recoge esa idea y la confronta con un ejemplo incómodo para el propio sistema: Adolescencia. Una serie que no adelanta la acción, que no repite información, que no explica lo evidente. Planos largos, silencios, escenas donde no pasa “nada” en términos de estímulo inmediato, pero donde ocurre todo a nivel emocional. Y, aun así, funciona. Conecta. Impacta.

Ahí reside la paradoja que Affleck subraya: el éxito de Adolescencia demuestra que no es necesario obedecer esas reglas para atrapar al público. Que el espectador, cuando se le ofrece una obra que confía en su mirada, responde. Pero Netflix parece preferir la excepción a la norma, el milagro aislado frente a la estrategia sistemática.

Lo que se desprende de estas declaraciones no es un problema puntual de ritmo o estructura, sino una deformación profunda del lenguaje cinematográfico. El cine ya no se concibe como un pacto de atención sostenida, sino como un contenido que debe sobrevivir a la distracción constante. Las escenas de acción se adelantan no por dramaturgia, sino por miedo. Los diálogos se repiten no por estilo, sino por desconfianza.

En ese modelo, el cine deja de ser arte y pasa a ser retención. No importa tanto lo que cuenta, sino cuánto tiempo logra mantener al espectador antes de que este se marche. Y cuando una industria asume que su público solo aguanta quince minutos y mira el móvil mientras ve una película, el problema ya no es del espectador. Es del cine que ha decidido rendirse antes de empezar.

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